AL MARGEN DE LA CRÓNICA

Cada maestrito sin su librito

Toda profesión que se ejerza con honradez es respetable. Sin embargo, hay algunas que por actuar directamente sobre el alma, cuerpo o inteligencia del hombre, se sitúan en un escalón por encima de las otras. Es así que ser sacerdote, médico o maestro requiere de una devoción mayor e implica tener vocación de servicio, como puede dar fe cualquier persona que haya elegido alguna de esas carreras.

Llevando sus prestaciones al extremo, los sacerdotes no pueden negarse a dar la extremaunción a un creyente, ni los médicos eludir los primeros auxilios de un moribundo.

Hasta hace un tiempo, ser maestro era pertenecer a la categoría de necesario para la continuidad de las sociedades civilizadas. Transmisores de saberes, historia y costumbres, junto con los padres, contribuían a la perdurabilidad de la esencia de cada comunidad.

Las tres profesiones deberían ser las mejores pagas de todas, porque a nadie se le ocurriría regatear los servicios vitales que prestan. Esos trabajos no tienen precio. Pero no siempre sucede lo que debería, ni la razón de los reclamos encuentra invariablemente el eco favorable.

Aunque el derecho a huelga está contemplado en la Constitución, es inevitable que el paro de cualquier sector del motor productivo, moleste a -por lo menos- un grupo de la sociedad, aun cuando se comprenda la justicia de la demanda. El caso de los maestros es especial porque chicos y mayores están o estuvieron estrechamente vinculados con ellos. Si convenimos en que el gremialismo ha hecho mucho por afianzar y defender los derechos de los trabajadores, también coincidiremos en que, a veces, su actuar no suma. Actualmente, las corporaciones docentes, contrapuestas a políticas erráticas, consiguieron desmigar la ponderación que despertaba el ejercicio docente y desdibujar la justicia de sus reivindicaciones.

La contienda desatada entre gremios y gobierno parece no tener retorno. Nadie dejó margen para negociar. Cada uno está plantado en orillas opuestas y, mientras la palabra se diluye, las acciones mantienen cautivos a alumnos y padres. El balance arroja muchos días de clases perdidos y las exteriorizaciones de los docentes están más cerca de la patota que de la academia.

Hay que destacar que no todos tomaron la misma actitud y que la discriminación dijo presente: mientras que en la mayoría de las escuelas privadas las clases fueron normales, en las públicas los chicos no cursaron y muchos de los maestros que no adhirieron a los paros, fueron repudiados por sus compañeros.

Hace rato que la educación viene en caída libre y la culpa de eso es compartida por maestros conformistas, padres desentendidos, gobiernos desinteresados y, en fin, por una sociedad distraída.

Da pena la forma en que los educadores pierden año a año el respeto que bien ganaron a lo largo de la historia. Ojalá que para el próximo ciclo lectivo, todos los implicados en la tarea pedagógica, encuentren caminos que estén a su altura porque -aunque duela reconocerlo-, en éste, los docentes pasaron raspando.