De domingo a domingo

Agobiada y paralizada, la Argentina sólo conoce marchas y piquetes

Por Hugo E. Grimaldi

 

DyN

Entre el ruido que meten las marchas de vecinos, piqueteros y sindicalistas en la superficie y la sensación de agobio y de muchas prevenciones en el subsuelo, que genera cierta parálisis de buena parte de la sociedad, el gobierno dice que hace, mientras la claque aplaude.

Néstor Kirchner expresa que él “tiene al pueblo en las calles” y se arroga el uso de “todos” (sic) los micrófonos y Cristina Fernández que “viene un ciclo de crecimiento económico importante”; en tanto, los empresarios, que contrapesan esos datos a la luz de la ecuación costos-beneficios, por ahora han decidido dejar huérfano al proceso económico de su bien más preciado, la inversión.

Esta actitud de desensillar hasta que aclare (“hasta el 2011, cuando se vayan”, dicen en privado los hombres de negocios) que para el gobierno son claras muestras del ánimo destituyente que los persigue en todo momento, va en línea con la desconfianza que muestra buena parte de la sociedad.

Por estos días, en la Argentina parecen convivir varios microclimas, más allá de los que el gobierno se ha creado para subsistir. En todas las clases sociales, se han adormecido las utopías y con ellas la idea de movilidad social ascendente y de progreso. Los pobres apenas se cuestionan la imposibilidad de salir de su condición en un par de generaciones y ya la toman casi como un castigo bíblico; los niveles medios tienen algo más conciencia, pero está a punto de tirar la toalla; en tanto, casi toda la clase dirigente mira su propio ombligo.

Sin ninguna mira de unidad, más que el oportunismo del momento, la mayor parte de los opositores está dedicada al armado del Congreso que llegará el 10 de diciembre.

Contra la investidura

El cambio de condiciones constante inhibe a los privados y el Estado se arroga la potestad de hacerlo todo y lo hace mal o lo hace en beneficio de unos pocos. Tampoco se salva el periodismo en su condición de hacedor de opinión pública, aunque hay que reconocer que está jaqueado desde varios ángulos por el gobierno. La Ley de Medios, el Fútbol para Todos y ahora la prohibición de ingresar cámaras a las canchas y el avance de claro hostigamiento contra Papel Prensa han sido tres de las maneras de sacudirlo, mientras la publicidad oficial opera para cooptarlo.

Desde ya que para el gobierno, buena parte de la prensa carga también con el mote de destituyente, sobre todo por mostrar hechos de la realidad, como durante la última semana sucedió con la impotencia y los insultos de familiares y vecinos a los gobernantes y a las fuerzas de seguridad, tras los fusilamientos que sufrieron por separado dos docentes en el Conurbano bonaerense para robarles sus autos.

En su dolor, el padre de la joven asesinada en Derqui tuvo conceptos más que reprochables para la investidura presidencial, que se difundieron por los medios y que no merecieron comentarios de las autoridades, salvo del gobernador Daniel Scioli quien opinó, en un operativo despegue del gobierno nacional en un tema tan sensible, que los funcionarios tienen que “aguantarse las puteadas” de la gente. ¿La presidenta también?

En tren de interrogantes y ante tanta preocupación gubernamental por la difusión de este tipo de hechos, hoy ¿qué resulta mejor para el Gobierno? ¿Que los canales de noticias reflejen la situación reinante de inseguridad o que se pongan en los televisores en directo los discursos de los máximos referentes, mientras se ven las caras de asentimiento de los escuderos de ocasión, algunos dispuestos a inmolarse por la causa de modo bien ostensible, como las otrora equilibradas ministra de Industria y Turismo, Débora Giorgi o la presidenta del Banco Nación, Mercedes Marcó del Pont?

Si no hay más desgaste es porque no hay más rating. ¿Saben en el gobierno -y ambas funcionarias expertas en mohines- que en las radios cada vez que se pasan las voces de los Kirchner los oyentes enfurecidos llaman para que se los censure?

Sin inversiones

Pero más allá de la recuperación económica que no será plena hasta el fin de su mandato y del convencimiento de que sin inversión de los privados no habrá generación de empleo genuino, o del condicionamiento de las libertades que se plantean a partir de la difusión de lo que el gobierno no quiere que se sepa, el panorama es aún complicado porque el tema inseguridad no es sólo el que está a la cabeza de las preocupaciones de la gente, sino que es la cuestión que mantiene paralizada a la sociedad a dos puntas. En primer lugar, por el temor que se siente a la vejación o la muerte, pero además -y es lo grave- por la sensación que tienen los ciudadanos de sentirse indefensos de toda indefensión y de que no hay nadie que hoy los proteja, desde el Estado.

En tanto, el gobierno también vegeta, sumido en sus propios problemas: cómo asegurarse hasta 2011 lo que él entiende por gobernabilidad, que en el lenguaje kirchnerista significa conseguir aliados, mientras aplica sus energías y mucho dinero en ello y ver cómo puede perdurar, a partir de esa fecha.

La sensación que emerge y que aumenta la mala onda social es que los Kirchner se han ganado la fama de que únicamente trabajan para sí mismos y que sólo hacen las cosas que les conviene, olvidándose del bienestar general.

