Edición del Domingo 24 de octubre de 2010

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“Karada. El cuerpo en la cultura japonesa” - Edición Impresa - Opinión Opinión

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“Karada. El cuerpo en la cultura japonesa”

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Michitaro Tada observa el cuerpo humano a través de la experiencia y las prácticas colectivas del pueblo japonés.

Foto: Archivo El Litoral.

Karada significa “cuerpo”, y es al cuerpo humano al que Michitaro Tada dedica sus observaciones y reflexiones a través de la lengua y de las costumbres japonesas. Como señala atinadamente Anna-Kazumi Stahl, a quien se debe la traducción de este libro, junto con Tomiko Sasagawa Stahl, los distintos capítulos de Karada corresponden a la estructura del cuerpo humano: el primer capítulo corresponde a la cabeza, y el último, a las piernas y los pies.

Respecto de la cabeza, por ejemplo, se parte de expresiones como: “La postura que adoptamos al dormir es una expresión del individuo” (“Nezo mo kosei no hyogen”) para dar pie a una serie de sorprendentes consideraciones acerca de la almohada: “En Japón también he escuchado que en los albergues para jóvenes solteros había unos cilindros largos de madera, confeccionados con la intención de servir como almohadas. Los muchachos, con las cabezas apoyadas en estas almohadas-tronco, dormían juntos, uno al lado del otro. Probablemente por eso, aquel cilindro simbolizaba el espíritu de camaradería y unión para los jóvenes del pueblo. De la misma manera las almohadas francesas han sido desde la Edad Media un símbolo de comunidad, expresada en su forma más abreviada por dos o más personas dormidas una al lado de la otra. El verbo neru (“dormir” y también “dormir juntos”) hoy por hoy sugiere casi exclusivamente la idea de tener sexo, pero en tiempos antiguos no era necesariamente el caso. La historia de la almohada larga nos lo indica”. Y continúa contando que hay quienes se mueven con tanta violencia mientras duermen que no pueden usar almohada, y que un ser humano cambia de postura mientras duerme de cuarenta a setenta veces por noche. La almohada, por otro lado, sería el reemplazo del brazo amado y un probable origen de la almohada sea la “del hombre que sufre la soledad y duerme aferrado a un almohadón”.

El capítulo siguiente habla del rostro. En el apartado “¿Por qué tenemos cejas?” (“Mayuge wa nan no tame ni aru?”), Tada recuerda la premisa que guió su libro anterior -Gestualidad japonesa, editado también por Adriana Hidalgo- sobre que el cuerpo no tiene partes innecesarias. “Decir que una cosa es necesaria para algún fin significa, considerando el asunto desde una perspectiva inversa, que, si la función fuese modificada, entonces la parte del cuerpo que le corresponde también se alterará. Si el ambiente varía, o sea, si la sociedad cambia, también el cuerpo lo hará en consecuencia. Esta es la shinka-ron (teoría de la evolución) a la que adscribo, y la he adoptado como premisa para este trabajo”. Esta base lo lleva a comprobar que las cejas, en un tiempo útiles para evitar que cuele la transpiración a los ojos, actualmente tendrían otra función: “El rostro es una herramienta que sirve para la expresión, y las cejas se usan con frecuencia para diseñar los gestos de la cara, por ejemplo, frunciéndolas para hacer una mueca. Este uso -más que el de proteger contra la tierrita y el sudor- es el papel variable de las cejas”.

Los próximos capítulos están dedicados al hombro, la espalda, el vientre, el ombligo, la cintura, las caderas, la pelvis, el trasero y, finalmente, las piernas y los pies. Una posdata acerca de la cultura japonesa cierra el volumen.



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Domingo 24 de octubre de 2010
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