Edición del Sábado 05 de diciembre de 2009

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Las dificultades del oficialismo y los dilemas de la oposición - Edición Impresa - Opinión Opinión

Crónica política

Las dificultades del oficialismo y los dilemas de la oposición

“En democracia es necesario aceptar que el oponente alguna vez tiene razón”. Winston Churchill

Por Rogelio Alaniz

 

La oposición estima que en estos días le ha propinado a los Kirchner una derrota política. Atendiendo a los resultados electorales del 28 de junio y la nueva relación de fuerzas en el Congreso hay motivos para creer que, por primera vez en los últimos seis años, el oficialismo sintió en carne propia la experiencia de ser minoría y tuvo que pelear con uñas y dientes algunos cargos que en otros tiempos obtenía sin discusión.

Los más optimistas consideran que, a partir de la fecha, el Congreso tendrá otro protagonismo, por lo que habrá más y mejores controles, aprobación de leyes avanzadas y probables derogaciones o recortes a leyes sancionadas en las últimas semanas a los ponchazos a instancias de los Kirchner. No está mal que la oposición se sienta eufórica por el triunfo que acaba de obtener en el Congreso, sobre todo porque hace meses que no conocía las mieles de una victoria. También son meritorias las declaraciones de algunos legisladores llamando a la unidad nacional para asegurar una república democrática y un orden económico más justo.

Entiendo la alegría, el entusiasmo y las esperanzas; las entiendo pero no termino de compartirlas. Es más, con muchas ganas desearía sumarme al jolgorio, pero sé muy bien que el 2 de diciembre la oposición acaba de ganar una batalla que en otras circunstancias o en otro país hubiera sido importante, pero que en la Argentina no lo es. O, por lo menos, no lo es en el tamaño que imaginan los dirigentes opositores.

El kirchnerismo perdió la batalla en el Congreso, pero lo que importaba ganar ya lo había logrado. Me refiero al control de las AFJP y la prórroga de la declaración de emergencia. Con estas disposiciones, más otros dispositivos de control, los Kirchner pueden darse el lujo de gobernar con el Congreso en contra porque van a hacer lo imposible para que lo importante no pase por allí.

Lo siento por mi condición de aguafiestas, pero los gritos de victoria no me hacen olvidar que el oficialismo está en condiciones de disciplinar a gobernadores, intendentes y legisladores. Es un error suponer que el poder en las sociedades modernas circula exclusivamente por el Congreso, y el error se duplica o se triplica si se cree que la tradición populista estará dispuesta a aceptar pasivamente el cambio de relación de fuerzas en el Parlamento. Históricamente el peronismo ha considerado al Congreso más una molestia que un auxiliar de la gestión democrática. Su perspectiva política estuvo siempre más ligada al caudillo, al líder que ejerce el poder desde el Ejecutivo y somete a los otros poderes de la República. Así lo hicieron antes y así lo están haciendo ahora. Por razones de conveniencia y de relaciones de fuerza nunca van a clausurar al Congreso, pero lo van a vaciar de significación o lo van a transformar en una escribanía del poder. Otra política no conocen.

Los Kirchner no podrán hacer todo lo que quieren o se proponen, pero está claro que harán lo posible para que el poder real, el que disciplina, organiza y moviliza recursos circule por esferas donde el Poder Legislativo no tenga autoridad. Por lo tanto, es muy probable que el poder de los Kirchner se ejerza por vías alternativas a las de la institucionalidad clásica, es decir, por los caminos por donde circula de hecho el poder real, llámese sindicatos, corporaciones económicas, piqueteros, gobernadores, burocracia estatal y lobbies financieros. Con estos recursos, más los instrumentos visibles e invisibles de coerción, los Kirchner no dependen del Congreso y sus leyes. “El poder se ejerce” es su consigna, y si se ejerce de hecho, mucho mejor. Para no quedar a la intemperie con sus palabras, sus amigos de Carta Abierta le acercan alguna fotocopia de Karl Schmitt, el ideólogo de los nazis, que les ha enseñado a los populistas cómo gobernar prescindiendo de los estériles y fofos escrúpulos republicanos.

Se sabe que en la vida real los escenarios son más complejos y los campos nunca se dividen de manera tajante, pero si bien la política no se descompone en tonos blancos y negros, no es menos cierto que existen grises más fuertes y grises más débiles y en esos matices muchas veces se juega el destino de una batalla o una nación.

