Edición del Sábado 19 de diciembre de 2009

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Imperialismo y justicia - Opinión Opinión

Crónica política

Imperialismo y justicia

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Valenzuela y Fernández. El secretario de Estado adjunto para América Latina, conversa en su reciente visita con el jefe de Gabinete argentino en el despacho de este último.

Foto: Agencia EFE

Rogelio Alaniz

“El gran talento no consiste en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar”. Larra

El lenguaje de los diplomáticos suele ser preciso. Se pueden equivocar, como cualquier hijo de vecino, aunque el error provendrá de los desenlaces imprevisibles con los que la política se entretiene para confundir a los hombres -incluso a los más listos-, pero dificilmente surja de la torpeza o la mala información.

Si esto es así, las declaraciones del enviado de Obama para América Latina, Arturo Valenzuela, no deben atribuirse a la incontinencia verbal en un oficio donde el entrenamiento diario es exactamente el contrario. Como argentinos tenemos el derecho a rechazar sus declaraciones e incluso a pedir explicaciones, pero no podemos confundirnos respecto de las intenciones de quienes, como al pasar, dicen que en este país hay inseguridad jurídica, algo que -según el mismo diplomático- no se registraba diez o doce años atrás.

Lo que dice Valenzuela no debería sorprender a nadie. En los ámbitos económicos y financieros, el concepto de inseguridad jurídica en la Argentina hace rato que circula. Lo dicen los voceros económicos del capital trasnacional, pero también lo repiten nuestros burgueses nacionales, sobre todo aquellos que no participan del círculo del poder organizado por los Kirchner.

Para despejar malos entendidos y conclusiones apresuradas teñidas de fiebre nacionalista, habría que decir que este incidente dentro de una semana estará superado. El canciller Taiana, el ministro Fernández, el propio Kirchner elevaron sus quejas, cada uno con su estilo, mientras que por su lado la embajadora norteamericana se preocupó en bajar los decibeles del debate y es muy probable que Hillary Clinton, o alguien parecido, suavice aún más la polémica.

Que nadie se llame a engaño. No vamos a romper relaciones con los yanquis por estas declaraciones, ni se va a constituir en la Argentina un movimiento para luchar contra la injerencia imperialista en estos pagos. Nada de esto va a suceder. Puede que algunos grupos de izquierda salgan a la calle a cantar las consignas de siempre, pero a esta altura nadie puede tomar en serio la jarana de quienes pareciera que en la vida no tienen otra cosa que hacer que agitarse en la calle como si estuvieran celebrando un picnic estudiantil o una fiesta de fin de curso, con la creencia de que semejante carnestolenda le pone la piel de gallina al rapaz imperialismo yanqui.

El gobierno, por supuesto, intentará aprovechar lo sucedido para victimizarse. En realidad, quienes recurrirán a estos menesteres serán sus epígonos, porque el poder político como tal sabe que el horno no está para bollos y que en la Argentina de 2010 no es posible reeditar consignas al estilo “Braden o Perón”, entre otras cosas porque nunca da resultado una mentira practicada dos veces seguidas.

Lo que dijo Arturo Valenzuela debe ser tomado como una señal o un síntoma. Y tal vez, mucho menos que eso. Sus palabras no fueron menos ofensivas que las que pronuncia la señora Cristina en los foros internacionales, incluso los que se celebran en Estados Unidos. Valenzuela expresó de manera bastante suave el punto de vista de su gobierno y de los grupos económicos que representa, lo que en el lenguaje del siglo XIX se llamaban “sus intereses en la región” . Consciente o no, el tiro por elevación revela por qué Obama no mantiene una reunión privada con la señora Cristina, cuando es lo que ha hecho con los principales presidentes de la región.

Insisto: nadie tiene por qué alarmarse demasiado. Los yanquis no creen en el fondo que este gobierno esté manejado por una gavilla de comunistas y montoneros rabiosos y los Kirchner saben que necesitan a Estados Unidos y que los argentinos, por razones sociales y políticas, no podemos darnos el lujo que se da el señor Chávez.

Por otra parte, se sabe que para la diplomacia de la Casa Blanca, la Argentina no es un factor de riesgo ni real ni potencial y para los curtidos funcionarios del imperio, sus contravenciones no son más que travesuras de chicos que se quieren pasar de listos posando de antiimperialistas para conquistar lo que Borges calificara como “el crédulo amor de los arrabales”.

