Edición del Domingo 04 de julio de 2010

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SUDÁFRICA 2010

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Alemania puso el cambiante proceso de la Selección Argentina en su lugar...

Una cosa es querer y otra es poder

Las dudas que el Diego-entrenador despiertan no son sólo por el 4-0 doloroso de ayer. Su contrato vence el año que viene, luego de la Copa América. Maradona dejó entrever que su continuidad hasta esa fecha no está firme. Grondona dejará que todo fluya.

 

Enrique Cruz (h) (Enviado Especial a Cape Town, Sudáfrica)

Una cosa es querer, en la vida, y otra es poder. Argentina quería llegar más alto, quería jugar esa ansiada final después de 20 años, o ser campeón después de 24. Argentina quería demostrarle al mundo que su fútbol está intacto entre los mejores, que las generaciones de jugadores se renuevan pero la mentalidad ganadora no se perturba. Argentina quería ser campeón con un jugador distinto que no aparece desde los tiempos de Maradona: Lionel Messi. Argentina quería, con Maradona, escribir otra página de gloria para sus anales ya ciertamente abundantes en logros y alegrías para un pueblo futbolero y pasional. Argentina quería festejar en Ciudad del Cabo y convertir a esta bellísima comarca en una verdadera fiesta este sábado por la noche, atractivo, luminoso, bullicioso y feliz para casi todos. Argentina quería, pero está demostrado que no podía. Que no había un sustento fuerte como equipo para pretender llegar hasta la cúspide. Que no podían solamente las individualidades, porque es justamente el momento en el que el fútbol encuentra su punto de “desunión” entre lo que se puede de a uno y lo que se consigue de a varios. Y eso fue lo que pasó ayer. Argentina pretendió jugarle a Alemania haciendo valer el peso de sus jugadores; y Alemania contestó con una propuesta que además de ser muy ofensiva (Alemania hizo cuatro goles en tres de los cinco partidos que jugó) fue también muy compacta como expresión colectiva.

Pero el problema argentino no se circunscribió exclusivamente a ese “querer y no poder” de este grupo de jugadores. Hay que sumarle toda la desorganización previa, el corte abrupto que se dio a un proceso enmarcado dentro del ámbito del trabajo serio, sobrio pero sin éxito deportivo de Bielsa y Pekerman, con el cambio de timón que se le dio al equipo con la aparición de un técnico motivador y “conocedor del vestuario” como Basile, su alejamiento poco claro y con visos de conflictividad rápidamente apagados, más el surgimiento de Maradona con la idea de inyectarle a este plantel la supuesta -no negada- capacidad de convencimiento y motivación de Maradona para “darle un plus a jugadores, a los que no se les necesita decir nada porque son muy buenos”, se oyó decir.

Los extremos argentinos

No hay una fórmula que asegure el éxito, pero uno siempre cree que con trabajo está más cerca de conseguirlo. Argentina -los argentinos- busca la forma de justificar cualquier tipo de camino por el que se apueste, incluso pasando por los extremos. De la obsesión por no dejar nada librado al azar de Bilardo, se pasó a la liberalidad de Basile; luego se buscó un punto intermedio con Passarella, se apostó al fútbol ofensivo, pero con una enorme y casi increíble capacidad de trabajo de Bielsa. Después llegó el turno, ante el alejamiento intempestivo de Bielsa, por haberse quedado “sin energías”, de un Pekerman que asumió con el objetivo de aprovechar el conocimiento integral que tenía de esos jugadores por haberlos dirigido, casi a todos, en las juveniles. Y se terminó con estos cuatro años en los que imperó una desorganización que llevó a Argentina a clasificarse en el último partido, dependiendo primero de un gol milagroso de Palermo bajo la lluvia ante los humildes y eliminados peruanos, y un gol de un suplente (Bolatti) en el Centenario de Montevideo.

Argentina fue justificando en todo este proceso cómo y por qué se hacía lo que se hacía. Y no hay caso. Somos así. Cambiantes, “extremistas”, criticamos algo que luego hacemos y le encontramos razones para hacerlo. Así como se es en la vida, también se es en el fútbol. Pero lo cierto es que hace 20 años que Argentina no llega ni siquiera a una semifinal. Pasaron cinco mundiales en los que sólo nos quedó, en tres de ellos, el “honor” de decir que estamos entre los 8 mejores del mundo cuando, en realidad, las jerarquías individuales de los jugadores argentinos permiten vislumbrar siempre la posibilidad de llegar más arriba.

