Edición Sábado 6 de noviembre de 2010

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En Familia

La violencia familiar: ¿causa o consecuencia?

Rubén Panotto (*)

asociacioncreser@hotmail.com

Nuestra sociedad ha perdido la capacidad de escucharse. Todo lo que se dice es recibido como una ofensa, o al menos bajo sospecha de hipocresía o provocación. Así, inevitablemente, surgen reacciones a partir de una beligerancia generalizada, que luego lamentablemente repercuten en los vínculos afectivos de la familia. Los niños, adolescentes y jóvenes se están desarrollando en esta nueva cultura de relacionamiento rígido y demandante, donde afloran, casi espontáneamente, expresiones de maltrato.

Los medios nos informan sobre permanentes manifestaciones de violencia a la salida de las confiterías bailables, las disputas de las tribus urbanas en las puertas de los shopping, o los tristes resultados del máximo festejo juvenil en el Día de la Primavera, con finales nefastos, golpizas y arrebatos. Violencia sin razón, muchas veces sin siquiera haber mediado un hecho de provocación.

La verdad oculta es que se intenta prevalecer sobre el otro utilizando la agresión y el sometimiento, personificando de esa manera la ira, el enojo, el “sinsentido” de una vida sin propósito.

Estas conductas las podemos clasificar según el ámbito donde se despliegan, como por ejemplo: la violencia política, con grupos organizados; la violencia sindical, con pujas de poder entre sus dirigentes; y, con toda certeza, la violencia solapada que provocan la pobreza y la marginalidad sin resolver.

En la familia, la violencia es una conducta aprendida por repetición: de padres violentos, hijos que los imitan. La conducta violenta en la familia no apunta sólo a lo físico; por lo general se inicia con el insulto, el acoso psicológico y el abuso de poder. También resultan deleznables el maltrato emocional, el rechazo que deriva en abandono y las permanentes amenazas que generan un clima de pánico.

Contracaras de este flagelo

Dentro de este tema, podemos señalar dos elementos destacables:

* El abandono: es la forma del maltrato infantil que se refleja a través de toda acción, omisión o trato negligente que prive al niño de sus derechos y bienestar, y que amenace o interfiera en su desarrollo físico, psíquico, social o espiritual, y cuyos autores integran el ámbito familiar. Conforme a estadísticas, más del 80% del maltrato infantil se corresponde con la negligencia y el abandono. Sin alimentación adecuada a la edad, sin vestimenta ni calzado, sobrevive una población desatendida; carente de cuidados sanitarios y educación; ignorada y desechada por sus progenitores y adultos. Si en el sector más vulnerable de la sociedad esta situación resulta inaceptable, cuánto más lo es en los estratos con mayores recursos, donde se repite -en diferentes formas y expresiones- una actitud abandónica del adulto con relación a las jóvenes generaciones.

Sergio Sinay, en su libro “La sociedad de los hijos huérfanos”, transcribe las últimas palabras del psicólogo y profesor Morrie Schwartz: “Al principio de la vida, cuando somos niños recién nacidos, necesitamos de los demás para sobrevivir... y al final de la vida cuando te pones como yo, necesitas de los demás para sobrevivir...”. Luego de un silencio, susurró: “Pero he aquí el secreto, entre las dos cosas también necesitamos de los demás”.

* La fortaleza: este nuevo siglo lo hemos iniciado bajo el signo del individualismo y egoísmo traumáticos, siendo unas de las razones que originan la violencia familiar. Ya el apóstol Santiago les escribió a las tribus dispersas, en los años ‘70 d.C., que “la violencia y los pleitos provienen de nuestras propias pasiones por obtener lo que deseamos y no conseguimos”.

La familia es la fortaleza, el refugio apropiado para llenar el gran vacío existencial que toda persona padece en algún momento de su desarrollo. Donde puede ejercitarse el sentido de la mutua estima, para el cultivo de los vínculos afectivos, para aprender a mirar y escuchar sin prejuicios ni estigmas; para hablar y revelar necesidades y sentimientos. Es en este contexto donde se logra la tolerancia y se potencian los valores irreemplazables del amor y el compromiso, de la libertad responsable y el reconocimiento veraz de humanas virtudes que producen la sanidad interior del individuo.

La virtud es el punto medio entre dos extremos; en este caso el equilibrio difícil y necesario en la educación de los hijos. Ni el permisivismo abandónico, ni el autoritarismo provocativo. Ambas conductas inducen a la violencia. El punto medio -entonces-, la virtud, es tarea de los padres, adultos y educadores, en el diálogo fecundo, en la búsqueda del consenso, en producir y compartir el buen humor, para recuperar la sonrisa y el espíritu alegre.

Los adultos de esta generación debemos evitar hacer drama del drama, y sí conducirnos como referentes creíbles, reconociendo que los hijos son nuestros espejos, que no sólo reflejan nuestra imagen, sino que, como dice Sergio Sinay: “La imitan y nos la devuelven”.

Por todo esto: propongamos prioridades, formemos redes, recuperemos la paz en familia.

(*) Orientador familiar

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