No se avizora una primavera
en el panorama laboral
Luis Tarullo
(DyN)
Mientras continúa el debate sobre la pobreza en el país, la confirmación de una noticia agrega inquietud al ya complicado panorama laboral argentino: el aumento del desempleo.
En realidad ese dato viene notándose desde la aparición de la crisis mundial del año pasado, pero ahora se transforma en una certeza admitida absolutamente por todos, ya que las propias estadísticas oficiales han informado sobre esa cuestión.
Por supuesto que los argumentos de la administración difieren de los que se brindan desde el sector no gubernamental, puesto que mientras entidades y organismos privados hablan de una desocupación directa producto de la destrucción de puestos de trabajo, desde las oficinas estatales se explica que ello ocurre porque hay gente nueva que salió a buscar empleo y no lo ha conseguido.
De cualquier manera, el fondo de la cuestión no varía: hay más desocupados que el año pasado, y punto. Incluso, si se quiere, la explicación oficial implica otro dato preocupante, ya que si la gente que quiere incorporarse al mercado laboral no consigue insertarse, es porque la actividad económica no ha registrado avances.
Pero a ello hay que agregarles otras situaciones que vienen manteniéndose en el tiempo, como la subocupación -también en crecida-, los empleos precarios, el impresentable nivel de trabajo en negro y la paga insuficiente. Un cóctel verdaderamente ideal para contribuir al afianzamiento y al aumento de las brechas abiertas entre los estamentos sociales, que en algunos casos tienen la dimensión de un abismo.
Acontecimientos violentos ocurridos en los últimos días en la Capital, que tuvieron su origen en un hecho policial, mostraron la cara ya visible de la degradación de varias capas de la comunidad, donde se mezclan la escasa instrucción educativa, la falta de trabajo, las adicciones, la ausencia de horizontes, la desidia de quienes deben resolver esos problemas.
Una combinación de marginalidad, desarraigo, desesperanza y resignación que, si desde los sectores del poder -entiéndase, no sólo el gobierno- no se impulsan las soluciones que se necesitan urgentemente, irá eclosionando de manera cada vez más frecuente. Encima, los intentos por hallar alguna respuesta conjunta para los flagelos que azotan a la Argentina no han prosperado más allá de los anuncios.
Algo parecido a lo que ocurre con el diálogo político, donde las reuniones, por lo menos según lo que ha trascendido, sirvieron hasta ahora sólo para poco más que una foto.
El Consejo Económico y Social está paralizado, y con riesgo de entrar en terapia intensiva. Evidentemente las partes que deben intervenir en ese organismo con pretensiones de impulsar ideas liminares para los dramas argentinos siguen pendientes de sus propios intereses, lo cual significa una trabazón cuasi insuperable. Trascendió que la nueva ley de accidentes de trabajo sería uno de los obstáculos que impiden a empresarios y sindicalistas sentarse a la misma mesa despojados de presiones. Si es así, evidentemente nadie entiende nada.
Aunque importante, el tema de la siniestralidad laboral bien puede discutirse en un ámbito más estrecho y no ser piedra de discordia que neutralice el avance de un organismo que sin dudas sería fundamental para la República. Tal envergadura habría alcanzado ese punto que habría sido tema de conversación en una reunión realizada días atrás entre la presidenta Cristina Fernández y el jefe de los camioneros y de la CGT y principal aliado del gobierno, Hugo Moyano.
En ese marco, también ronda la idea de sacar por decreto un nuevo esquema de accidentes laborales para no tener que padecer demoras en el Congreso, pero una norma de esas características podría ver seriamente lesionada su legitimidad.
El aggiornamiento de un sistema que abarca a todo el universo de trabajadores del país merece una discusión parlamentaria, ya sea con la actual o con la futura composición. Pero dicho sea de paso, quizás ahí esté la madre del borrego: si no hay suficientes garantías de aprobación con el actual Congreso, habría menos a partir del 10 de diciembre, cuando se reduzca el plantel de legisladores del kirchnerismo.
Además, no deben ser ajenos a las preocupaciones del gobierno los acostumbrados lanzamientos de Moyano, ahora con una corriente integrada por sus gremios fieles que busca hacer pie fuerte en las estructuras del peronismo con el fin, indudablemente, de prepararse para eventuales nuevos tiempos y candidatos y, por supuesto, presionar e imponer condiciones en esa tarea.
Aunque Moyano a veces conteste con ironía sobre expresiones propias anteriores -por ejemplo en sus alusiones a su pretensión de ser gobernador, luego relativizadas- es innegable que si es necesario se meterá en el medio de la pelea por ese espacio. También hay que señalar que, aunque es evidente que busca posicionarse para posibles cambios en el poder -ergo, que el kirchnerismo termine su ciclo gubernamental en 2011-, se genera un margen de duda que permite preguntar, a la vez, si estas escaramuzas del líder camionero podrían formar parte de una jugada de la presidenta y su esposo y antecesor para embarrar la cancha de quienes se están probando trajes para retornar o llegar al poder.
De cualquier forma, Moyano sigue avisando que, pese a su fuerte alianza con intereses comunes con el gobierno, tiene capacidad para reivindicar su autonomía en cualquier momento y complicarle la vida a cualquiera. Pero siempre es necesario tener en claro que no hay que abusar de los volantazos bruscos, más en los casos en los que no se trata de conducir un semirremolque, sino de un viaje en búsqueda de un buen destino para el país. Y la prudencia de unos y otros debe ser prioridad en momentos en que continúan sucediéndose con preocupante habitualidad datos como los de la pobreza y el desempleo, que destemplan la moderada primavera que se avecina.




