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La vuelta al mundo

Guillermo Fariñas y el premio Sajarov

Guillermo Fariñas y el premio Sajarov

Guillermo Fariñas muestra el galardón Sajarov que le fue entregado por la Unión Europea en Cuba, el pasado 21 de octubre.

Rogelio Alaniz

El Parlamento Europeo le otorgó el premio Andrei Sajarov al disidente cubano Guillermo Fariñas. Para quienes suponen que se trata de un premio promovido por la derecha anticubana, conviene recordar que esta institución le otorgó la misma distinción en su momento a Nelson Mandela y a las Madres de Plaza de Mayo. También figuran en la lista las Damas de Blanco, el grupo de mujeres cubanas que desde hace años lucha por las libertades en Cuba .

El premio Sajarov fue instituido en 1985 y es un merecido homenaje al científico y disidente soviético que libró una ejemplar resistencia civil al régimen comunista. Nadie debería sorprenderse. Para los parlamentarios europeos los derechos humanos constituyen un valor civilizatorio que trasciende la antinomia izquierda-derecha y rechaza por principio, el cinismo político de quienes consideran que existen torturadores buenos y torturadores malos o dictaduras buenas y dictaduras malas.

Guillermo Fariñas recibió la noticia de la distinción en su domicilio de Santa Clara y, a pesar de su proverbial pobreza, donó el dinero que le correspondía -cincuenta mil euros- a las organizaciones que realizan trabajos solidarios en favor de los presos políticos de la isla. Fariñas es psicólogo, tiene 48 años de edad, de los cuales once los ha pasado entre rejas. Nació en 1962 y su biografía no difiere de la de la mayoría de los disidentes cubanos, quienes lejos de ser agentes de la CIA o espías contratados por el imperialismo para luchar contra las bondades del castrismo, nacieron en el seno de la revolución, se educaron en sus colegios e instituciones hasta que en algún momento pasaron a la oposición.

La historia del Partido Comunista cubano es la historia de las disidencias permanentes, disidencias que incluyen desde modestos militantes a empinados burócratas que en algún momento disfrutaron de las mieles del poder y luego un arrebato de dignidad los llevó a la oposición o, como suele ocurrir en los regímenes totalitarios, “cayeron en desgracia” sin que nadie supiera a ciencia cierta -ni siquiera ellos mismos- los motivos de su derrumbe.

Fariñas proviene de un típico hogar revolucionario. Su padre peleó con el Che Guevara en la sierra y fue uno de los combatientes que participó de la mítica batalla de Santa Clara. Su madre también fue revolucionaria y la misma posición asumieron sus hermanos. Fariñas se educó bajo los principios del comunismo y en plena adolescencia se afilió a las Juventudes Comunistas. En 1980 fue uno de los milicianos que controló y puso en vereda a los disidentes que luego fueron conocidos como “los marielitos”. No terminaron allí sus servicios a la revolución. Convocado por el ejército se transformó en “internacionalista” y con un fusil en la mano defendió los supuestos principios de la revolución en Angola, hasta que se enteró que la solidaridad internacionalista no era tal y que bajo su nombre se encubrían inmensos y sucios negociados.

Hasta casi los treinta años de edad, Fariñas fue un disciplinado militante y este dato es necesario destacarlo porque en la actualidad la mayoría de los disidentes provienen del comunismo, es decir nacieron en las entrañas del poder y, como Martí, tienen derecho a hablar porque conocen al monstruo desde adentro. Se dice que el juicio y fusilamiento del general Arnaldo Ochoa le abrió los ojos y lo llevó a la disidencia. No conozco detalles de cómo vivió esa experiencia o cómo se fue consolidando una conciencia crítica en quien hasta esa fecha parecía ser un soldado de la causa de los Castro. Lo más probable que el fusilamiento de Ochoa haya sido el desencadenante. En los regímenes totalitarios hay mucha mugre, muchas canalladas, muchos crímenes, que a pesar del secreto de Estado siempre se conocen.

Es probable que como todo disidente, en algún momento Fariñas haya dicho “basta”, sumándose a la lista de los traidores y renegados que en Cuba es cada vez más amplia e incluye a personalidades históricas como Heber Matos, Norberto Fuentes, Carlos Franqui y Haydee Santamaría, hasta anónimos militantes. En definitiva, la dictadura de los Castro no es más que una insaciable máquina de picar carne y si antes las víctimas fueron los burgueses y gusanos, ahora los sacrificados son los propios hijos de la revolución, sin que a la lista dejen de sumarse personajes que en algún momento ocuparon cargos relevantes en el poder. Tal es el caso de Carlos Lage -vicepresidente de Cuba- que ahora se pasea de incógnito por las calles de La Habana arrastrando su humillación y desconcierto y padeciendo la sanción simultánea de sus antiguos camaradas y del común de la gente que no olvida que, hasta hace poco tiempo, era uno de los verdugos del régimen y que, como un sibarita, disfrutaba de sus privilegios que no eran pocos.

Fariñas se recibió de psicólogo porque seguramente creyó que la naturaleza perversa del régimen cubano sólo podía conocerse desde la Psicología. En poco tiempo los servicios de inteligencia lo detectaron como un enemigo, algo que no debe sorprender en un país donde nadie mueve una mano sin que el régimen lo sepa. Partidario de la resistencia pacífica como metodología para desmoralizar a la dictadura poniendo en evidencia sus brutalidades, Fariñas llevó adelante 23 huelgas de hambre, huelgas que incluyeron desde el acceso libre a Internet hasta la reciente que se extendió por casi dos meses en reclamo de la libertad de todos los periodistas detenidos en nombre de la siniestra “ley mordaza” establecida por la dictadura para sancionar a todo escrito que no repita la verdad oficial.

El 24 de febrero de este año Fariñas inició esta huelga de hambre para protestar por la muerte del disidente Orlando Zapata. El empeño estuvo a punto de costarle la vida. Según los médicos, las lesiones que sufrió son irreversibles, pero él no está dispuesto a atender los buenos consejos de familiares y amigos que le insisten que opte por irse del país. Según declaraciones hechas al diario español El País, está dispuesto a morir y, además, desea morir porque considera que la causa que defiende necesita de un mártir, como en su momento -dice- lo fueron Martí y Maceo.

Sin duda que se puede disentir con su decisión, como lo hacen la mayoría de sus compañeros quienes en vano tratan de convencerlo de que desista, pero ya se sabe que las dictaduras suelen crear el clima que alienta a este tipo de conductas “desesperadas” que en situaciones normales serían consideradas patológicas. Leía en el blog de Yoani Sánchez, detalles sobre la tragedia de la familia Fariñas por esta obsesión de muerte de Guillermo y recordaba el caso del disidente checo Jan Palach que resolvió inmolarse delante de los tanques rusos y en repudio a la invasión de su país ordenada por Brezhnev; o aquel monje tibetano que también se prendió fuego delante de los comunistas chinos en reclamo de la libertad para sus compatriotas.

Los mártires -se sabe- son personajes “anormales”, sobre todo los mártires voluntarios, aquellos que creen que su vida se justifica si se sacrifican en nombre de una causa que, necesariamente, debe ser justa. Estos comportamientos pueden criticarse desde diferentes puntos de vista, pero ninguna crítica alcanza a empañar la consistente dignidad de estos “desesperados” quienes con su testimonio impugnan ante la historia la profunda y viscosa inmoralidad de los despotismos.




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