La vuelta al mundo
Un recorrido político por el Uruguay profundo
La vuelta al mundo
Un recorrido político por el Uruguay profundo
José Mujica y Danilo Astori, los candidatos de la fórmula presidencial del Frente Amplio, en plena campaña electoral. A los argentinos nos llama la atención la austeridad y la sencillez de los actos.
Foto: Marisa Spina
Rogelio Alaniz
No es la primera vez que viajo a Uruguay pero es la primera vez que participo de una campaña electoral. Ello no autoriza -por supuesto- a decir que por ese detalle conozco al país y conozco los vericuetos de su política interna. Si hace casi sesenta años que vivo en la Argentina y no sé si la conozco, mal puedo decir que conozco a Uruguay porque estuve tres días acompañando a los candidatos del Frente Amplio por los departamentos de Colonia y Soriano.
Yo diría que más que “conocer” en el sentido convencional o pedante de la palabra, lo que uno recibe en estos viajes son imágenes, imágenes que según se mire pueden ser representativas de una determinada cultura política. Esas imágenes, esas impresiones articuladas con las lecturas sobre la realidad uruguaya son las que intento compartir con los lectores.
El Uruguay que recorrimos con la caravana del Frente Amplio está alejado de los circuitos turísticos clásicos. Es el Uruguay profundo integrado por pueblos y pequeñas ciudades; es el Uruguay cotidiano de gente que trabaja, estudia y vive. Un dato es importante agregar: en todos esos departamentos el partido mayoritario es el Blanco, el principal competidor del Frente Amplio en las elecciones previstas para el 25 de octubre.
Lo primero que nos llamó la atención fue la austeridad y la sencillez de la caravana. Cinco o seis autos que sumaban quince o veinte a la entrada de los pueblos. Supongo que es innecesario aclarar que se trataba de los candidatos oficialistas que aspiran a un nuevo mandato para el Frente Amplio y que según las encuestas disponen de un piso de cuarenta por ciento de votos, aunque aspiran a obtener diez puntos más para ganar en la primera vuelta.
En Migueletes, Ombúes de Lavalle, Rodó y Conchillas, los actos se realizan en un club o en una esquina de la plaza. En Palmira y Nueva Palmira la reunión se hace en el andén de una estación de trenes; en Cardona en un local partidario. Son actos breves. Mujica y Astori, los candidatos de la fórmula del Frente Amplio, hablan no más de diez minutos cada uno. Antes, hacen uso de la palabra los dirigentes locales. Son discursos breves, muy sobrios y precisos.
Las comparaciones con la Argentina son inevitables. No hay despliegue de “aparato”. No se ven punteros ni obsecuentes halagando a los candidatos con ese estilo untuoso y servil que nosotros tan bien conocemos. Los aplausos son medidos. No hay gritos exaltados ni cánticos de combate. Parece más una reunión social de gente amable que se ha reunido a conversar sobre cosas comunes que un acto político protagonizado por dirigentes nacionales de primer nivel.
En la mayoría de los casos los equipos de sonido son defectuosos. A veces los corrigen, a veces no. La sensación es que no se dispone de muchos recursos y que tampoco hay demasiado interés en disponerlos. Esta ausencia de profesionalidad, esta suerte de improvisación puede ser evaluada desde diferentes puntos de vista. En mi caso, creo que dan cuenta de un cierto subdesarrollo, pero ese subdesarrollo no me desagrada, me parece más espontáneo, más auténtico que ese supuesto rigor profesional lubricado por el aparato partidario y la publicidad exagerada y costosa.
Los dirigentes hablan de política. No se distraen con recursos retóricos. Van al grano y sin embargo son amenos. Los discursos nunca son de barricada; tiene el tono de lo coloquial, se parece a una charla entre amigos en una rueda de mate y, a decir verdad, lo del mate, no es ningún recurso verbal, porque todos, los oradores y el público, están con el consabido termo y mate en la mano, esa costumbre tan uruguaya que recorre a todas las clases sociales y oficios.
