Sólo siendo madre se sabrá lo que se siente
Sólo siendo madre se sabrá lo que se siente
Walter Altare (*)
Algunos solemos perder la sensación de espectacularidad de un paisaje, sólo porque lo vemos todos los días. Sin embargo, nuestro acostumbramiento no disipará su belleza, ni eclipsará su esplendor. Cada mañana que despertemos, allí estará y allí seguirá, incondicional, por más que pase inadvertido. Aunque permanezca silencioso será la esencia que le dará identidad, color y vida a nuestro entorno.
Los corazones acostumbrados pueden volverse insensibles, pueden olvidar rápido y tornarse independientes al extremo, pero aun así, allí estará mamá... con toda su grandeza y toda su belleza.
A unos días de haber celebrado el Día de la Madre, pienso que seguramente la historia de muchos ha sido ingrata. Pensar en mamá puede sonar a un vacío que nunca se pudo llenar, o a un pasado en el que estando llenos, de repente quedamos desprovistos. Quizá la parafernalia publicitaria de celulares y batidoras eléctricas de esos días previos nos atormentó, porque simplemente no era para nosotros, no por una cuestión económica o comercial, sino por el dolor del corazón.
Pero señores, vale la pena decirlo, no es el caso de todos.
Gracias a Dios no es mi caso, ni el de mis hijos. En estas cosas uno no es egoísta, es un eterno agradecido.
Bastará con volver al libro de nuestros recuerdos, de atrás para adelante, y ver en una página tras otra, la mano en la frente en las noches de fiebre, la leche en la cama muchas mañanas, ese beso milagroso en donde dolía, que calmaba los dolores instantáneamente. La ayuda imprescindible en las tareas difíciles de la escuela (¡las tablas de multiplicar!), la ropa limpia y la cama tendida una y otra vez.
Nunca había códigos, pero sabíamos perfectamente en qué ocasiones ir a papá y cuándo, inequívocamente, a mamá, ya que esa situación era su especialidad...
Cada página trae consigo más que un recuerdo del momento. Es una revelación de amor. Cada uno de esos detalles han escrito nuestra historia cuando todavía no éramos capaces de escribir.
Es sencillamente conmovedor, difícil de describir con palabras, como suele ocurrir con esos paisajes impactantes.
Algunos dirán que es un instinto natural, otros creeremos que sin duda Dios anduvo por allí; pero hay una magia que quizá nadie la entenderá salvo que la viva en carne propia, estando en ese mismo lugar, en el lugar de una madre.
¿Por qué llora cuando lloramos?, ¿por qué se cansa a la par nuestra cuando trabajamos?, ¿por qué pareciera haber rendido cada uno de nuestros exámenes?, ¿por qué se enfermó de todas nuestras enfermedades?, ¿por qué celebró aun más que nosotros nuestros triunfos? Quizá nunca lo entendamos bien. Habría que ser madre para entenderlo.
Quizá estas líneas las lea alguien que ha perdido la sensibilidad para valorar ese paisaje majestuoso y tierno a la vez. Alguien que ha dado por sentado que hay amor, pero que no lo expresa, alguien que hace mucho que no dice gracias. Que ha caído en el error de pensar que sea lo que sea, ella lo hará por el solo hecho de ser madre. Alguno que ha dejado pasar el tiempo y la distancia ha postergado ese perdón sanador del alma. Alguien que compró el regalo, pero que no levanta el teléfono para llamarla.
Debo decir que sólo habrá que estar en el lugar de una madre también, para entender lo hiriente que muchas veces es el silencio, la distancia, la carencia de afecto, la ingratitud.
Habrá que estar en ese lugar para entender cómo conmueve el momento en que el hijo vuelve al abrazo de amor; es como si volviera el alma al cuerpo.
Cuando Rembrandt pintó el “Regreso del Hijo Pródigo”, dibujó al padre abrazando con una mano de hombre y una de mujer. Porque Dios ama completamente, tanto como una madre y un padre a la vez.
Quizá quiso que el mensaje llegara claramente: mientras haya vida, hay tiempo y amor suficiente para recibir a un hijo pródigo.
Por algo el sabio Salomón dijo en sus proverbios: “Muchas mujeres hicieron el bien, mas tú sobrepasas a todas”.
Seguramente él pensaba como muchos de nosotros cuando decimos que nuestra propia madre es la mejor de todas.
Todos los días es un buen momento para volver y decírselo.
¿O acaso te has acostumbrado a la hermosura, al punto que ya no te llama la atención?
(*) Pastor de la Iglesia Evangélica de calle Corrientes 3621
Mamá. Cada mañana que despertemos, allí estará y allí seguirá, incondicional, por más que pase inadvertida.
Foto: Archivo El Litoral.