Como para completar el panorama, habría que agregar que Valenzuela estuvo luego en Uruguay reunido con el gobierno del Frente Amplio, y allí sus declaraciones fueron prudentes y hasta elogiosas, tan elogiosas que algún adherente a Carta Abierta tal vez deduzca de ese acto que para el imperialismo el enemigo es la Argentina y no el capitulador gobierno uruguayo.

Allá los muchachos con sus interpretaciones. Por lo pronto, ya que estamos en tema, sería bueno recordar que mucho más agraviante que las frases dichas al pasar por Valenzuela, fue el consentimiento del gobierno argentino para que un puñado de ecologistas alucinados se dedicara a sabotear la principal inversión en la historia del Uruguay.

Palabras más, palabras menos, habría que preguntarse si efectivamente lo que dijo Valenzuela es cierto. Sin desmerecer el derecho que nos corresponde a elevar una protesta diplomática por sus palabras, corresponde a continuación indagar sobre la inseguridad jurídica. Valenzuela podría ser un mal bicho, pero en política importa saber el contenido del mensaje, no la identidad del mensajero. Si esto es así, admitamos que, en principio, la relación del poder político con la Justicia es en el más suave de los casos complicada, aunque no faltan analistas que aseguren que es borrascosa y algo peor.

A un turista politizado que llegara a la Argentina y observara lo que sucede, no le costaría demasiado trabajo arribar a la misma conclusión. Las declaraciones de los jueces de la Corte Suprema, Carmen Argibay, Ricardo Lorenzetti y Eugenio Zaffaroni respecto de algunos temas puntuales, dan cuenta de un cortocircuito que con Carmen Argibay no debería llamar la atención porque esta mujer hace rato que manifiesta disidencias, pero sí debería ser motivo de atención lo de Lorenzetti, el presidente de la Corte, un hombre de temperamento conciliador que desde el punto de vista político puede ser acusado de cualquier cosa, menos de gorila.

Sin duda es opinable decir que el clima ideal de inversión era el que imperaba en 1996, cuando Menem era presidente y la convertibilidad parecía ser la varita mágica que resolvía todos nuestros problemas. El desenlace de aquella experiencia obliga a ser prudentes a la hora de las evaluaciones. La Argentina de 1996 estaba muy lejos de ser el Paraíso y, por el contrario, hoy existen buenos motivos para suponer que para esa fecha ya había empezado a latir la bomba de tiempo que habría de estallar años después, no en las manos de un gobierno peronista sino en las de un gobierno presidido por un político radical.

Tampoco es novedad que los grandes grupos económicos nacionales e internacionales están muy agradecidos a Menem, a quien en pago por su supuesta conversión al liberalismo le han soportado y perdonado todos sus desmanes, vulgaridades y corruptelas. Comparar si la Argentina de hoy está mejor o peor que hace diez o doce años es una tarea compleja porque intervienen muchas variables de análisis en un proceso que, además, es muy dinámico.

Mi modesta opinión es que por razones diferentes, pero en algún punto coincidentes, hay motivos para estar avergonzados de los gobiernos que supimos conseguir, desde los noventa a la fecha. Las dos variantes que el peronismo obsequió a los argentinos han profundizado los vicios institucionales y ampliado la brecha entre pobres y ricos. La Argentina de los últimos veinte años es el país que peor ha resuelto en la región los desafíos de la modernidad, el desarrollo y la distribución de la riqueza.

La responsabilidad del peronismo en esta derrota nacional es más que evidente. Las culpas se hacen extensivas al gobierno de la Alianza; aunque al respecto correspondería hacer una salvedad de carácter cronológico. En los últimos veinte años el peronismo -en sus variantes menemista y kirchnerista- gobernó dieciocho años. No es arbitrario suponer que las responsabilidades deberían repartirse en esas proporciones. No soy yo el único que piensa en estos términos. Eduardo Duhalde, en su estilo, piensa algo parecido.

Que nadie se llame a engaño. No vamos a romper relaciones con los yanquis por estas declaraciones, ni se va a constituir un movimiento para luchar contra de la injerencia imperialista en estos pagos.

Mi modesta opinión es que por razones diferentes, pero en algún punto coincidentes, hay motivos para estar avergonzados de los gobiernos que supimos conseguir, desde los noventa a la fecha.



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