Marcelo Massa (*)
En 1996, hacía poco que la provincia de Córdoba había tenido un descalabro económico y su consiguiente crisis social aún continuaba. Las posibilidades de realizar obras de teatro y poder vivir de esta actividad se volvían casi nulas. Los festivales latinoamericanos habían desaparecido y el horizonte en el área cultura se veía bastante oscuro. En lo personal, hacia ya varios años que buscaba crear un grupo para desarrollar un lenguaje propio, había hecho en 1992, una versión de “El Principito” de Saint Exupéry con el grupo que llamé Teatro de Proa. Cometí varios errores en esa experiencia y durante mucho tiempo seguí pensando cómo corregirlos, pero no cambió mi pensamiento de que primero que nada, los actores debían tener un ingreso mínimo, antes de poder incursionar en estéticas experimentales que no eran muy populares durante esos tiempos, por lo que necesitábamos cierta continuidad de trabajo para crecer en el lenguaje elegido. En esa época, si se lograba que una obra gustara, ésta no duraba mucho en cartel, a lo sumo 6 u 8 funciones, y luego empezar a ensayar otra obra, intentar otra aventura.
Desde que finalicé mis estudios sistemáticos de teatro, en el Seminario de Teatro Jolie Libois, mi actividad en el medio artístico era como actor, y había comenzado a vincularme con la danza contemporánea, la cual me atraía por su evolución conceptual en la composición y obviamente el lenguaje de los cuerpos en vivo era una experiencia que le hablaba directamente a mi espíritu sin racionalismos, era algo que no podía explicar, pero me atraía. La síntesis y los conceptos en la construcción de las obras eran, a mi manera de ver, más evolucionadas respecto del teatro de esos años.
El origen
Regresando al año 1996, buscando cómo hacer un camino, empecé a soñar despierto, a buscar un nombre, en ese momento con cierto romanticismo pensaba que el arte que no te dejaba nada no tenía sentido, por lo que surge este nombre La Resaca, pues, es lo que queda después de la tormenta, es lo que vuelve, y yo tenía deseos de hacer un teatro que te deje algo, que te vuelva luego de haberlo visto. Tenía el nombre, y ya los motores del deseo estaban ansiosos por comenzar a caminar y concretar alguno de los sueños. Pensando en dale una estructura que perdure en el tiempo, comencé a investigar y escribir una Historia de teatro, que funcionara como una obra didáctica con mucho humor, pensada especialmente para adolescentes, el único circuito aceitado por esos años que ofrecía una continuidad de funciones y de público. La obra se llamó “Tres Tristes Teatreros”.
En mi cabeza estaba la frustración del primer intento en el año 1992, por lo que, con mucho miedo, inseguridad y quizás cierta prepotencia, comencé mi aventura de dirigir actores profesionales nuevamente.
Empezaba 1997 e invité a dos actores que conocía y me gustaba como trabajaban: Jorge Montenegro y Waldemar Díaz, ellos y yo éramos los Tres Tristes Teatreros, y después de varias vicisitudes en nuestras respectivas vidas logramos estrenar en noviembre de ese año. Ganamos el Fondo Estímulo Municipal y logramos pagar parte de la producción (al escribir esto, me viene a la cabeza, que debido a dificultades horarias, uno de los ensayos era los lunes a las 7.30 horas en una sala de juegos infantiles de un local de comidas rápidas que ya no existe y que hoy en su lugar hay una fantástica librería, en la Av. General Paz casi Colón. Para los que son del ambiente teatral entenderán a que me refiero cuando llamo una locura a ese horario).
Al año siguiente, 1998, uno de los integrantes decidió no seguir y no hubo deseos de llamar a otro actor para hacer un reemplazo, por lo que ese intento parecía truncarse, pero decidí seguir e invité a otros actores que en ese momento estaban estudiando en la Escuela de Teatro de la Universidad Nacional de Córdoba, para participar de este proyecto. Después de varias idas y vueltas, finalmente logramos conformar otro equipo de trabajo, Ariel Odasso, Adrián Andrada y yo éramos los nuevos tres y Carlos Lima hacia la asistencia técnica. Ya había un Segundo Premio Provincial con lo que se invirtió en equipos técnicos que permitieron que hiciéramos muchas funciones en colegios durante los años siguientes.
“Guernica”
Con la aparición del Instituto Nacional del Teatro, se potenció la posibilidad de realizar la obra que venía pergeñando y escribiendo durante ese año, “Guernica”, que requería una cierta complejidad técnica por lo que necesitaba dinero. Cuando salió el subsidio en septiembre de ese año, convoqué a dos bailarinas extraordinarias de danza contemporánea, de las cuales había sido compañero en el Ballet Contemporáneo de la UNC, Carina Bustamante y Florencia Pereyra. Por razones personales, Florencia no ingresó ese año y entonces entró Luciana Acuña, Carlos Lima, Adrián Andrada y Ariel Odasso, en octubre de 1998, de la primer obra que respondería a la estética que me interesaba explorar (conformación que se mantuvo en casi todos los siguientes años de trabajo).
En 1999, dejé de ser uno de los Tres Tristes Teatreros, Carlos Lima, ocupó mi lugar. Seguían las funciones en colegios. Y se estrenó “Guernica”. La fecha elegida (soy medio cabalero), fue el 7-8-99.
