Edición del Martes 09 de agosto de 2011

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Los “indignados” de Israel - Opinión Opinión

La vuelta al mundo


Los “indignados” de Israel

Los “indignados” de Israel

Protesta. Miles de israelíes marchan por las calles de Tel Aviv haciendo oír sus quejas por la carestía de la vivienda y el aumento del costo de vida. Foto: EFE

Rogelio Alaniz

Los “indignados” de Israel son la novedad política de los últimos meses. Una lectura ligera de los hechos tiende a asociarlos con las movilizaciones en la región. Se supone que los sirios, los egipcios o los libios tienen razones para luchar contra sus déspotas locales. La misma razón no existiría en Israel donde sus gobernantes son seleccionados en elecciones libres y periódicas, en tanto que la calidad de vida de su población está muy por encima de las explotadas y hambreadas masas árabes.

Pero no concluyen allí las diferencias. En los países árabes las movilizaciones contra los gobiernos se pagan con la muerte. En Israel, los manifestantes no han sido molestados ni con la caricia de una pluma. En Siria -por ejemplo- el número de muertos supera las dos mil personas; en Israel, los dirigentes de la movilización son recibidos por el presidente Simón Peres. Nada de ello impide, sin embargo, que el embajador sirio en la Argentina y uno de los representantes de esa comunidad califiquen a Israel de Estado terrorista. Y que sus pares españoles califiquen a los manifestantes de colonizadores, frívolos, apolíticos y superficiales.

Más de un observador ha intentado comparar lo sucedido en Israel con las movilizaciones en El Cairo, en la plaza Tahrir para ser más precisos. Comparación inexacta, tramposa y disparatada. En Egipto, los jóvenes se movilizaban contra un déspota y sus sicarios; en Israel lo hacen contra un gobierno conservador que ha sido votado por el pueblo y que está sometido a todos los controles de un orden republicano. En Tahrir hubo cientos de muertos; en la avenida Rothschild de Tel Aviv no hay ni siquiera un detenido. No hay punto de comparación: la distancia entre Tahrir y Rothschild es la distancia que hay entre el despotismo y la democracia. Nada más y nada menos.

De todos modos, no deja de llamar la atención que más de 300.000 personas hayan salido a la calle reclamando reivindicaciones sociales. En un país sometido a los rigores de la guerra, con sus fronteras y su población militarizadas, no deja de llamar la atención que sus habitantes salgan a la calle reclamando mejores sociales. Por primera vez desde que tengo memoria, Israel es noticia no por los avatares de la guerra sino por los avatares del conflicto social.

En realidad, quienes conocen la vida interna de Israel no deberían sentirse sorprendidos con lo sucedido. Como dice el escritor Amos Oz, desde hace más de veinte años la política económica responde a la lógica del neoliberalismo. Las conquistas sociales forjadas por el Estado de bienestar laborista han sido progresivamente avasalladas. Motivos que justifiquen lo ocurrido siempre hay. La guerra, en primer lugar, consume recursos importantes. Por otro lado, Israel no escapa a la tendencia clásica de globalización capitalista, con sus ondas de expansión y recesión, sus ajustes periódicos y sus procesos de concentración de riqueza.

Para completar el panorama, no se debe perder de vista que estas movilizaciones y protestas se dan en el contexto de una economía que está ubicada entre las más importantes del mundo. En efecto, las tasas de crecimiento de Israel son altas y los índices de desempleo apenas superan los cinco puntos, una diferencia decisiva con España, por ejemplo, donde el “paro” llega a los veinte puntos.

La movilización de los “indignados” judíos expresa fundamentalmente a los jóvenes y a las clases medias que no están dispuestas a renunciar a su calidad de vida o a soportar más retrocesos. Lo que empezó como un reclamo por el precio desorbitante de los alquileres, se extendió luego a la educación y a la seguridad social. En realidad, se dice que todo comenzó con un detalle aparentemente menor: el aumento del queso “cottage”, un producto típico de la mesa israelí. Las empresas productoras del “cottage” decidieron aumentarlo un cuarenta por ciento. La respuesta fue el boicot a través de internet. “No consumir más queso hasta que bajen los precios”. Ganaron. Las empresas bajaron los precios cuando comprobaron que las ventas se habían caído casi un cincuenta por ciento.

