La vuelta al mundo
Angela Merkel y las elecciones en Alemania
La vuelta al mundo
Angela Merkel y las elecciones en Alemania
Rogelio Alaniz
La derecha expresada políticamente en la Unión Demócrata Cristiana (CDU) ganó en Alemania. La heroína de la jornada es Angela Merkel, motivo por el cual durante cuatro años más se mantendrá en el cargo, una función política que ha desempeñado con eficiencia, lo que le valió ser considerada por una célebre revista como la mujer más poderosa del mundo.
La reciente victoria electoral le permitirá a esta mujer de cincuenta y cinco años, darle el esquinazo a sus amigos socialdemócratas (SPD) y aliarse con el Partido Liberal Demócrata (FDP) que fue otro de los ganadores de la jornada. Si en los años anteriores las presiones a la canciller provenían de la izquierda, ahora provendrán de la derecha, si es que alguien puede o se anima a estar a la derecha de Merkel, y si es que efectivamente en Alemania esa distinción entre derecha e izquierda tiene alguna importancia.
Por lo pronto, el líder socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier dejará su cargo de ministro de Relaciones Exteriores que será ocupado por el liberal Guido Westerwelle, un político de 47 años, controvertido, polémico pero dueño de un particular encanto. “Guido”, como se le dice popularmente, ha sabido recuperar para el liberalismo una popularidad perdida. Se trata de un político pragmático que se identifica con el liberalismo pero mucho más con el poder y, particularmente, con el poder de los ricos, al punto que no tiene temores en decir que el liberalismo alemán es el partido de la gente que dispone de muy buenos ingresos.
Esta declaración, que en otras latitudes provocaría una estampida de votos en contra, en Alemania produce efectos inversos. Sus críticos consideran que es un pragmático, en el peor sentido de la palabra, y un aventurero, pero reconocen su inteligencia y sobre todo su formidable capacidad oratoria que lo han transformado en un temible polemista para sus adversarios.
Las supuestas faltas de Guido se ventilan públicamente, pero es probable que sean ésas las virtudes que le interesan a Merkel para convocarlo como aliado. En política, ya se sabe que según sea el cristal con que se mire, lo que para unos es pecado para otros es virtud. Guido no sólo da que hablar por sus posiciones eclécticas en materia de liberalismo o por sus brillantes intervenciones parlamentarias, sino también por su asumida condición de homosexual, una opción de vida que la sostiene públicamente, al punto que en más de una reunión social con la muy austera y tradicionalista Angela Merkel, se presentó con su pareja sin que la canciller expresara la más mínima inquietud. Por el contrario, en lugar de escandalizarse la señora aprovechó la situación para poner límites y tomar distancia de los grupos católicos-conservadores de Baviera, quienes habitualmente ponen el grito en el cielo por estas transgresiones a la moral y, muy en particular, a la moral cristiana tal como la conciben los católicos de Baviera que, dicho sea de paso, soportaron con estoicismo clerical el divorcio y posterior casamiento de Angela Merkel.
En el orden interno, esta nueva coalición política seguramente emprenderá las tareas que permitan sacar al país de la ya prolongada recesión económica. La tarea no será sencilla para una Alemania que ha incrementado su tasa de desocupación, pero la señora Merkel sabe muy bien que la responsabilidad de un canciller nunca fue simple o sencilla.
En el orden externo, Alemania ratificará su alianza con Estados Unidos y convalidará la presencia de los cuatro mil soldados alemanes en Afganistán, un compromiso militar que en su momento despertó recelo en Europa porque la presencia de soldados alemanes fuera de sus fronteras todavía sensibiliza la piel de países que aún recuerdan lo que sucedió durante la primera y segunda guerra mundial. Si bien hoy no hay motivos para temer al militarismo germano o prusiano, las pesadillas de los tiempos del káiser y el fhürer siguen presentes en la memoria de los pueblos europeos y, por lo tanto, la imagen de soldados alemanes paseándose armados por otras Naciones sigue provocando miedo.
