al margen de la crónica

¿Y yo qué como?

Silvana Lucca

Pido disculpas a los lectores por privarlos hoy del placer de leer alguna pieza periodística constructiva, informativa, reflexiva o curiosa, habituales en este espacio. Pero a veces es tentador recurrir a la solidaridad colectiva y permitirse una catarsis, más aún cuando lo que la provoca no es el capricho ni la ocurrencia trasnochada de una sola persona; el tema que me atrevo a compartir es bastante común, según pude constatar. Paso a relatar:

Resulta que acepto la salida con mis amigas del colegio, como lo hago cada mes. Llego a casa después de trabajar, de pasar por el supermercado, tan cansada como corresponde y le digo a mi marido “hoy no ceno en casa”. Él, con cara de nada (digamos... la de siempre), ni levanta la vista del diario y me pregunta: “¿y yo qué como?”

Una de mis muletillas favoritas -y tengo muchas- es: “no hay que generalizar”. La misma acción no necesariamente produce siempre igual reacción, pero ese “¿y yo qué como?” es la prueba hablada de la existencia de “los dependientes culinarios”, que son muchos. Una característica que comparten es el amor sin barreras por la comida. Nada de lo “justo” para alimentarse, ni “moderación” para mantener la salud a raya: mucho, variado, y todo junto, pero preparado por otro. No sólo son maridos, los dependientes alimentarios pueden ser hijos, nietos, amigos o compañeros de oficina (los del clásico: ¿qué comés?, acompañado de un avance sobre las galletitas) y ellos -como Rosario-, siempre están cerca. No padecen inutilidad profunda son, simplemente, haraganes. Cómodos y egocéntricos, estos personajes abusan de la paciencia de las resolvedoras todoterreno; porque una cosa es ayudar a alguien y otra es que ese alguien aproveche cualquier circunstancia para hacer gala de su autogratificante incapacidad.

El glotón perezoso al que me refiero, me acorrala entre un par de opciones: o le respondo una grosería o, con tal de que no saque su tarjeta de Derechos Humanos, le resuelvo la cena. Pero aunque sólo llame a un delivery, no podré evitar el malestar que me genera: “si calmo su hambruna, me siento servil y si no lo hago, miserable”. La salida con mis amigas termina siendo una sesión de terapia en la que dejo fluir mi volcán interior buscando solidaridad, identificación o argumentos que justifiquen el levantamiento en armas de mi libertad culposa. Están también los que, aún con un “yo me arreglo, ¡divertite!”, terminan comiendo un sandwich, después de pasar por un intento de tortilla y otro de arroz con mejillones de lata, cuyos restos de sabores quemados por el fuego implacable al que lo someten mientras se pierden entre las tangas de las chicas de Tinelli, quedan como hediondos testigos en la cocina a la que dejan como Bosnia después de un bombardeo, y a la que por supuesto, no reconstruyen.

El ejemplo de los Homero Simpson industria nacional, se repite con frecuencia. Estos trogloditas también comparten su adicción al sillón y al control remoto y tienen la suerte de contar con “su Mujer Maravilla” siempre a mano.

Como colofón: mientras busco las llaves del auto, y para reafirmar que no hay perro que no se parezca al dueño, Baudi me sigue con los mofletes bajos y, con mirada lastimosa, también parece decirme “¿y yo qué como?”.