Sin embargo, el detonante social masivo lo produjo la señorita Daphne Leef, una chica de veinticinco años que, junto a su compañera Stav Shaffir, una mañana decidieron levantar una carpa en la muy distinguida avenida Rothschild de Tel Aviv. ¿Motivo de la protesta?: el precio de los alquileres de vivienda. No es para menos. Por un departamento de tres ambientes en Tel Aviv se paga un alquiler de 2.000 dólares, y en Jerusalén de 1.500 dólares. Al respecto, los números no dejan mentir: el costo de los alquileres subió en los últimos años un sesenta y cinco por ciento, mientras que los salarios sólo aumentaron un punto.

El ejemplo de Leef y Shafir pronto fue imitado por miles de jóvenes. Rothschild dejó de ser un paseo coqueto para transformarse en una suerte de campamento al aire libre. Todo muy prolijo, muy organizado, muy higiénico, pero también muy comprometido. Hoy las carpas se levantan en el puerta de la ciudad vieja de Jerusalén y en la mayoría de las ciudades de Israel, incluso las mas pequeñas. Un dato más a tener en cuenta: la movilización cuenta con el apoyo de sectores de la ortodoxia religiosa. Toda una novedad. Novedad previsible, porque los señores ortodoxos -ellos y sus hijos- son subsidiados por el Estado para dedicarse a su actividad espiritual.

El gobierno de Benjamín Netanyahu reaccionó como lo hace todo gobierno cuando es interpelado por la población: con sorpresa, desconfianza y un toque de paranoia. Algunos de sus funcionarios responsabilizaron a los extremistas de izquierda y a la prensa que los sirve, otros dijeron que los palestinos estaban detrás de la movida y no faltaron quienes sugirieron que la mejor respuesta que se debía dar era la represión. Nade de esto ocurrió. Con resignación en algunos casos, con disgusto en otros, los funcionarios se vieron obligados a negociar con los manifestantes. La lógica de la democracia cuando es fuerte ata incluso a los que no están muy dispuestos a creer en ella.

Durante esta semana está prevista una reunión con los dirigentes de la movilización y se ha constituido una comisión para deliberar acerca de las políticas sociales a seguir de aquí en adelante. También en la identidad de los manifestantes hay diferencias con Siria o Libia. ¿Se imaginan cómo hubieran reaccionado Assad o Kadafi al enterarse que las dirigentes de las movilizaciones eran lesbianas?

Esta claro que no es el hambre o la miseria lo que moviliza a los “indignados” de Israel. Tampoco pretenden impugnar el sistema o negarlo; por el contrario, todos sus reclamos se orientan hacia una mayor y mejor integración. Los jóvenes, particularmente, reclaman futuro. Futuro para ellos y sus hijos. Futuro con trabajo, vivienda y estudios profesionales. El dirigente estudiantil Itzik Shmuli ha declarado que “queremos que Israel sea nuestra casa; estamos luchando para construir un futuro para Israel”. Más claro, echarle agua.

Ninguno de los reclamos pone en discusión la naturaleza del sistema, ni siquiera algunos rasgos de su política exterior. Por el contrario, los jóvenes respaldan sus reclamos en la autoridad moral que otorga haber cumplido el servicio militar y haber hecho todos los deberes cívicos. Si algún conflicto interno ha habido ha sido con los colonos, para quienes el Estado destina un presupuesto considerado excesivo. De todos modos, si bien los manifestantes no ignoran que sus reclamos tienen una dimensión política, siempre se han preocupado por desactivar toda politización partidaria.

“Se ha abierto una ventana a un futuro diferente” ha dicho el escritor David Grossman. Habrá que verlo. Por lo pronto el conflicto está en la calle. Por lo pronto, no hay represión ni hay heridos ni muertos.

Los diarios, las cadenas de televisión y el periodismo están realizando una excelente cobertura. Los partidos políticos opositores apoyan los reclamos de los manifestantes, la Justicia mantiene su independencia y el propio régimen conservador entiende que algo se debe hacer. También, a la hora de resolver las diferencias de clase, a la hora de asegurar las reglas sociales de la convivencia, a la hora de establecer relaciones entre gobernantes y gobernados, Israel marca una diferencia decisiva en esa región.

En un país sometido a los rigores de la guerra, con su población militarizada, no deja de llamar la atención que sus habitantes salgan a la calle reclamando mejoras sociales.

Los números no dejan mentir: el costo de los alquileres subió en los últimos años un sesenta y cinco por ciento, mientras que los salarios sólo aumentaron un punto.



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