Edición Lunes 25 de abril de 2011

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A PROPÓSITO DE LA VISITA DE VARGAS LLOSA

Noveles Nobeles

Estanislao Giménez Corte

egimenez@ellitoral.com

http://blogs.ellitoral.com/ocio_trabajado/

I

Toda la vida los premios al arte han auspiciado la puesta en funcionamiento de una maquinaria de la sospecha, de la paranoia, de la doble lectura, de la causa oculta, de la interpretación de porqués y dóndes; de qués y cómos. Cientos de inferencias se despiden a cuatro vientos ante cada galardón otorgado; la elucubración trabaja a destajo sobre causas y consecuencias, como el exégeta frente a la palabra sacra, para tratar de escudriñar qué debería interpretarse por la toga o el diploma dado. No deja de ser éste, en algunos casos, un ejercicio fascinante.

El Nobel de Literatura, menos que la excepción, es de alguna manera la norma: todos los años, salvo honradísimas excepciones, el otorgamiento del premio a las letras despierta, cuando no perplejidad, lisa y llanamente decepción, o desilusión, o incomprensión. El lugar común, el mito, con todo lo de verdad que tienen uno y otro, es que se trata de un premio más político que artístico, y que su otorgamiento tiene menos que ver con la cadencia de una prosa, con la invención de argumentos, con el trabajo de rigurosidad estilística, que con una postura pública, política, frente a las cosas. Agotan los ejemplos: si viésemos los últimos veinte nobeles en literatura, aquella noción de la imposición de lo político por sobre lo literario tendría aún más fuerza. Hay otra variable, aún más perturbadora: ¿quiénes, con qué autoridad, mediante qué procedimientos de selección llegan a elegir un nombre para el Nobel? Es una discusión antigua, aunque nunca resuelta.

Los últimos años también han mostrado otra cosa: hasta qué punto resultan pueriles y hasta risibles las ‘causas’ que esgrime la academia para otorgar los premios: los argumentos suelen ser poco más que vagas referencias, en muchos casos vacías, como cuando se dijo que se premiaba a Saramago por sus ‘parábolas’; o la ‘descripción del paisaje de los desposeídos’ en el caso de Herta Müller y, para terminar abruptamente con los ejemplos, se dijo oficial y oficiosamente que el premio a Darío Fo se justificaba por ‘defender la dignidad de los oprimidos’.

II

A Vargas Llosa, un premio que pareció justo y hasta demorado, aunque esta opinión no provenga de otro lugar que la del llano de lector (del llano de lector que ha leído apenas un puñado de sus muchos libros), la academia sentenció que se daba la distinción por ‘su cartografía de las estructuras del poder’, una metáfora más bien pobre que pasa por alto, pareciera, otros tantos talentos o méritos de los que podría ser sujeto Vargas Llosa. Podemos poner, por caso, la gran novela ‘La Fiesta del Chivo’, en donde sobresale el apartado dedicado a la descripción de una mañana cualquiera en la vida de Rafael Leónidas Trujillo; o el modo novedoso en que está escrita ‘Pantaleón y las visitadoras’ -un informe del ejército, de retórica administrativa, que va y viene- o los recursos utilizados en ‘Conversación en la catedral’, en tanto el autor incorpora, en el texto central un soliloquio de los personajes que se ‘cuelan’ aquí y allá, entre el costado específicamente narrativo, la descripción de situaciones y cosas, y el propio decurso de la acción.

III

Pero esta nota no pretende omitir la furiosa polémica desatada, no a partir del otorgamiento del premio, sino devenida de la escabrosa discusión sobre su presencia en la Feria del Libro, que ayer nomás lo tuvo como número central. A estas alturas, no hay mucho para decir, como no lo hubo antes, quizás, porque ¿es posible criticar amargamente la presencia de un intelectual porque defiende sus ideas políticas, aunque éstas fuesen nefastas?; ¿es posible desgarrarse porque Vargas Llosa critica a la dirigencia argentina y aborrece del peronismo? ¿No hubiese sido lo mismo escandalizarse con Saramago porque se reconocía como un ‘comunista hormonal’ y escribió un libro, en particular, ‘El evangelio según Jesucristo’, en donde se incurre en blasfemias varias para la iglesia católica, como relatar una historia de sexo entre Jesús y Magdalena, o la magnífica escena de conversación, aunque estoy tentado de decir ‘negociación’, entre Jesús, Dios y el diablo en la barca?

