Jóvenes voluntarios
Jóvenes voluntarios
Te doy una mano
Dedican horas de sus días a los demás. No cobran por lo que dan. Cinco historias que resumen un espíritu solidario que se multiplica.
¿Qué pasa cuando uno se corre del centro de su vida? En muchos casos el egoísmo o la autosatisfacción se dejan de lado para ocuparse de la gente que nos necesita. Nace la vocación solidaria. Comienza el trabajo voluntario, sin recibir nada a cambio.
Si este “clic” logra ser canalizado en la juventud puede llegar a ser una manera de vivir que perdurará. Por eso es que O Sea se ocupa aquí de las historias de: Maximiliano, Brenda, Juan Manuel, Maria Eugenia y Carlos, todos ellos jóvenes voluntarios.
Dar sin recibir
En nuestra ciudad funcionan distintas organizaciones encargadas de canalizar el voluntariado. Desde el gobierno provincial hasta las organizaciones no gubernamentales. Durante la inundación de 2003 muchos jóvenes coparon las escuelas y otros refugios para ayudar a los afectados. Hoy, esta tarea silenciosa se propaga en otros pibes que “despiertan” y dedican parte de su tiempo ocioso a los demás.
Por un cartel
Maximiliano Andino, de 21 años, caminaba por la calle cuando observó una publicidad que invitaba a participar del programa provincial Sumando Voluntades. “Entré a la página web que había publicada y al ver de qué se trataba me gustó y me pareció interesante. Entonces decidí anotarme”, contó este estudiante de Gastronomía que vive en barrio Roma.
—¿Qué trabajo hiciste y qué trabajo hacés ahora?
—Lo primero que hice fueron cursos de salud, de seguridad (mediación) y de emergencias. Después me llamaron para informarme sobre la gripe A. Desde ese momento estuve trabajando en la atención telefónica del 0-800 del Ministerio de Salud de la Provincia, y concurrí a las unidades (cárceles) de Coronda y de Las Flores a informar sobre la enfermedad. Ahora estoy cargando las fichas epidemiológicas en la base de datos del Ministerio de Salud.
En la UNL
Brenda Fuica tiene 25 años y es estudiante de Terapia Ocupacional de la Escuela de Sanidad, que depende de la Facultad de Bioquímica de la UNL. Una de sus pasiones es el trabajo voluntario en distintos proyectos de extensión de la universidad.
—¿Por qué empezaste a trabajar como voluntaria?
—Me enteré por el sistema de voluntariado de la UNL. El primer voluntariado fue el año pasado, en un proyecto que se llama “Zoolidarios: actividades asistidas por animales frente a personas con necesidad educativas especiales”. Me interesó mucho el trabajo con animales, con chicos discapacitados y la parte comunitaria. Las actividades que hacemos son enseñarle a los chicos sobre higiene, cómo lavarse las orejas, los dientes; todo a través del animal. Las otras instituciones donde trabajé son un jardín de estimulación temprana y “Un Mundo Especial” (Colastiné).
Contra la discriminación
Otro voluntario con el que conversamos es Juan Manuel Pastor Grela, un estudiante de 29 años que dedica sus horas solidarias en el Inadi. “Tomé la decisión de involucrarme en actividades del tipo colaborativo, solidario, como las que se hacen en diferentes comunidades de esta ciudad -contó-. Empecé buscando por Internet y encontré el Inadi. Me interesó la propuesta que tenían e inmediatamente me comuniqué con ellos”.
—¿Qué tareas solidarias realizaste?
—Estaba en la oficina recibiendo denuncias y atendiendo el teléfono para informar lo que se me solicite (llamaba gente preguntando cómo hacer las denuncias o pidiendo por información). En realidad todas las tareas eran solidarias porque la gente que concurría generalmente era de bajos recursos, y el fin de la institución es desinteresado. También participé de la capacitación en HIV/sida. El evento fue cerrado con el “Forrazo”, que consistió en repartir preservativos e informar para prevenir, en la Costanera, el Día de la Primavera”.
El Proyecto Wayruru
María Eugenia Olivera (22) y Carlos Reynoso (21) son estudiantes de la Católica. Además de compartir la universidad coinciden en ser voluntarios del grupo pastoral Wayruru (*). Brindan apoyo escolar a los chicos de barrios carenciados.
—¿Cuál es su función como jóvenes voluntarios dentro del Proyecto Wayruru?
Ma. Eugenia: —Les enseñamos a los chicos la parte pedagógica, lengua y matemáticas, y también trabajamos cuestiones de hábitos. Desarrollamos actividades que ideó previamente la psicopedagoga y nuestra función es ponerlas en práctica.
Carlos: —Vale destacar que no es un proyecto meramente asistencialista. Trabajamos con chicos que no sólo tienen carencias económicas, sino que se encuentran en una situación de riesgo social. Frente a un contexto de violencia familiar y desamparo, la idea es generar un diagnóstico de lo que es el cuadro de cada chico e intentar atacar esa situación.
—¿Cómo nace en cada uno la idea de ayudar?
Carlos: —Entré al departamento de Pastoral a partir de un retiro que hice en la universidad. Al final del mismo, presentamos proyectos e ideas para empezar a hacer y ahí me enganché. Al estar en un ámbito universitario se es un privilegiado, entonces poder destinar un rato de ese tiempo a ayudar al otro es lo que nos mueve a todos. El proyecto busca aprovechar los conocimientos de cada carrera, en mi caso de abogacía se busca darle asesoramiento legal a las familias. La idea es que cada uno desde su profesión pueda realizar su aporte.
Ma. Eugenia: —Me enteré por una compañera de Psicopedagogía y arranqué. Siempre me interesó ayudar a las personas que están en riesgo y poder darles a los chicos algo que en su casa no ven.
Estas son las historias de un grupo de jóvenes que poseen un espíritu solidario y lo llevan a la práctica día a día para hacer un poquito mejor la vida de aquellos que los necesitan. Vos también podés dar tu mano. ¡Animate!

Dos valores en uno. El voluntariado y la no discriminación. Foto: gent. entrevistada

El proyecto solidario Wayruru en acción. Foto: gent. entrevistada


Maximiliano Andino, 21 años. “Sumando voluntades”. Foto: Nicolás Loyarte


Colaborar, dar sin recibir, valores que no pierden vigencia. Foto: gent. entrevistada

Histórica: Muchos santafesinos se volcaron al voluntariado durante la inundación. Foto: ARCHIVO EL LITORAL
(*) Wayruru es una palabra aymara. El wayruru es una semilla de la zona sur de Perú y gran parte de Bolivia y se la asocia a una creencia mítico-religiosa que dice que si se juntan estas semillas en una vasija, éstas se reproducen en cantidad y en calidad.