Edición del Sábado 10 de julio de 2010

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La importancia de llamarse Néstor - Edición Impresa - Opinión Opinión

Crónica política

La importancia de llamarse Néstor

Rogelio Alaniz

No hay auténtica política democrática sin un liderazgo ético y moral. No es un tema privado, es público. Un sistema político fundado en la soberanía popular posee como principio de legitimidad la credibilidad pública. La gestión se garantiza, además, con otros requisitos, pero si se admite que la democracia se sostiene sobre fundamentos éticos esos fundamentos comprometen en primer lugar a los gobernantes. Aclaremos los detalles. A ellos no se les pide que sean monjes de clausura o que dejen el poder y se dediquen a vender ballenitas en la vía pública como lo hiciera Elpidio González. No se les pide tanto. En lo que se insiste es básicamente que sean decentes, que no se aprovechen de los recursos que da el poder para enriquecerse. Estas verdades son elementales. Las conoce un intelectual, un político y una ama de casa.

En la tradición republicana, al poder se accede para servirlo no para servirse. Los ejemplos en nuestra historia son abundantes y aleccionadores. Empezando por Sarmiento que nació pobre y murió pobre porque su riqueza era de otro tipo. O por Avellaneda. Mitre, no murió en la pobreza franciscana, pero el único patrimonio importante que adquirió fue un diario que entonces estaba muy lejos de ser una inversión multimillonaria. Hipólito Yrigoyen se empobreció haciendo política. Lo mismo puede decirse de Alvear, el oligarca tan criticado por los populistas. Arturo Frondizi vivió hasta su muerte modestamente. De Arturo Illia no hay nada más que decir porque de él en materia de moralidad pública ya se ha dicho todo lo que debía decirse. Recordemos nada más que Illia se formó al lado de Amadeo Sabattini, un político radical que llegó a ser gobernador de Córdoba y que al enterarse que su hermano trabajaba en la administración pública le dijo que mientras él fuera gobernador no podía haber dos apellidos Sabattini cobrando del presupuesto. Igualito que ahora.

A Illia le pertenece la iniciativa de tipificar la figura del enriquecimiento ilícito revirtiendo la carga de la prueba. Un funcionario debe probar el origen de la fortuna adquirida. Tan contundente fue esta reforma que su correligionario, Eduardo Angeloz, intentó derogarla diciendo que violentaba el principio de presunción de inocencia. Como se dice en estos casos: por algo será.

Lo que vale para Illia vale en nuestra provincia para Luciano Molinas, Sylvestre Begnis y Aldo Tessio, gobernadores que dejaron el poder con los bolsillos flacos y podían caminar por la calle con la tranquilidad de los hombres de bien. Nobleza obliga, el mismo reconocimiento se le puede hacer a Obeid, quien después de haber sido dos veces gobernador sigue viviendo en su casa de barrio Ciudadela y, como me dijera en una oportunidad, la fortuna más importante que tiene es la biblioteca y sus amigos. De Reviglio no puedo decir lo mismo. Tampoco de Reutemann, y no sólo porque no conozco su biblioteca, sino porque tampoco conozco a sus amigos. Mucho menos la evolución de su patrimonio.

A la tradición de gobernantes austeros -entre los que se debe incluir a Alfonsín-, se les opone esta otra tradición de gobernantes enriquecidos en el poder. El paradigma clásico de los últimos años fue Menem, un político que llegó a fundar un modelo de acumulación que los economistas se esfuerzan en indagar sobre sus fundamentos históricos. El modelo se conoce con el nombre de cleptocracia y consiste, como lo dice la palabra, en encauzar una gestión paralela a la oficial. Los negocios paralelos al poder son la clave de todo poder político corrupto. Embajadas paralelas, presupuestos paralelos, funcionarios paralelos, economías paralelas, constituyen el entramado de todos los gobiernos que en el mundo han sido corruptos. En ese punto, las coincidencias entre Menem y Kirchner son inquietantes.

En el caso de Menem, la única persona que terminó entre rejas fue la señora María Julia Alsogaray. Sus excusas fueron tan cínicas como patéticas. La señora sostuvo que la acumulación de riquezas la obtuvo haciendo uso de los fondos reservados. Este argumento -que debería avergonzar a cualquier persona con un mínimo de pudor- fue para ella el principal caballito de batalla. Inútil decirle que Illia nunca hizo uso de los fondos reservados, salvo cuando decidió pagarle un pasaje de avión a París a un grupo de teatro independiente. Pero claro, para María Julia, el señor Illia era ineficiente.