El contexto se les hace bien difícil de revertir, sobre todo porque el concepto se ha instalado desde un gobierno que pregona la solidaridad y que a veces hasta habla de progresismo, pero que a la luz de los críticos se torna egoísta, ya que sólo parece mirar su propio beneficio, a través de la transmisión más de gestos que de hechos.

La situación se hace más patética, porque si bien siempre tuvo esa misma manera de gobernar, sustentado en un programa económico endeble y con baches profundos en la gestión de casi todas las áreas, ahora se interpretan todos esos signos como manotones de ahogado propios de un fin de ciclo.

Tirar la chancleta fiscal

La manifestación más evidente de los problemas que hoy tiene el gobierno surge de su preocupación extrema por el costado fiscal que amenaza con explotar el año próximo. Siempre se dice que Néstor Kirchner ha sido como gobernante un extraordinario administrador y que en sus primeros tiempos como presidente marcó un rumbo envidiable para las políticas económicas del último siglo.

Como Raúl Alfonsín restauró en la Argentina la noción de democracia y Carlos Menem consolidó el concepto de estabilidad, se suele afirmar con razón que Kirchner reflotó para la conciencia de la buena praxis. el olvidado concepto de la importancia del superávit del Tesoro: nunca gastar más de lo que se tiene.

Sin embargo, en línea con la sensación de que antes de arreglar los problemas de la sociedad primero está la construcción política que apura la tarea de disciplinar a gobernadores e intendentes, de darle prebendas a los sindicalistas o subsidios a los amigos, parece que los Kirchner se han decidido a tirar definitivamente la chancleta en materia fiscal y así se vio durante la última semana.

“Los que vengan detrás, que arreen”, parece ser la fórmula, que algunos opositores describen como la teoría del “campo minado”.

En primer término, el gobierno emitió un Decreto de Necesidad y Urgencia que amplía la autorización del gasto en 24.278 millones de pesos, pero que a la vez deja para el año próximo, para no tener que pedirle ninguna autorización extra a un Congreso que se presume más hostil, una suma para gastar que la consultora del ex ministro de Economía, Martín Lousteau calculó en 16 mil millones de pesos por encima de lo ya presupuestado.

Además, se volvieron a tomar recursos de organismos del Estado para financiar el déficit, en esta oportunidad a través de una Letra del Tesoro de casi 150 millones de pesos suscripta por el Instituto Nacional de Reaseguros (Inder) en liquidación, con lo cual la deuda intraestatal acumulada en lo que va de 2009 alcanza a la friolera de 54 mil millones de pesos.

Con la plata de las provincias

Aproximadamente, 40 por ciento de la misma proviene del sector de la Seguridad Social, a través de distintas suscripciones de Letras que hicieron el Pami, la Anses y el Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) que, por definición, debería tener cierta liquidez para servir de ayuda eventual para los jubilados.

También hubo otra movida bien grave, pero no por la importante suma en juego, unos 9 mil millones de pesos, sino porque se trata de recursos que le pertenecen a las provincias, bajo la forma de Aportes del Tesoro Nacional (ATN) nunca desembolsados, con la excusa que el año próximo los Estados provinciales tendrán que pagarle a la Nación una cifra más alta y que entonces esa cifra debería servir para netear las cuentas.

Según los expertos de la Asociación Argentina de Presupuesto (Asap), con esa cifra en su poder los gobernadores podrían muy bien haber enjugado casi todo su déficit.

En el consolidado, el rojo del año quedaría igual, pero con la movida, la Nación mostrará números más sólidos que las provincias y logrará dibujar mejor su magra performance. No hubo ni un solo mandatario provincial, de ningún signo que hiciera oír su queja al respecto, pese a que la decisión ha sido de un unitarismo irritante.

Parece que los gobernadores están más que cómodos en su posición de mendigos del poder central, ya que localmente siempre les da rédito echarle la culpa a “Buenos Aires”.

También podría usarse como ayuda adicional para el año próximo, lo que se propondría por estos días desde el ministerio de Economía para seguir juntando fondos, una colocación de bonos a ser suscriptos de modo voluntario por los bancos, con dinero que a hoy está sin colocar, por la notoria falta de demanda crediticia.

En esa condición, también hay fondos en dólares, pero la intención de esta próxima movida sería tomar pesos contra la emisión de bonos del Tesoro a 10 años, lo que no deja de remitir a los manotazos de ahogado de Domingo Cavallo, en tiempos de Fernando de la Rúa.

“No obstante, en la pasividad actual ni se nota que haya una corrida hacia la crisis”, acaba de referir el economista del Cema, Carlos Rodríguez. En tanto, para su colega José Luis Espert, hoy el déficit bien medido está en el orden de 2,5 % del PIB y su estudio ha calculado que si se continuara con un ritmo similar de crecimiento del gasto y de la recaudación, en el que aquél viene duplicando en velocidad a los ingresos, el mismo se potenciaría hasta 5 % del Producto hacia fin de 2010.

Esta actitud de desensillar hasta que aclare (“hasta el 2011, cuando se vayan”, dicen en privado los hombres de negocios) resulta para el gobierno clara muestra del ánimo destituyente que los persigue.

Parece que los gobernadores están más que cómodos en su posición de mendigos del poder central, ya que localmente siempre les da rédito echarle la culpa a “Buenos Aires”.