Crematorio

Con un epígrafe de Alejandra Pizarnik se abre “Cuerpos guardados”, de la ecuatoriana Maritza Cino Alvear, un libro en el que la escritura y el cuerpo juegan una partida en el que a veces se perfilan alianzas y en otras irrefrenables rechazos. Conforman al libro una primera parte con poemas y otra con breves y contundentes prosas. Textos que embalsaman; hojas blancas capaces de entretener las palideces; los dolores y esfuerzos en el alumbramiento del nombrar: “Persigo las palabras / simulando las edades del misterio. // Este cuerpo huye / de visiones ancestrales / sin memoria”. De esta autora singular y central en la literatura actual de Ecuador transcribimos uno de los “cuentos” de su última producción.

Crematorio

“House by the Railroad”, de Edward Hooper.

 

 

Por Maritza Cino Alvear

Mañana seré un cadáver —dijo— mientras repasaba las páginas del viejo álbum, que había estrenado con su abuela durante sus peregrinaciones de inviernos. Contemplar gestos en blanco y negro era parte del invento de creer que el tiempo no se detiene en el reloj de arena velado de silencio.

El álbum siempre fue un pretexto para la complicidad, para estar juntas, reventarse de risa entre anécdotas, fabulando leyendas al vaivén de la hamaca.

La abuela ya no está; sin embargo aún posee ese don fantasmagórico de mutar las páginas y revelarse en un nuevo rostro.

Nací en una casa con espejos y sin armarios; sin embargo no me gusta mirarme y me apasiona esconderme. Pernocto en todas las habitaciones y me invento voces para no estar sola en la gravidez de esta casa, donde cada cierto tiempo levita un eco que confiesa acompañarme, exhortándome a que profane los armarios y deje reposar el álbum. Lo oculto en el baúl que yace debajo de la escalera de caracol por donde transitaba mi abuelo luego de sus vigilias y cacerías en las que embestida con la muerte participé cuando él derribaba trece palomas de un solo disparo.

En ese inmenso baúl, mi abuela guardaba no sólo historias familiares, sino también aquellas pertenencias que nunca usaría pensando que a su hija, podían serle útil cuando se casara con algún inmigrante que le pidiera algo más que una promesa de amor, pero mi tía tampoco está. Sin matrimonio ni equipaje, soy la única soberana del baúl al que deberé ingresar rompiendo aldabas y candados para encerrar el álbum. Clausurado y prisionero aguarda hasta que yo ingrese rompiendo aldabas y candados.

Nunca estuvo loca aunque sus pensamientos difusos y excéntricos la diferenciaran del clan familiar. Parecía un ave extraña detrás de una cacería de palabras o una pantera perturbada por las lecturas de Sade, Beauvoir y Miller. Entre la cordura y la locura sólo hay un breve intersticio, traducía la abuela con resignación y sorpresa porque alguna premonición le anunciaba que estaba frente a una especie en extinción.

La última vez que me visitó mi prima, antes de su galopante anorexia, le manifesté mi fobia al peso de esta casa con su álbum, con sus techos y tablas desvencijados por la invasión de polillas y lagartijas. Que mi sed aumentaba cada vez que me acercaba a encender la luz de los dormitorios. Que mi sitio preferido era el baño porque en ese lugar podía orinar sin ser interrumpida y eliminar todo el líquido que profusamente hinchaba mi vientre, que no había hora en que no quisiera estar sentada expulsando ese torrente que se parecía al llanto de las niñas que han perdido todo luego de un aluvión.

En nuestro último diálogo, ella me insinuó a manera de sentencia que nada perdería si de vez en cuando cerraba la casa para asistir a una cita con el analista. Al fin de cuentas era sentarse o acostarse frente a alguien que recepte todo lo que se viene como un río, un torrente, como un llanto y que se parece al fluir de conciencia, al tránsito por lo onírico, al juego de fonemas y a esos relatos que había degustado con mi abuela.

Parecía un cazador, un fotógrafo de signos, siempre mudo e impasible. Acostumbrada a su silencio iba creciendo mi inspiración frente a él. Empecé a sospechar que todo lo grababa o lo olvidaba. No sabía exactamente qué hacia él ni qué hacía yo en ese escenario al que ascendía con frecuencia. Me convertí en una escritora sin manuscrito ni alfabeto, una filósofa sin teorías, personaje de novela titulada. Todo se movía con palabras y en el momento de mi éxtasis me interrumpía, quedándome sólo con su mirada de explorador de mentiras.

Habitarla nuevamente después de cada escena era como abrir una vez más el álbum condenado definitivamente en el baúl. Despertar en las madrugadas y evocar la cacería de palomas: desplumarlas, despellejarlas, saborear su corazón y sus vísceras sazonadas para el gran festín dominical y almorzar la muerte en spaghetti con salsa de palomas.

Mi casa y yo, finalmente estamos solas. Nuestros encuentros hormonales nos confunden y deleitan. Sus feromonas me alborotan provocándome un novedoso placer. No es posible invertir el lugar de origen. Estas reflexiones las he puesto en juego en los monólogos con mi analista, pero como es de esperarse él no dice nada. Estoy por creer que este torrente de palabras también es un rito puntual y necesario en mi delirio de protagonista-antagonista, donde al igual que en lo del baúl soy la única soberana. Posesionada del escenario, del diván, de la vacuidad y de su remoto control de no hacer ni decir, con el único significante de su presencia.

La casa es un nicho devorado por las vísceras del álbum. La revelación del último deseo de la abuela se ha cumplido y un profético temblor me seduce a burlar los disfraces de la muerte, a consagrarme como una cazadora de mentiras que registra historias inéditas y frívolas, en este cuerpo que rescribo, ahora que soy un cadáver.