San Lorenzo clavó el 2-2 en la hora con un remate desde lejos
Al otro Colón no le empataban y al otro Pozo no se lo hacían

La foto menos deseada para el Turco Mohamed: fanático de Huracán, hoy dirigiendo a Colón, con toda la platea oficial y las banderas de San Lorenzo en el fondo. De todos modos, esta vez no hubo tanto acoso.
Foto: DyN
Colón jugó una hora larga con diez jugadores por una apresurada expulsión de Rivarola. Con espacios y ante un rival insultado, faltó decisión para ir a liquidarlo.
Darío Pignata
(Buenos Aires/Enviado Especial)
Cuando un equipo empata en la última pelota, se dice de todo. Y cuando a un equipo le empatan con la última pelota de un partido, también. Eso pasó ayer, cuando los diez de Colón le ganaban a los once de San Lorenzo y el cronómetro marcaba 44 minutos 33 segundos, sin grandes parates como para andar adicionando demasiado por parte de un flojito Beligoy. La entrega de Colón con diez jugadores no se discute; la acumulación de llegadas “a los ponchazos” de San Lorenzo por empatar, tampoco. No está mal el resultado. Y hasta quizás, por tratarse de un grande en su cancha, lo habrían firmado antes al empate. Ni qué hablar cuando Rivarola vio la roja y se quedó con diez. Pero la verdad de lo que siente el hincha es que el partido “estaba ganado” y se fueron dos puntos en una pelota.
¿Hubo desconcentración?, es la primera pregunta. La respuesta es que siempre en los goles hay errores, desconcentración, equivocaciones. Y también es real que Colón se metió -o se dejó meter- muy atrás en el complemento, sin poder explotar el lado positivo del encierro: el contragolpe. Mucho más en esa cancha y mucho más aún con un estadio que, cansado de alentar, empezó a insultar con un “Es San Lorenzo, la p... que los parió”, para rápidamente derivar en un cantito de “Andate, Cholo...”, con el mismo estribillo del final.
Con Pellerano y Capurro lesionados, el equipo carece de contención total. Y con Rivarola expulsado, Colón quedó parado como un equipo de los años ‘70. Ahí, con Coudet solito durante media hora en el primer tiempo, con la rueda de auxilio de Moreno en el complemento. Entonces, el equipo rojinegro dejó en claro que por el centro tiene menos marcas que La Salada. Lo suplió con mucho coraje y amor propio de jugadores como el mismo “Chacho”, Caire y hasta Bertoglio tirándose al piso. Y pudo disimular ese déficit contra el peor San Lorenzo de los últimos años.
Los cambios de los entrenadores eran dignos del diván. Es que, mientras Simeone amontonaba volantes ofensivos y delanteros (entraron Bordagaray, Romagnoli y Menseguez) sin ningún tipo de funcionamiento, el Turco cambiaba el aire de los de arriba, porque salieron el enganche (Bertoglio) y los dos puntas (Fuertes-Nieto), pero nunca entró un volante de marca o un defensor para rearmar defensa zonal atrás.
Es otro equipo
Después del heroico gol de Nieto bajo la lluvia en la cancha de Argentinos contra Chacarita que lo dejó en la punta, Colón no volvió a ser el mismo. Empató con Central en Santa Fe, perdió en la doble excursión -Banfield, Arsenal-, no le pudo ganar a Gimnasia y ayer no aprovechó las debilidades de San Lorenzo. Son tres puntos sobre quince jugados. Poco, muy poco para un equipo que, eliminado de la Copa Libertadores, apuntaba los misiles en la competencia interna, juramentándose pelear el campeonato hasta el final.
La estadística marca que, en el fondo, sin el “Chino” Ariel Garcé, a Colón le hacen goles en todos los partidos. Es obvio que el equipo extraña a quien, por personalidad y capacidad técnica, es el mejor de todos los defensores del plantel. Y es obvio también que, sin Pellerano y sin Capurro, Colón no tiene un volante mixto para el callejón del centro de la cancha que pueda marcar el equilibrio. Moreno no es de marca; Coudet, tampoco. Entonces, sin líbero y sin “5”, Colón es vulnerable por el medio. No es casualidad que a los dos goles de ayer el “Papu” Gómez los haya conseguido por este sector del campo al que hacemos mención: a espaldas del volante central de marca que brilla por ausencia y en las narices de una línea de tres que nunca pudo achicar espacios para defender en un campo menos ancho.
Y fue otro Pozo
Muchas veces, en el fútbol, cuando aparecen las crisis de equipos que pasan de ganar a no ganar, como es el caso de Colón, surge la vieja pregunta del huevo o la gallina. Nadie sabe responder lo que es primero. ¿Baja el nivel de las individualidades porque baja el equipo o desaparece el equipo porque andan mal las individualidades?
Si un refuerzo se transformó en un amplio acierto de Mohamed, en Colón tiene nombre y apellido: Diego Pozo. Muchas veces escribí en estas líneas que Colón tiene al arquero más sobrio y serio del fútbol argentino. Cero venta de humo. Se vuela y se tira cuando las circunstancias lo exigen. Para este mendocino humilde, de perfil bajo, no va la tradicional “volada para la foto”. Por eso estuvo en los planes de Boca y en la lista de Maradona para la Selección.
Ayer, se vio a un Pozo que nunca vimos. Desde el vamos, “sacado” contra Beligoy después de la expulsión de Rivarola: pateó la pelota casi en las narices del juez y vio la amarilla. Eso lo terminó de “sacar” del partido con acciones impropias del arquero: tirar al lateral una pelota segura con los pies, salir mal en casi todos los centros y dejando alguna duda en su reacción ante el lejano remate de “Papu” Gómez que puso el 2-2 final. A favor de Pozo, lo esquinado que salió el remate que entró besando el caño.





