Edición Jueves 17 de febrero de 2011

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CARTAS A LA DIRECCIÓN

La eternidad, ¿existe?

 

Dr. Miguel Ángel Bravo

Tiempos de cambios estamos viviendo. Concepciones seculares se modifican.

Influyentes personalidades eclesiásticas decidieron sobre la existencia de sitios extramundanos, tales como el infierno, el cielo y el purgatorio.

El cielo tan ansiado y el infierno tan temido pertenecen al pasado. Quizás análisis meramente psicológicos coincidieron en que dichos espacios, incluido el purgatorio, pertenecen a estados de ánimo.

Todo es metáfora. Según Juan Pablo II “el infierno, más que un lugar, es una situación de quien se aparta de modo libre y definitivo de Dios, mientras que el cielo no es un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva con Dios”.

Para Benedicto XVI “El purgatorio no es un elemento de las entrañas de la tierra, no es un fuego exterior, sino interno”.

Las apreciaciones del Vaticano, de carácter moral, repercutieron enormemente sobre la sensibilidad de miles y miles de fieles, que han vivido aterrorizados por la idea del fuego eterno en un infierno ahora desechado.

Teólogos admirables, verdaderos “progresistas”, proclamaron en los años sesenta, tras el Concilio Vaticano II, lo que ahora predican los pontífices. Uno de ellos Hans Kung lo aclaró en 1975 “No se puede hoy, como en los tiempos bíblicos, entender el firmamento azul como la parte exterior del salón del trono de Dios, sino como imagen del dominio invisible de Dios. El cielo de la fe no es el cielo de los astronautas. No es un lugar, sino una forma de ser”. Sobre el infierno opinó “No debe entenderse como un lugar del mundo supraterrestre o infraterrestre, sino como exclusión de la comunión con el Dios vivo”.

Si todo era tan evidente, ¿cuál es el motivo sobre la revisión de la doctrina del más allá?

Probablemente porque la Iglesia debe vivir en su tiempo, y ha de actualizar la interpretación que en el pasado se hizo de los textos sagrados. Se trata del “aggiornamento”, el término preferido de Juan XXIII y su Vaticano II.

Que una escatología tan grosera y disparatada haya pervivido durante siglos se explica por el ansia de inmortalidad del género humano y la esperanza de un “más allá” tras la muerte.

A modo de colofón de lo expuesto hasta aquí, se encuentra la doctrina de la resurrección, enfocado por Manuel Franjo (alumno de Kung) declarando que “La resurrección viene a satisfacer una de las apetencias del ser humano, marcado por una melancolía de la plenitud que únicamente la resurrección llena. Existe una antropología, llamémosla de los insatisfechos, que encaja bien con el anuncio de la resurrección. Para ella, la resurrección es una exigencia”.

El Siglo XXI, “período de transición” hacia un mundo multipolar, con la presencia indisimulada del mundo Oriental en toda su dimensión, juicios sobre nociones trascendentales tales como la eternidad, se han modificado sustancialmente.



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