Luciana Acuña se ganó una beca y se fue a vivir a Buenos Aires, su lugar fue ocupado por Florencia Pereyra, quien comienza a actuar con nosotros en abril del 2000. Ese año comenzó con fuerza de dragón, salió un subsidio a la Creación de la Fundación Antorchas y la temporada que hicimos en el Instituto Goethe desde abril a julio, todos los fines de semana, con sala llena, nos hacía pensar que vivíamos un sueño, las sonrisas fluían en nuestros rostros esos años.
Luego vino la invitación a festivales. El Festival del Rojas en Buenos Aires, como único grupo del interior del país, nos calentaba la oreja, y creo que las “súper supremas Hipólito y las frutillas con crema” que nos comíamos en un restaurante en San Telmo (pagado por el festival, obvio), fueron recurrentes motivos de charlas y chistes durante muchos años. Quizás hoy nos mueva a una sonrisa pensar nuevamente en eso. El Festival del Mercosur en Córdoba pareció catapultarnos a una carrera internacional que no sólo soñábamos sino que anhelábamos con muchos deseos. Los “productores” nos decían que nos invitaban a sus países, bla, bla, bla. Al principio lo creímos. Paralelamente ensayábamos, la nueva obra que tenía el subsidio de Antorchas.
Fusión entre cuerpo y texto
En 2001, se estrena “Las fieras”, y se acentúa la búsqueda estética, esa fusión entre cuerpo y texto que buscábamos con mucho trabajo y aprehendiendo en el camino del hacer. Se vino la invitación al Festival Internacional de Buenos Aires. Y casi simultáneamente la invitación al XIII Festival de Teatro Internacional de El Cairo, éramos parte de la muestra oficial, en la cual estaba el Odin Theatre con el mismísimo Eugenio Barba a la cabeza.
Si hubo un mes que respondía a los sueños y anhelos de cada uno, ese mes fue septiembre de 2001. Empezamos en Egipto, regresamos al Festival de Buenos Aires y al final el de Mercosur en Córdoba, teníamos público, nos pagaban las funciones, los hoteles, nos trataban profesionalmente, en fin, viajábamos, ganábamos dinero y hacíamos lo que nos gustaba, ¿qué más? Las noches comiendo después de las funciones en el Sheraton de El Cairo, con la brisa al lado del Nilo, ya no se despegará de nuestras memorias. Qué fantástico que es comer después de las funciones, todos juntos, riendo, charlando, ¡qué buenos momentos!
Después de este primer período de obras escritas por mí (con mis limitaciones como autor), y para tratar de crecer en el manejo del texto, se inició una etapa de probar obras con textos de autor, y los alemanes fueron una alternativa interesante en el momento.
“Cabeza quemada”
En el 2002 se estrena, en coproducción con el Instituto Goethe, “Cabeza quemada”, con una vuelta de tuerca en el lenguaje corporal y el manejo del espacio despojado, se utilizó cierta tecnología (cada espectador tenía un auricular, por el cual seguía no sólo los textos de la obra en vivo, sino también los pensamientos de los personajes y pistas sonoras que atravesaban dichos discursos) para potenciar y constituir nuevas relaciones espaciales y discursivas. En lo interno, Carlos quiso ser asistente de dirección y se invitó a otro actor para que actuara.
En el 2003, comienza un período en el que se realizaron trabajos por pedido de ciertas instituciones del medio (Secretaría de Extensión Universitaria de la UNC y el Centro Cultural España Córdoba). Carlos Lima se retira del grupo y participa este año como invitado en los proyectos artísticos. Entramos en un nivel de producción de grandes puestas y con varios actores, bailarines y técnicos invitados. Se estrenaron en el marco de una muestra de obras de Dalí, “La sangre es más dulce que la sangre” y en un homenaje a Rafael Alberti, “El gigante de Alberti”.
En el 2004, una nueva obra de texto, en coproducción con el Instituto Goethe, “El pan de cada día” y en un homenaje a Dalí organizado por el Ccec, realizamos “Dale, Dale Dalí”.
Simultáneamente a estos trabajos nos iban surgiendo contradicciones aunque siempre buscábamos probar nuevas cosas y realizábamos los trabajos con mucho profesionalismo, decidimos hacer algo que surgiera de nuestro deseo y volver a experimentar sin compromisos de estreno. Intentamos hacer una creación colectiva en la que todos podíamos opinar en las decisiones, un proceso dificultoso pero que dio como resultado en el 2005, el estreno de “Tres”.
En el 2006, se realizaron dos obras más con invitados, “Naranja”, en un disco club y “Corre” en una sala independiente. En ambos trabajos, los integrantes del grupo se dividieron para participar en las diferentes propuestas. En 2007, cerramos un ciclo y surgirá otro, pero saldrá el libro que dé algún testimonio escrito de nuestra existencia, de nuestro hacer en nuestra ciudad.
Un camino propio
Durante todos estos años recibimos muchos premios, nos invitaron a festivales internacionales, no pusimos dinero para actuar, por el contrario pudimos ganar algo, logramos transitar más o menos unidos la mayor cantidad de tiempo de estos 10 años, crecimos como artistas y como personas. Buscamos caminos propios, además del grupal, tuvimos dificultades internas y externas, limitaciones y aciertos artísticos, mucha gente que nos apoyó, y como toda familia es un mundo, nosotros hicimos nuestro mundo con nuestras características particulares y pase lo que pase en el futuro, siempre tendremos los recuerdos de momentos compartidos que nos han marcado. Nuestras vidas se cruzaron y eso es para siempre.
(*) Director de La Resaca.