Las presiones internas para retirar las tropas que pelean contra los talibanes encontrará ahora la resistencia de una alianza política decidida a acompañar a Estados Unidos. El otro tema que seguramente se definirá a partir de ahora será la relación con Turquía y, concretamente, su incorporación a la Unión Europea. Angela Merkel es una de las mandatarias que con más fuerza se opone a esta incorporación. Sobre este tema no hay duda de que los alemanes saben de lo que hablan, sobre todo porque Berlín, por ejemplo, es después de Estambul, la ciudad con más habitantes turcos en el mundo, una situación que le ha generado problemas sociales, religiosos y políticos.
Los dirigentes del Partido Socialdemócrata no han disimulado su mal humor por el resultado de las elecciones. Los opositores internos a Steinmeier estiman que la alianza con los conservadores de Merkel los ha distanciado de su electorado tradicional que ahora los castiga negándoles el voto. A más de un socialista le pareció que a la hora de elegir la gente prefirió hacerlo por un liberal auténtico como Westerwelle en lugar de una copia desteñida como Steinmeier.
Curiosamente, quien obtuvo un buen resultado electoral -para sus expectativas se entiende- fue el dirigente Oskar Lafontaine, antiguo SPD volcado hacia la izquierda y un crítico tenaz de la alianza de los socialistas con los conservadores. Lafontaine se ha hecho famoso en su momento por su disidencia con la vieja socialdemocracia. Los libros publicados desde ese momento fueron verdaderos best sellers de la izquierda europea y hasta el día de hoy sigue siendo considerado el dirigente más representativo de la prometida y siempre postergada renovación de la izquierda.
Mientras se celebraban las elecciones generales en Berlín, se realizó una consulta popular para determinar si en las escuelas se enseñaba la asignatura “religión”, propuesta por los religiosos, o la materia “ética” propuesta por los socialistas y laicos de diferente pelaje. Para sorpresa de todos, a la consulta la ganaron los partidarios de la ética, pero en Alemania desde antes de Hitler se sabe que Berlín es una ciudad corrompida y pecadora, a diferencia de Munich que siempre fue católica y cervecera, más allá de que en algún momento cargó con el pecado de haber prohijado, nada más y nada menos, que al señor Adolfo Hitler.
Consideraciones políticas al margen, la gran protagonista de la jornada fue Angela Merkel. Considerada como la Margaret Thatcher alemana hoy su personalidad ha adquirido vuelo propio y para ser ella misma no necesita ser comparada con nadie. Discreta pero no tímida como dijeron algunos, es la primera mujer que se desempeña como canciller y también la primera mujer que criada y educada en la Alemania comunista llega a ocupar la máxima investidura política de su país.
Discreta, sutil, sobria con su vestuario y sus gestos, es la antípoda en todo el sentido político y cultural de la palabra, de su colega la señora Cristina Kirchner. Habla lo indispensable, es enérgica sin necesidad de ser grosera y, por sobre todas las cosas, es sumamente eficiente. Precisamente, esa eficiencia fue la que apuntaló su breve y meteórica carrera política.
Recordemos que hasta 1989 Angela Merkel era una talentosa doctora en Física en la Academia de Ciencias y su único antecedente político era una afiliación obligatoria a las Juventudes Comunistas de la Alemania de Ulbricht y la siniestra Stasi. La caída del Muro de Berlín significó, para ella, como para todos los alemanes del este un antes y un después. La académica prolija y perseverante empezó a ser dominada por “el demonio de la política”. Por supuesto que su alineamiento fue a la derecha, pues luego de haber padecido los rigores del comunismo la señora no quería ni oír la palabra socialismo o marxismo.
El canciller Kohl fue el primero en reconocerle condiciones políticas. Su desempeño en diferentes ministerios fue brillante, según sus correligionarios conservadores. También se dice que fueron brillantes sus maniobras para quedarse con la conducción del partido, demostrando una vez más que en política la tarea de los jóvenes es tirar a los viejos por la ventana.
La reelecta canciller de alemania Angela Merkel y Guido Westerwelle quien ocupará el cargo de ministro de Relaciones Exteriores, se saludan en la cancillería de Berlín.
Foto: EFE