Edición del Sábado 05 de setiembre de 2009

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El tiempo de los asesinos - Edición Impresa - Opinión Opinión

El tiempo de los asesinos

Arturo Lomello

El asesinato estuvo siempre presente en la vida humana. Hasta se lo institucionalizó con el nombre de guerra en la que se matan muchos millones de hombres y para colmo pretendiendo justificarla con razones.

Parecería que el hombre necesita matar. Parecería, porque todo indica que la plenitud de la vida sólo se alcanza cuando somos regidos por el amor.

En la época que estamos viviendo, el asesinato ya ha desbordado, en los campos de batalla o de cualquier enfrentamiento bélico. A tal punto, que actualmente en nuestro país se asesina por las calles para robar unas monedas.

Claro que hay explicaciones, pero a la hora de ser asaltado por un potencial asesino las explicaciones no nos sirven de nada.

Se dice que uno de los factores fundamentales para desencadenar tanta locura homicida es el consumo de drogas, pero de cualquier manera, esto indica un desfasaje demencial patológico que da rienda suelta a los instintos destructivos.

Vale decir, la guerra es un asesinato encubierto que se pretende justificar con razones, pero los otros actos de destrucción y de autodestrucción evidencian sin desdoblamiento que la sociedad está dominada y desbordada por impulsos asesinos originados en la ineptitud de reconocer el rostro de la realidad.

Henry Miller escribió un libro muy orientador llamado “El tiempo de los asesinos”, donde profundizaba los distintos síntomas de la violencia que se ha intensificado en el último siglo. Sin embargo, estremece pensar que los hombres hace dos mil años fuimos capaces de asesinar a quien venía a salvarnos, eso quiere decir, que si no fuimos lúcidos para descubrir que matábamos a Dios, ¿qué podemos esperar del comportamiento de seres humanos comunes?

No obstante, la puerta por donde se llega al amor está siempre abierta.

Dios ha perdonado al asesino, pero aguarda que quienes lo matamos, por ende, nos matamos entre nosotros, nos convirtamos a la senda de Abel y dejemos definitivamente la de Caín. Es indispensable para ello reconocer que la violencia homicida gobierna el mundo.



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