Tribuna política

En busca de un país normal

Dr. Carlos Rodríguez Mansilla

Decía Martín Buber que el hombre siente “nostalgia de Dios”. Parafraseando al filósofo, podríamos decir que los argentinos sentimos nostalgia de un país normal.

Las ideologías, los intereses, los enfrentamientos estériles, nos han hecho perder esa normalidad. ¿Y qué es lo normal? Lo que se ajusta a las normas del derecho natural, al orden natural que deriva en orden social. Los Estados deben dictar sus normas de derecho positivo ajustándose al derecho natural, en orden al bien común del cuerpo social.

Vemos, entonces, que lo normal tiene que ver con normas, y con orden. La quiebra, la negación de las normas y el orden, no constituyen lo normal, sino lo patológico, lo enfermo.

El país está enfermo. Enfermo de desorden, de violación de la ley, de falta de autoridad. Y esto deriva inexorablemente en la pérdida de la libertad. Porque sin orden no hay libertad posible.

Estos no son planteos teóricos. Es una realidad que se palpa cotidianamente. Basta hablar con cualquier habitante del país, despojado de cualquier corsé ideológico. Con el hombre común de la calle, que intuye qué es lo que anda mal y qué es lo que hace falta.

¿Adónde queda la libertad de empresa y de prensa cuando grupos violentos impiden la distribución de diarios? ¿Cómo puede ejercer el pacífico ciudadano sus derechos constitucionales a circular, trabajar, estudiar, comerciar, enseñar y transitar libremente cuando facciones anárquicas se apoderan de las calles, copan colegios y universidades, y ocupan entidades públicas y privadas, so pretexto de reclamos y exigencias?

La ley y el orden son pisoteados a diario, sin que nadie ose levantar la voz, bajo amenaza de ser descalificado como perteneciente a la tan denostada “derecha”. Por el contrario, el rótulo de “progresista” cubre y encubre, justificando lo injustificable.

El artículo 22 de la Constitución Nacional establece que “El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuye los derechos del pueblo y peticiona en nombre de éste comete delito de sedición”. Es probable que Alberdi y los constituyentes de 1853 sean ahora descalificados como hombres de “derecha”. Pero vale la pena recordar que ese texto fue respetado y reiterado en todas las sucesivas reformas constitucionales (1860, 1866, 1898, 1949, 1957 y 1994).

Lo que quiere la gente

Napoleón afirmaba que en épocas convulsionadas, una minoría audaz puede imponer su voluntad a la mayoría, pero su gobierno será signado por el desorden. Por eso, tras el 18 Brumario dijo: “Sólo he destronado a la anarquía”.

La gente, la inmensa mayoría de los ciudadanos, no quiere ser sometida a la voluntad arbitraria de minorías facciosas, enfermas de fracasadas ideologías. ¿La gente es conservadora en la Argentina? Es posible, aunque para los grupos de minoritarios exaltados ésta sea una mala palabra.

La gente quiere vivir en paz. No le interesa la “lucha de clases”, ni ninguna de las tantas consignas trasnochadas que algunas minorías siguen repitiendo en la Argentina desde hace un siglo.

La gente quiere seguridad. Ya no le alcanzan los bonitos discursos cuando se apilan los muertos por la delincuencia, y se multiplican los robos, los secuestros, las violaciones.

La gente quiere orden. Para poder trabajar, estudiar, criar a sus hijos.

La gente quiere trabajar. Está cansada de paros politizados, de actos, marchas y batucadas que no traen soluciones de fondo al problema del desempleo y los bajos salarios.

Esto es lo que la gente quiere. Ésta es “la agenda” de la gente. Aunque algunos miren para otro lado y quieran imponer otra agenda.

La agenda de las minorías

A contrapelo de la gente, “las minorías audaces” que mencionaba Napoleón, pretenden imponer sus mezquinos puntos de vista, sus estrechas miras impregnadas de ideologismo disolvente.

Entonces, lejos de ayudar a crear el clima de paz necesario para recuperar la economía y las inversiones que crean fuentes de trabajo, salen a la lucha callejera, sembrando el caos y disputando el magro botín del subsidio y la prebenda clientelar.

Lejos de apoyar la unidad nacional, reviven viejos odios y divisiones, forzando juicios contrarios a Derecho, so pretexto de “derechos humanos”; alentando a la lucha contra la “oligarquía” del campo; y presionando a jueces y legisladores con la desfachatada impunidad de los “escraches” y “aprietes”.

Haciendo oídos sordos al texto constitucional que establece sabiamente que “las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados” (Art. 19 CN), se pretende imponer en la agenda del país, como tema de vital importancia, el desconocimiento liso y llano del Código Civil, obligando a aceptar lo que la ley no permite: el mal denominado “matrimonio” entre personas del mismo sexo.

Se desata una guerra despiadada contra las Fuerzas Armadas, fuerzas de seguridad y policiales, que tienen la misión de defender a la Nación y sostener la ley y el orden. Cuando la realidad señala que la gente quiere que se respete a los hombres de uniforme.

Del mismo modo, recrudecen los ataques contra la Iglesia, y también contra “el concepto de familia judeocristiana”, señalada en algunos manuales educativos como la causa de los problemas sociales y culturales en la Argentina. Por el contrario, la gente se aferra con más fuerza a sus creencias religiosas y verdaderas multitudes se congregan para reafirmar su fe en las peregrinaciones a Luján, Itatí, Salta, Catamarca, Santiago del Estero, Alta Gracia, Guadalupe, Liniers y tantas otras.

Quiera Dios que el respeto a la Constitución y a las leyes sea restablecido. Que el orden sea restaurado. Y que se respete la voluntad popular, a la que tanto se hace mención. La voluntad popular no es otra que vivir en paz, con justicia y trabajo para todos. Ésa es la verdadera libertad.