Anoche, a la salida del Green Point de Cape Town, dos periodistas comentaban entre sí: “¿No será ahora el momento de plantearse el porqué de no haber tenido a Cambiasso y a Zanetti?”. Sería, de producirse, una nueva versión de la ya consabida inclinación argentina por ir a los extremos, por buscar soluciones en los que no están o en los que alguna vez se criticó con dureza, caso Zanetti por ejemplo, al que en muchas ocasiones se pidió a gritos que él y otros de su generación, a la que se tildó de “fracasada”, no jueguen más en la Selección.

De todos modos, y en el análisis futbolístico, Maradona podrá decir que ha muerto con su idea, pero también deberá aceptar que terminó armando un equipo que se partió en dos, por más que no le haya gustado a Diego que en la conferencia se le haya planteado ese término en una de las preguntas. Y en ese esquema, todos vimos cómo la mitad de la cancha se convirtió en un paso demasiado libre, sin la presión que se puede ejercer con la presencia no sólo de mayor cantidad de hombres en ese sector, sino también de jugadores con capacidad para recuperar y tener la pelota.

La caída de la defensa era algo que también se veía venir. No se podía analizar una defensa que prácticamente no fue exigida durante tres partidos. ¿Qué podía esperarse de Grecia, que necesitaba ganar y atacó con un solo delantero toda la noche en aquel partido en Polokwane? Cuando México arrimó un poco, nacieron los problemas (más allá del gol de Hernández, hay que recordar el remate en el palo de Salcido, otro de Guardado que se fue muy cerca con Romero haciendo vista, una pelota que Heinze sacó sobre la línea, etcétera). Lo de ayer fue el cúmulo de desaciertos, empezando por un Otamendi improvisado en ese lugar, perdido en la cancha y ni siquiera con la capacidad para resolver en aspectos esenciales para un defensor de sus características: el juego aéreo.

Messi: ¿buen o mal Mundial?

Si de algo se puede dar fe, estando en el lugar de los hechos, hablando con mucha gente del fútbol y recabando todo tipo de opiniones, es que Messi fue catalogado por todos como el mejor jugador del mundo. No del Mundial, porque faltan cuatro partidos y es muy probable que alguno de los que levante la copa en Soccer City el domingo que viene, va a tener puesto el rótulo del mejor del torneo, distinción que, merecidamente, debe estar en la cabeza de alguno de los campeones.

Messi fue de mayor a menor. Arrancó muy bien y terminó deslucido como todo el equipo. El rótulo de “salvador”, otro término muy argentino, se lo quisimos imponer nosotros mismos, echándole responsabilidades y generándole culpas que no tenía por qué cargar ni asumir.

Messi, indudablemente, no hizo un gran Mundial. Posiblemente, tampoco haya demostrado con creces que es el mejor jugador del mundo. Pero está claro que de sus pies salen cosas diferentes que no se ven en el resto de los jugadores. Y ahí sí marca diferencias. Pero necesita, como cualquiera, un equipo que lo acompañe, jugadores que le den la pelota, que lo busquen, que se sientan a gusto con él y él con ellos.

En cuanto al lugar en la cancha, el tema es discutible. Muchos creen, con razón, que tiene que hacerlo en los últimos 25 metros de la cancha (porque es delantero). Otros dicen que tiene que jugar unos metros atrás para escapar de la marca y para tener mayor panorama (porque es creativo). Me parece que Messi, como alguna vez pasó con Maradona, es un jugador para no encasillarse, pero que necesita tener parámetros. Si se vuelca atrás para recibir, de inmediato tiene que tocar y aparecer en un espacio en el que su habilidad sea una complicación seria para la defensa.

A veces, Messi se sacó la marca de encima, tocó y la devolución no le llegó. Y también es cierto que se lo marcó mucho, a veces con infracciones que merecieron otro tipo de rigor de parte de los árbitros. Messi, está claro, no es un salvador, no se le puede tirar toda la responsabilidad ni tampoco echarle todas las culpas. No hizo un solo gol y no creo que en su historia en el Barcelona haya jugado cinco partidos consecutivos y completos sin meterla. Esto le pasó exclusivamente en la Selección. Fue su propia deuda interna, pero no la que llevó al equipo al estado de bancarrota ante los alemanes.

¿Y ahora?

Maradona tiene contrato hasta el 2011, hasta después de la Copa América. Ayer, en la conferencia, dejó una frase contradictoria y luego la aclaró: “No estoy diciendo que me quiero ir, pero por si las moscas...”. Le agradeció profundamente a los jugadores, dijo que antes de tomar la decisión de seguir debía hablar con la familia, no lo nombró a Grondona -la relación no es buena-, pero dejó entrever que su continuidad no está definida.

