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EDITORIAL

Por una nueva cultura política

Los avatares del tenso período de espera para definir si Hermes Binner integraría una fórmula presidencial con Ricardo Alfonsín, las imputaciones resultantes de esa frustrada asociación y la renovación del suspenso ante la perspectiva de que el santafesino encabezara otro binomio -finalmente concretada-, concentraron el debate en la oposición en las últimas semanas y proyectaron implicancias sobre el desenvolvimiento de la coalición gobernante en la provincia.

Esta danza de nombres y cruces personalizados, inherentes a la histórica dinámica política de nuestro país, veló ante la opinión pública el fenómeno de mayor trascendencia; presente en el discurso de la dirigencia, pero no en el foco primordial de atención.

El proceso de gestación de una coalición de centro-izquierda -incluyendo el fracaso del diseño original, con la UCR como parte de ella- y la integración de fuerzas que pretenden encarnar valores y principios coincidentes, como sustento de un programa de acción común, merece una consideración mayor que el dato emergente del nombre de las personas que ocupan las principales candidaturas.

En términos generales, la ajetreada trayectoria institucional argentina ha estado signada por el bipartidismo. Este sistema -instalado “de hecho” y con algunas variaciones-, suele tener como efecto el forzado relegamiento de expresiones ajenas a la dupla dominante y neutraliza en la práctica la injerencia de los matices ideológicos o las propuestas alternativas.

En el caso de la Argentina, por efecto de una serie de circunstancias combinadas, las consecuencias nocivas han sido todavía mayores. Y lo cierto es que no halló la manera de resolver satisfactoriamente sus necesidades y conflictos de intereses.

Los recursos para acceder al gobierno, o preservarlo, combinaron en proporciones variables las técnicas de la demagogia, el clientelismo, el marketing superficial, la descalificación del oponente y la forzada conjunción electoralista. Así, los discursos se vaciaron progresivamente de contenidos, ya sea por prevención ante eventuales e inconvenientes contradicciones, o ante el riesgo de perder votos con definiciones demasiado específicas.

En ese cuadro de situación, el surgimiento de propuestas que asuman ideologías claras y que, a partir de allí, ofrezcan al electorado la identificación con pautas concretas y definidas -o su rechazo-, sin la relativización de un pretendido “pragmatismo” inocuo, es un avance importante en orden a la maduración de la cultura política en nuestro país.

El tiempo dirá si la ejecución de la idea está a la altura de su planteo, y si éste es el camino para que se reformulen o conciban otras propuestas, de orientaciones divergentes u opuestas, pero también erigidas sobre la base de convicciones sólidas y precisamente delimitadas. Asimismo, qué proporción de la ciudadanía está dispuesta a asumir el desafío, rompiendo el círculo vicioso que alimenta la escasez de alternativas.



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