La vuelta al mundo
La vuelta al mundo
El Muro de Berlín
Rogelio Alaniz

Caída. Ayer se reprodujo de manera simbólica el derrumbe del muro del oprobio. Una multitud celebró el espectacular efecto dominó de los paneles diseñados para el festejo que cayeron, unos sobre otros, con precisión alemana.
Foto: Agencia AFP
Habitualmente se dice que el comunismo fue derrotado el 9 de noviembre de 1989 y que la caída del Muro de Berlín fue el símbolo elocuente de esa derrota. El excelente historiador británico (en realidad no nació en Inglaterra) Eric Hobsbawm, cuya identidad política comunista es pública y notoria, se refiere al siglo veinte como un siglo corto iniciado en 1914 con la primera guerra mundial y concluido en 1989 con el derrumbe del Muro.
Digamos que existe un amplio consenso académico en admitir que el 9 de noviembre de 1989 se caía el comunismo, finalizaba la Guerra Fría o, como muy bien podría decirse, se ponía punto final a la última de las pesadillas totalitarias del siglo veinte.
La caída del Muro coincide con una serie de acontecimientos que anticipaban el fin de la dominación comunista en Europa del Este. La rigidez del orden comunista, su manifiesta incapacidad para autorreformarse, precipitó el desenlace porque, como dijera en su momento Raymond Aron, paradójicamente las condiciones revolucionarias en Europa no estaban dadas en el capitalismo sino en el comunismo.
En este escenario desgarrado por contradicciones cada vez mas intensas, gravitan en el orden interno personalidades como Gorbachov o Walessa, mientras que desde una perspectiva más amplia es decisiva la influencia de Margaret Thatcher, Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II. ¿Una revolución de derecha? Seguramente, entre otras cosas porque sólo la derecha puede ser una alternativa revolucionaria a un régimen de izquierda corrompido, despótico, ineficiente y, por sobre todas las cosas, injusto.
Por supuesto que todas estas hipótesis están sometidas al debate y está bien que así sea, pero lo que importa destacar en este caso es que me resulta sugestiva la hipótesis que plantea que en realidad el comunismo no fue derrotado en 1989 cuando las multitudes de Alemania del este y el oeste salieron a la calle a derribar el muro, sino en 1961 cuando el comunismo decidió levantar un muro para impedir que amplios sectores de la población abandonaran el territorio donde supuestamente se estaba construyendo el paraíso de los trabajadores.
Si así fuera, más que festejar los veinte años de la caída del Muro, lo que habría que festejar serían los 48 años de su construcción, porque en el momento en que la desvergonzada burocracia comunista decidió construir de la mañana a la noche un muro, quedó claro que el régimen admitía que sólo podía sostenerse a través de la violencia y que las promesas del hombre nuevo o una sociedad más justa habían quedado archivadas en los sótanos de la policía secreta.
Recuerdo que en los años sesenta a quienes militábamos en la izquierda nos costaba un notable esfuerzo intelectual defender el Muro de Berlín o justificar las ejecuciones que se cometían contra los que intentaban huir. La izquierda de entonces, tal vez la de ahora también, no era muy escrupulosa que digamos con los temas de la libertad y los derechos humanos, considerados despectivamente como prejuicios pequeños burgueses.
El Muro de Berlín -se decía- era un fantasma agitado por la derecha y los que intentaban fugarse no eran más que burgueses incapacitados por su egoísmo para vivir en una sociedad igualitaria, motivo por el cual no estaba del todo mal que el gobierno de la dictadura obrera y popular ajustara cuentas sin misericordia con ellos.
En un nivel algo más reflexivo, se decía que el imperialismo había levantado su engañosa y deslumbrante vidriera en Berlín Occidental y desde allí lanzaban todo tipo de provocaciones contra el régimen socialista, provocaciones que incluían sabotajes económicos, contrabando, manipulaciones monetarias y tareas de espionaje, por lo que no quedó otra alternativa que la de levantar el Muro para dividir aguas entre el capitalismo y el comunismo.
