La voz de uno, la voz de todos

Gieco ofreció un espectáculo

para disfrutar, sentir y recordar

El carismático cantautor rosquinense captó rápidamente la atención del público, haciéndolo partícipe de un comprometido repertorio. Cálculos oficiales estiman que 7.000 personas presenciaron su show.

Ariel Durán-Sergio Ferrer

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Fueron casi dos horas de espectáculo. Dos horas en las que el público no dejó de prestarles atención a los acordes, el sonido de la armónica, la voz y el mensaje de un artista realmente singular, como sin ningún lugar a dudas lo es León Gieco. Justamente, el nacido en Cañada Rosquín se presentó el domingo pasado en Santo Tomé en el marco de la VIII Feria del Libro y brindó un recital que fue seguido por unas 7.000 personas, las que se acercaron a las adyacencias del Club Unión para disfrutar de las interpretaciones del popular cantautor santafesino, quien en más de cuatro décadas de trayectoria formal lleva unos 40 discos editados y ha compuesto alrededor de 200 canciones. El show empezó a las 17.15 con “Cinco siglos igual” y se extendió hasta pasadas las 19, cuando León Gieco reiteró su invitación a los presentes, para que no dejaran de acercarse a la exhibición de “Mundo Alas” (un enfoque sobre las capacidades especiales, a partir del esfuerzo artístico de sus protagonistas), documental en el que se expone por primera vez como ejecutante de un nuevo instrumento, la cámara de filmación.

De la ciudad al campo

Gieco entusiasmó a todos con un sentido y variado repertorio, en el que no faltaron clásicos como “La colina de la vida”, “En el país de la libertad”, “Soy un pobre agujero”, temas cuyas letras gran parte del público conoce a la perfección, hecho que facilita el contacto entre protagonista y seguidores. Asimismo, León fue homenajeando interpretativamente a cada uno de sus queridos y viejos maestros, tales como Alfredo Zitarrosa, Antonio Tormo, Atahualpa Yupanqui (con “Guitarra”) y Jorge Cafrune, a quienes también recordó a través de una serie de anécdotas, mediante las cuales los espectadores se fueron enterando, por ejemplo, de que su primer contacto con un instrumento musical fue a los 5 años (cuando sus padres se mudaron del campo al pueblo) y que hubo una época en que en sus pagos lo llamaban “El Cafrune de Cañada Rosquín”.

Por otra parte, Gieco no dejó pasar la oportunidad para rescatar la figura de su admirado Víctor Jara, el cantautor trasandino torturado y asesinado por los militares chilenos en 1973, durante el régimen de Augusto Pinochet. Después, apeló a la memoria del pueblo argentino, precisamente con “La memoria”, cuya poesía habla del “engaño y la complicidad de los genocidas que están sueltos”, “del indulto y el punto final a las bestias de aquel infierno”, “de los muertos de la AMIA y los de la Embajada de Israel”, de “poder secreto de las armas” y “de la Justicia que mira y no ve”. Inclusive, en un par de ocasiones destacó la convocatoria de HIJOS, prevista para el 1º de septiembre en Santa Fe, bajo el lema “Los juzga un tribunal, pero los condenamos todos”.

“¡Bajen las armas...!”

Sin ningún tipo de dudas, uno de los momentos más sensibles del recital de Gieco fue su interpretación de la canción “El ángel de la bicicleta”, tema dedicado a Claudio “Pocho” Lepratti, un joven que trabajaba en el barrio Ludueña de Rosario, en una escuela de bajos recursos, colaborando principalmente en el comedor infantil. En diciembre de 2001, en medio de la grave situación sociopolítica que vivía la Argentina, varios policías tirotearon el sitio donde estaba Lepratti, quien se asomó a la terraza del lugar para rechazarlos y fue asesinado de un balazo en la garganta. Tras la muerte, en señal de homenaje, empezaron a verse por las calles de Rosario pintadas con una bicicleta alada, circunstancia que este fin de semana fue reproducida sobre el mismo escenario por artistas rosarinos. Y uno de los versos de la citada canción, refleja en forma conmovedora aquel momento crucial en el que “Pocho” se enfrenta a sus victimarios diciendo: “¡Bajen las armas!... que aquí hay sólo pibes comiendo”.

Vale remarcar que el telonero de Gieco fue Francisco “Pancho” Chévez, uno de los protagonistas de “Mundo Alas”. Chévez, que considera a León como un “verdadero hermano del alma” (Gieco es padrino del Hogar San Roque, patronato situado en Capitán Bermúdez, donde Francisco creció), volvió a subir al entarimado al promediar el show, para sumarse al mismo junto a Carina Spina y Alejandro Davio, otros de los hacedores y partes integrantes de la ópera prima cinematográfica del rosquinense (juntos hicieron, por ejemplo, “Canción para Beto” y “No me voy de acá”).

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La presente imagen es fiel reflejo de la convocatoria lograda por León Gieco, artista cuya trayectoria está muy ligada al contacto directo con la gente.

Agencia Santo Tomé

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Gieco y parte del elenco de “Mundo Alas”: Antonella Seemán, Alejandro Davio, “Pancho” Chévez y Carina Spina.

Agencia Santo Tomé

/// EL DATO

Para el final

Uno de los puntos sobresalientes del contacto de León Gieco con el público fue la interpretación que hizo junto a Alejandro Davio del tema “El fantasma de Canterville”, histórica creación de Charly García. Además, como no podía ser de otra manera, para el final de esta presentación en Santo Tomé, Gieco se reservó “Sólo le pido a Dios”, canción para la cual invitó al escenario a Rubén Patagonia, Mariel Trimaglio y a los chicos de Mundo Alas.