¿Qué va a hacer Grondona?, nada. Él respeta los contratos y no provoca cambios. Los técnicos de la Selección que se fueron, lo hicieron porque quisieron o renunciaron. Si no, con Grondona hay permanencia asegurada hasta el final del contrato. No moverá un dedo, no dirá nada, dejará que todo fluya naturalmente y sólo tomará cartas en el asunto si hay necesidad de hacerlo.

Maradona es un emblema, un ídolo, un hombre que ha llenado de alegría, de gloria y de emoción a todo un pueblo, quizás como ninguno. Pero está claro que su brillantez en la cancha no condice con sus dotes de entrenador. Por algo se pedía que pongan a alguien que lo ayude y que sea el estratega y el armador de un equipo que no apareció en función de tal. Y que él, por su sola presencia, sea el motivador, el inflador anímico que a veces resulta vital en el fútbol.

Grondona trató de hacerlo con Bilardo, pero Diego no aceptó. Maradona quiso a Ruggeri, y fue Grondona el que no lo admitió. Así se tejió esta telaraña en la que, lamentablemente, quedó atrapado el equipo. Este es el punto negativo que tiene Maradona, inclusive más importante que la eliminación en cuartos y con una goleada dolorosa. Si la cosa fuese diferente, hasta por una cuestión de agradecimiento a lo que le dio al fútbol argentino, Maradona no estaría resistido. Pero no es tanto el resultado deportivo como las dudas que el Diego-entrenador despiertan.

Una cosa es querer y otra es poder

Un dolor de cabeza

La defensa argentina fue mostrando su evidente debilidad conforme fue aumentando la calidad del rival. Ante México, fueron varios los desacoples no aprovechados por los aztecas, pero ante Alemania no hubo atenuantes y el 4-0 fue lapidario.

Foto: Agencia EFE

Una cosa es querer y otra es poder

Más solo que Mascherano...

El capitán argentino quedó en soledad en el mediocampo para la marca, ya que tanto Maxi Rodríguez como Di María tienen mayor vocación ofensiva. Ese detalle fue aprovechado al máximo por Alemania, que pasó sin obstáculos y a gran velocidad por ese sector de la cancha.

Foto: Agencia EFE

LA FOTO de día /// Messi no puede jugar solo

Marcado por muchos y sin socios

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Evidentemente, Lionel Messi no puede ganar un partido solo, sino que necesita socios para que le abran espacios y ahí sí poder mostrar su magistral técnica de juego. En Barcelona, Xavi e Iniesta juegan con él a un toque y el rosarino, ya cerca del área, es letal. En la Selección, esa situación se dio sólo ante los rivales más débiles.

Foto: Agencia Télam

“Hablamos en Santa Fe”

Primero fue Diego Pozo, que salió junto a varios de los suplentes cuando ya habían pasado cerca de dos horas del final del partido. “Me siento muy mal, muy dolorido... Vamos a hablar allá en Santa Fe, creo que no es momento”, dijo el arquero de Colón, que en todos los partidos compartió la entrada en calor con sus dos compañeros de puesto: Romero y Andújar.

Unos instantes después, caminando solo, llegó el turno del Chino Garcé, casi con la misma contestación. “Tenemos pasaje de regreso para el lunes al mediodía, pero se estaba gestionando adelantarlo. Igualmente, me tengo que presentar la otra semana y ahí hablamos sin problemas”, señaló el Chino, que en un par de contactos sin grabador de por medio, le comentó al enviado de El Litoral su molestia por las fuertes críticas recibidas en su momento, cuando fue convocado por Maradona para el Mundial.

A propósito, unos instantes después de estas palabras que cruzó con el enviado de El Litoral, se acercó un colega y le pidió una nota. El Chino se la negó y mantuvo luego un fuerte intercambio de palabras. Seguramente, entre el dolor y la bronca por el resultado, sumado a ese fastidio interno que Garcé lleva desde que entró en el grupo, se generó una reacción no habitual en él.

En algunos casos, el tratamiento hacia la convocatoria de Garcé fue injusta. Se podrá estar de acuerdo o no, se podrá cuestionar por qué Garcé y no fulano o mengano. Pero para quienes seguimos la campaña de Colón, está claro que Garcé fue un jugador vital en las muy buenas campañas del año pasado, a veces adquiriendo una dimensión notable en el esquema defensivo.



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