Más allá del carácter interesado de estas interpretaciones, lo que sí es cierto es que la situación en Alemania a principios de los años sesenta era insostenible. Con la construcción del Muro las aguas se dividieron de manera tajante, pero se tranquilizaron los ánimos, al punto que John Kennedy admitió que si bien no se trataba de una solución elegante, siempre era preferible un muro a una guerra. Algo parecido dirá Macmillan, aunque en esos días el alcalde de Berlín, Willy Brandt, uno de los grandes líderes del socialismo democrático occidental, organizó una movilización de la que participaron más de 300.000 berlineses para protestar contra el muro que de la mañana a la noche había dividido a la ciudad en dos, una decisión que al nivel de la vida cotidiana fue brutal por lo inesperada e irrevocable.
Veinte días antes, el dictador Walter Ulbricht había declarado que no tenía pensado levantar un muro, probándose una vez más que para los dictadores la verdad es lo primero que se sacrifica. Diez días antes del derrumbe del muro, el dictador Erich Honecker convocó a una movilización en defensa del muro y en contra del fascismo. En esa oportunidad, Gorbachov le dijo: “Al que llega tarde la vida lo castiga”. Honecker no entendió la frase de su camarada ruso, pero no obstante ello habría que decir que si bien perdió el poder, no sufrió los castigos que se merecía por los crímenes cometidos.
El muro, en sus trazos fundamentales, se hizo en dos días y dos noches. El hecho más paradójico -o si se quiere patético- lo produjo el obrero berlinés Konrad Schumann, un albañil conchabado para construir el muro y que se escapó aprovechando el descuido de los guardias, transformándose así en el primer disidente exitoso. A partir de ese momento, la historia del Muro es la historia de quienes intentaron fugarse o, si se quiere, la historia de las víctimas, de las mujeres y hombres asesinados por los guardias armados de la zona oriental.
Cuando estuve en Berlín hace unos años, una de las primeras visitas que hice fue al muro o a lo que quedaba de él. Allí, a un costado, están algunas de las cruces que evocan a las chicas y muchachos asesinados por las balas de la dictadura. Por supuesto que les rendí mi modesto homenaje sin dejar pasar la oportunidad de discutir con un amigo izquierdista, quien a pesar de su inteligencia y de su esfuerzo por pensar la realidad en otros términos, seguía defendiendo, tal vez con menos convicciones que antes, la supuesta dictadura obrero y popular de los comunistas alemanes.
Uno de los argumentos favoritos de los izquierdistas para justificar lo injustificable es que lo que vino luego de la caída del Muro ha sido peor que el comunismo. Según este punto de vista, desde el capitalismo mafioso de la ex URSS a la corrupción de los polacos, pasando por los índices de desocupación en las ciudades de la ex Alemania del este, todo confirma que el capitalismo sigue siendo la maquinaria de explotación del hombre por el hombre y, el comunismo, por el contrario, el luminoso horizonte de la humanidad.
Cada uno es dueño de creer lo que mejor le parezca, pero lo que me parece que está fuera de discusión es que la caída del comunismo no representó ni el fin de la historia ni el ingreso a un mundo feliz, entre otras cosas porque el capitalismo en sus versiones democráticas nunca prometió un mundo feliz, dejando los beneficios de esas promesas al comunismo.
Es verdad que la calidad de vida de los habitantes de los derrotados regímenes comunistas no es buena, pero admitirlo no puede ser la coartada para justificar lo peor. Seguramente el capitalismo es el responsable histórico de una serie de desgracias, pero los padecimientos que hoy se viven en estos países se han originado en el comunismo y sus lacras aún siguen pesando en las estructuras de poder y la conciencia de los hombres.
La caída del Muro de Berlín fue una gesta libertaria y pacifista. Fueron las multitudes en las calles las que terminaron por derrotar a la dictadura y a su expresión más ominosa. Para quienes vivieron esas jornadas los recuerdos siguen estando dominados por un inefable sentimiento de felicidad, uno de esos momentos cruciales de la humanidad en el cual todos los que amamos la libertad nos hubiera gustado estar presentes. Lo que vino después, como se dice en estos casos, es otra historia.