El kirchnerismo está muy debilitado y sobre todo está muy golpeado en una víscera que para la tradición populista es decisiva: no tiene votos. También carece de liderazgos, porque los que exhibe están devaluados y no hay señales de que esa condena se vaya a modificar por el reparto de un plan social o la entrega de algunos pares de alpargatas.

Si la sociedad se estabilizara, es probable que los Kirchner pudieran disponer de algún respiro, pero a pesar de la prolijidad de la ceremonia en el Congreso todo hace pensar que se avecinan nuevas refriegas y que en esos escenarios la situación de la pareja gobernante será muy complicada. Si una obsesión domina a Néstor Kirchner es que en ninguna circunstancia o lugar deben perder el control de la calle. Mientras las disputas sean entre barrabravas de izquierda y derecha todo puede controlarse. El problema se presenta cuando se movilizan los sectores medios urbanos y rurales. Allí no saben qué hacer porque nunca estuvieron preparados para lidiar con las amplias clases medias en la calle. Con la crisis del campo se salvaron entre los indios de no terminar devorados por la movilización. Si al poder no lo perdieron entonces no fue porque estaban fuertes -como a ellos les gusta decir- sino porque quienes se movilizaban no tenían ánimo destituyente.

Kirchner aprendió que esas clases medias no organizan piquetes ni se pasean como patotas armadas, por lo general prefieren vivir en paz y disfrutar de la vida, pero cuando salen a la calle los gobiernos tienen los días contados. O, para ser más suaves, a los gobiernos no les queda otra alternativa que cambiar, porque en las actuales sociedades de masas ningún presidente, ni de derecha ni de izquierda, puede gobernar con el pueblo movilizado en contra.

Se dice que la oposición no tiene proyecto, pero para ser más preciso yo diría que la oposición está aprendiendo a armar un proyecto. Condiciones propicias para hacerlo tiene; de lo que se trata, es de resolver hacia el futuro las opciones entre economía abierta o cerrada; república democrática o montonera populista; economía abierta al mundo o sentarse a tomar mate arriba de una cabeza de vaca; cosmopolitismo o folclore tercermundista.

Cumplir con estas metas no es imposible. En política, las grandes tareas las lleva adelante un líder, un gran partido o una poderosa coalición. Tal como se presentan los hechos, en la Argentina lo que importa construir es una amplia coalición. Si recorriendo ese camino nace un liderazgo democrático mucho mejor, pero no es aconsejable esperar que llegue el Mesías para empezar a hacer política y pensar al país en serio.

El gobierno que llegue al poder en 2011 tiene que empezar a prepararse desde ahora. Los Kirchner se van pero los sindicatos, las corporaciones, los caciques regionales quedan, y hay que saber lo que se debe hacer con ellos. En otros tiempos, un conservador autoritario hubiera recomendado palos y balas para poner orden. Si hoy se le ocurriera hacer algo parecido no duraría 24 horas en el poder, porque uno de los rasgos distintivos de las sociedades democráticas de masas es que no se puede gobernar todo el tiempo en contra de las grandes mayorías.

El signo de la época es que las masas ya no se dejan manipular pasivamente. Están en la calle, y de manera confusa y contradictoria reclaman derechos. Son procesos complejos pero irreversibles. Cuando en mayo de 1968 De Gaulle le ordenó a su ministro Pompidou que le metiera bala a los estudiantes, Pompidou le dijo con su mejor tono cardenalicio que una democracia no puede matar si la sociedad no está de acuerdo. De Gaulle se equivocó y Pompidou estuvo en lo cierto. Unas semanas después, los estudiantes regresaron a sus buhardillas o a tomar cerveza helada en los bares del Barrio Latino que se levanta en la orilla izquierda del Sena.

No se reprime en cualquier circunstancia ni se negocia en cualquier circunstancia. Esta verdad los Kirchner la conocen y si bien no la practican a la perfección, la usan, y algunos resultados les ha dado. La oposición, por su lado, sobre estos temas tal vez haya leído algo; pero en términos prácticos, recién está haciendo los primeros palotes.

Lo siento por mi condición de aguafiestas, pero los gritos de victoria no me hacen olvidar que el oficialismo está en condiciones de disciplinar a gobernadores, intendentes y legisladores.

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Protagonistas. Las imágenes expresan aspectos de la renovada Cámara de Diputados, a la que vuelve Elisa Carrió como puntal de la oposición, y en la que Kirchner estrena una función representativa que lo expone a la directa mirada del público.

Foto: Agencia DYN

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El signo de la época es que las masas ya no se dejan manipular pasivamente. Están en la calle, y de manera confusa y contradictoria reclaman derechos. Son procesos complejos pero irreversibles.



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