De todos modos, no deja de llamar la atención que la única funcionaria del menemismo que fue a la cárcel sea la hija del célebre capitán ingeniero. Como se dice en estos casos: para un peronista no hay nada mejor que otro peronista. Un dato a tener en cuenta, porque como lo acaba de probar Rosendo Fraga el ochenta por ciento de los funcionarios menemistas hoy trabaja en la gestión de los Kirchner.

Uno de los grandes debates internos abiertos en los mentideros políticos criollos es saber quiénes se enriquecieron más en el poder, si los Menem o los Kirchner. La discusión está abierta y aún no se ha cerrado, entre otras cosas porque los Kirchner siguen en el poder y, a juzgar por su evolución patrimonial, continúan haciendo plata, ellos y todos sus colaboradores.

Los Kirchner son millonarios -qué duda cabe- y los millones los han adquirido desde el poder. En la Argentina, está visto que por estas faltas no suele haber ni sanciones políticas ni sanciones judiciales. Por el contrario, en más de un caso esa exhibición de la riqueza despierta envidias y no falta el ideólogo populista que teorice acerca de la gente común satisfecha de ver cómo “gente como ellos” logró llegar tan alto.

Según se sabe, cuando en el 2003 los Kirchner llegaron al poder su declaración de bienes apenas superaba los seis millones de pesos. No era poca plata, sobre todo si se tiene en cuenta que al año de acceder al gobierno en Santa Cruz no llegaban al millón y medio de pesos bizarramente ganados en negocios inmobiliarios. Los años del aprendizaje santacruceño quedaron en el olvido y en la actualidad los Kirchner exhiben una fortuna que supera los 46 millones de pesos, un incremento patrimonial que los que saben calculan que es del 572 por ciento. Cada uno puede hacer sus consideraciones sobre esta riqueza, pero como dijera la amiga de mi abuela: esa plata no se hace trabajando.

En una película dirigida por Oliver Stone dedicada a ponderar los nuevos presidentes latinoamericanos, Cristina Kirchner dice que por primera vez en la historia del continente, los presidentes se parecen a la gente común. Habría que preguntarle a la señora presidente si mandatarios como Frondizi, IIlia o Alfonsín pertenecen a una esfera diferente a la de ella y su “gente común”. Sería bueno saber si en algún momento se le ocurrió comparar el patrimonio de estos presidentes con el de ella y su marido. Asimismo, no deja de ser sugestivo que la señora Cristina hable de los presidentes latinoamericanos usando el “nosotros”, cuando desde el punto de vista patrimonial su realidad está en las antípodas de un Lula o de un Mujica cuyo patrimonio más valioso es un auto valuado en diez mil pesos.

Con esa fortuna construida en el poder, no hay liderazgo ético y moral posible. No debería haberlo. Tampoco debería haber lugar para relatividades ideológicas al estilo “todos los gobiernos del mundo son corruptos”. Como dijera Lisandro de la Torre: “No es la corrupción la que me preocupa, sino la impunidad”. Sus defensores sostienen, sin embargo, que con más o menos defectos, los Kirchner están poniendo en jaque al régimen oligárquico. Lo interesante es que el pregonado modelo alternativo que tanto emociona a los colegas de “6,7 y 8” promociona a una burguesía mucho más parasitaria, rentística y especulativa que la que pretenden combatir. El modelo kirchnerista “no roba pero hace”. Por el contrario, roba y retrasa. En el conflicto del campo, las contradicciones nunca fueron tan claras: el kirchnerismo abrazado al eje “Matanza-Riachuelo” enfrentando a los sectores más dinámicos y modernizadores del capitalismo nacional.

Como dijera el señor D’Elía: “Kirchner es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Según se sabe esa sentencia la pronunció Roosevelt para referirse a Somoza. El enunciado de D’Elía no sólo es grosero sino que además le hace un flaco favor a su jefe, salvo que los Kirchner estén cómodos al lado de Somoza, una relación afectiva que muy bien podrían asumir. Después de todo, uno de los grandes amigos de Perón se llamó Somoza. Tan amigos fueron que cuando el dictador fue ultimado en 1956, la corona de flores más importante fue la de su amigo argentino.

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Sábado 10 de julio de 2010
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