En fin, los casos podrían multiplicarse al infinito. Escribo esto a dos horas de la intervención de Vargas Llosa. ¿Qué puede cambiar?: nada, es un hombre, en este caso un autor muy famoso y premiado, enunciando sus posturas, archiconocidas por todos. No hay más que eso. Pero la propaganda oficial, además, se ha asido en los últimos tiempos en un recurso que es sorprendente: utilizar la figura de Borges como contrafigura de Vargas Llosa. Es, sino delirante, absolutamente extraño que cosa como ésta suceda. Borges, un antiperonista ‘hormonal’, es utilizado para contradecir a otro antiperonista hormonal. En fin...

En lo único que podría estarse de acuerdo, suponemos, es que muchos intelectuales, a propósito únicamente de la portación de ese adjetivo o condición, esto es, la de ser un intelectual, hablan sin conocimiento alguno de cosas, causas y consecuencias; cual oráculos, todólogos, y como el sujeto de aquella frase extraordinaria, aunque vista con ironía (‘soy humano, nada de lo humano me es ajeno’) arremeten con la impunidad de la extranjería sobre cualquier cosa. Pero, insistimos, pretender que ello no suceda es no entender el funcionamiento, en este caso, de la industria editorial.

Digámoslo una vez más ¿cuál sería el daño, las consecuencias, los impactos de Vargas Llosa profiriendo sus opiniones políticas, como no sea eso, únicamente eso, abrir un debate, una polémica? Sucede, especulamos, que la figura de Vargas Llosa despierta perplejidad en el progresismo, que siempre se sintió cómodamente abrigado en los brazos de la intelectualidad. De modo que el autor peruano viene a contradecir esa tendencia, pero entonces ¿no se estaría ante esa figura tan conocida respecto del intelectual, que tiene que contradecir, criticar y molestar? Se me dirá que Vargas Llosa está financiado por oscuras fundaciones hipermillonarias de los sectores más recalcitrantes de la derecha internacional y que representa los más espantosos intereses de la otrora ola neoliberal que ha fundido nuestro país (etc., etc., etc.), aunque, si así fuese ¿no es su derecho, no sigue siendo su derecho, opinar sobre Dios y el infinito, la política y la historia, el poder y la pasión, el sonido y la furia, los trabajos y las noches?: todos los intelectuales, y más aún los famosos, o más bien, todos los intelectuales cuya fama se impone sobre su condición de intelectual, suscriben o terminan rendidos a lo que Saer llamó alguna vez las ‘tareas sociales de substitución’: palabras más, palabras menos, ello se daría cuando el nombre del autor deviene marca y se produce un fenómeno, digamos de suplencia o traslación: el autor, entonces, los autores, divagan sobre todo lo humano, lo infrahumano y lo suprahumano, y virtualmente dejan de escribir; o la escritura queda tapada, minimizada, ninguneada por su condición de personaje, de celebrity. Con lo cual, hermosa paradoja, los escritores más famosos del mundo son aquellos que apenas, a duras penas, después de almuerzos, apariciones en la TV, conferencias, encuentros, seminarios, tras tertulias, viajes, más viajes, fotografías, documentales, entrevistas, más entrevistas y polémicas varias, buscan, desesperadamente, como el perro en celo, un lugarcito en el día y en su mundo fastuoso para despuntar el vicio; para escribir, tan sólo eso. Sólo que la energía, que ya no es tal, está en otro lado. No sobre el papel sino frente a un micrófono, no en la biblioteca, sino en los medios.



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Opinión
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