Edición del Sábado 09 de enero de 2010

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El lavarropas y yo   - Opinión Opinión

Al margen de la crónica

El lavarropas y yo

Ahí está el artefacto instalado en un sector de la cocina; blanco inmaculado, con carga vertical, una pantalla y muchos botones dispuestos para darle órdenes. El lavarropas, automático por supuesto.

Resulta que los días pasan y la persona encargada de la actividad -es decir, meter la ropa por el orificio y activar la máquina- está de vacaciones. Entonces la montaña de indumentaria, toallas y sábanas sucias aumenta su tamaño peligrosamente; es un riesgo, podría aplastar a una persona en cualquier momento. Es el momento en que se decide con determinación enfrentar la situación: hay que lavar la ropa.

El ritual es sencillo: se comienza por separar la ropa de color de la blanca y luego hay que colocar las partes en el artefacto que describimos anteriormente, sí, el lavarropas. ¿Y ahora? La incertidumbre se apodera de la inexperta señorita que debe resolver el proceso de lavado al que quiere someter a sus prendas, encontrar el lugar donde se deposita el jabón y más aún, decidir si utiliza o no un producto suavizante. Con un gesto que denota confusión, contempla la máquina, se rasca la cabeza y decide avanzar aunque con dificultad.

La ropa está ubicada, el polvo para lavar en su lugar, y ahora sí hay que darle las indicaciones al artefacto. Se acuerda que alguna vez vio a su madre apretar los botones que responden con un insoportable “pi, pi, pi”; en la pantalla aparecían palabras como función, pi, remojo, pi, agua caliente, pi, fría, pi, iniciar, pi, centrifugado, anular, pi, reiniciar, pi, despegar, pi, alunización, pi. No pasa nada, todo quieto, ni un gesto, pi.

Con el gesto de un primate ante lo desconocido, hace un intento pero nada pasa. Se sienta a contemplar el lavarropas y a repasar el proceso con esperanzas de encontrar eso que olvidó hacer para que funcione. Ante la falta de resultado, toma el teléfono en busca de ayuda: “Mamá: ¿cómo hago para que el lavarropas ande?”.

Después de propinarle varios insultos y cuestionar el hecho de ser muy grande como para no saber conducir la lavadora, la madre explica el proceso. Lo intenta de nuevo y sigue sin aparecer una mínima reacción. Obvio que la comunicación ya se había cortado y la señora jamás se enterará del motivo por el cual la inexperta señorita no lograba su cometido.

Desahuciada ya, emprende un recorrido alrededor del artefacto y comprueba que estaba desenchufado, pi. Sin comentarios, pi. ¿Quién dijo que el término automático implica que la tarea se simplifique?, ahora comprendo por qué el tamaño de la montaña.

 



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Sábado 09 de enero de 2010
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