En Carmelo y Mercedes los actos son más grandes. Alrededor de dos mil personas asisten a estos lugares. Los actos se hacen en un club: Artigas en Carmelo, Racing en Mercedes. Con mi mujer nos apostamos en las inmediaciones de los clubes desde unas horas antes. Perdemos el tiempo porque la movilización de la gente empieza a hacerse visible media hora antes. No vemos camiones ni colectivos. No hay gente arreada. No se ven choripanes ni cajas de vino, ni bolsones de comida. La gente llega caminando al club, a veces son grupos de muchachos, a veces un matrimonio, a veces una parejita. Se los ve tranquilos, serenos, como si fueran al cine o al teatro. O a una cena en el club.
Interesa detenerse en estos datos. Hacía años que no veía a la gente yendo a un acto para escuchar lo que dicen los candidatos. Muchos de los que asisten a esta convocatoria son del Frente Amplio; otros son independientes o de otros partidos. Todos van a escuchar; quieren saber qué dicen los candidatos, cuáles son sus propuestas. Me sorprende ese civismo que los argentinos alguna vez hemos tenido y que años de degradación populista terminó corrompiendo.
Hay un paradigma de uruguayo que en estos lugares es posible reconstruir: un hombre de edad mediana, vestido sobriamente con saco o campera; la boina y el termo en la mano. A ese hombre, a ese arquetipo lo observo con atención. Escucha. A veces aplaude, a veces mira con gesto de desaprobación. No grita y mucho menos insulta a nadie. Nadie le ha pagado ni le ha prometido nada para estar allí. No es un hincha de fútbol, un barra brava; es un ciudadano en un acto político escuchando opiniones de sus candidatos o de candidatos a los que no sabe aún si los va a votar.
La reunión concluye y la desconcentración es pacífica. Algunos de los asistentes se reúnen en los bares de las inmediaciones; otros regresan a sus casas. Si un argentino llegara de pronto a la ciudad y viera cómo se desarrollan los hechos lo que menos supondría es que ese hombre que camina con su esposa del brazo, esos muchachos que conversan en una esquina, regresan de un acto político.
Capítulo aparte se merecen los dirigentes. Mujica y Astori se confunden con la gente casi sin proponérselo. Están allí, saludan, conversan, como si fueran uno más. No hay a su alrededor matones o patovicas que los “protejan”. Su relación con la gente también es sobria, respetuosa. No reparten besos, no reparten sonrisas gratuitas, no posan de populares, no sobreactúan. Un apretón de manos con algún conocido, un abrazo discreto y eso es todo.
La relación con la gente es cálida, respetuosa, educada. No los humillan con la indiferencia o con el arrebato demagógico típico de nuestros caudillos populistas. Se comportan como demócratas en el sentido más pleno de la palabra. ¿Por qué es así? Tal vez porque en Uruguay no ha habido populismo y si lo ha habido no ha sido tan intenso, tan devastador.
En cada ciudad o pueblo que llegan se suman diputados y senadores. Uno sabe que ejercen esos cargos porque en algún momento alguien se refiere a ellos por su función. Si no fuera por esos detalles nada hace pensar que son legisladores. Visten como todos, no están rodeados de colaboradores rentados, no andan con varios teléfonos celulares colgados de la oreja para darse importancia, no se los ve hinchados de importancia; visten como todos, ni más ni menos elegantes que nadie.
Con mi mujer nos preguntamos si toda esta modestia es una señal de atraso o de progreso. Hay varias respuestas a estos interrogantes, pero por encima de las disquisiciones teóricas está claro que este estilo a mi mujer y a mí, nos resulta agradable, nos parece democrático en serio.
Habría que preguntarse por último, si esto es así porque los dirigentes uruguayos son diferentes a los de nuestro país o porque la gente es distinta y, por lo tanto, a los dirigentes no les queda otra alternativa que adaptarse a las exigencias de la sociedad. Cualquiera que sea la respuesta a estos dilemas, lo que queda claro es que la política en Uruguay se vive de manera distinta a la Argentina, las prácticas sociales y culturales de los dirigentes son diferentes y las respuestas de la sociedad no son las mismas. Todas estas imágenes merecen matizarse: Uruguay no es el paraíso y Argentina no es el infierno, pero lo que está claro es que desde el punto de vista del sistema político, de la interacción de los actores del sistema y de la relación de ese sistema con la sociedad, Uruguay es mucho más republicano y democrático que nosotros.
En los pueblos más chicos los actos se realizan en un club, en una esquina de la plaza, en el andén de una estación de trenes, en un local partidario. Son actos breves. Mujica y Astori, hablan no más de diez minutos cada uno.
Foto: Marisa Spina