Amílcar Brusa, sinónimo de trayectoria y ser humano incomparables...

¿Imitarlo?, tal vez; ¿igualarlo?, ¡jamás!

El legendario entrenador y generador de innumerables campeones falleció en la media tarde de ayer. Un gran profesional que llegó hasta límites insospechados por tesón, capacidad y sabiduría.

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Su lugar en el mundo. ¿Adónde si no?, al costado de un ring, viendo boxeo, aunque sea una pelea de aficionados, cuando más se debe estar atento.

Foto: Pablo Aguirre

 

Alberto Sánchez

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Hace pocos días, Amílcar Brusa cumplió 89 años. Aquel campesino que de muy joven se calzó los guantes con el apoyo de su padre después de dejar la escuela, y porque no le gustaba trabajar en el campo, realizó algunas peleas como aficionado y no le fue tan mal. Ganó un torneo santafesino en categoría pesado; tiempo después perdió la final del certamen Guantes de Oro ante Rafael Iglesias, el mismo rival que lo derrotó en las eliminatorias para los Juegos Olímpicos de Londres en 1948. Fue su último combate: “Empatamos pero se la dieron por puntos. Ese día me replanteé la carrera y dije adiós al boxeo, si no sirvo para representar a mi país, me retiro”, le contó alguna vez a El Litoral.

Ahí empezó la carrera de entrenador, gracias a unos amigos que le dijeron que tenía “pasta” para enseñar. Igualmente siguió subiendo al cuadrilátero, esta vez en lucha libre; encarnaba el personaje llamado “El enmascarado rojo” en Titanes en el ring. Esas seudopeleas las aprovechó para aprender algunos secretos que luego inculcó a sus pupilos, como la técnica para trabar.

“Monzón, el mejor de todos”

En cada encuentro mantenido con el Maestro no podía faltar hablar de Carlos Monzón, quien terminó siendo el actor principal de aquella película inmortal realizada en el Palacio de los Deportes de Roma, el 7 de noviembre de 1970, cuando el púgil santafesino le quitó el título mundial mediano al local, el italiano Nino Benvenuti, con un extraordinario e inolvidable nocaut tras un derechazo a la mandíbula del campeón en el round 12.

“Fue la pelea perfecta”, definió siempre Brusa, el autor intelectual, al referirse a ese combate. Y si bien es cierto nunca lo hizo por rencor, al recordar esos días, el entrenador nunca dejó de señalar: “Cuando salió campeón, los periodistas de Buenos Aires no supieron verlo, y no les gusta cuando se los digo. De Locche hablaban maravillas, pero de Carlos decían que iba a terminar mal porque, según ellos, era un bruto. Antes de la pelea el periodismo porteño se reía, y claro, si fue a pelear con Benvenuti como una palomita. Ni Tito Lectoure creía que se podía ganar, siempre subía a los rincones de los boxeadores, pero aquella vez no lo hizo”, señaló en varias oportunidades.

“El problema de Monzón fue su infancia. No tuvo contención ni educación, apenas terminó tercer grado; siempre lo maltrataron y provocaron para sacarle plata. Pero a la vez eso lo motivaba para pelear, y así definió la pelea por el título, la fuimos trabajando hasta que Benvenuti no podía más. Siento que fue la pelea maestra de todos los tiempos”, manifestaba Brusa sobre esa apoteótica lucha.

Para conocerlo mejor

Luego de mantener algunas discusiones con Tito Lectoure, quien manejaba no sólo el Luna Park sino la actividad boxística del país, Amílcar Brusa se fue a enseñar al exterior: “Me peleé con Lectoure porque si uno salía de su circuito, no conseguía boxeadores en el país y no podía trabajar, y además por otras cosas que no puedo contar”, llegó a decir alguna vez.

Su pasión por transmitir su sapiencia se trasladó a Colombia, Venezuela y Estados Unidos. Ese peregrinaje como consecuencia de su autoexilio no pudo ser más exitoso.

¿El secreto?, lo devela él mismo: “Tengo facilidad para enseñar. Lo que yo enseño en una semana, a otros les demora un mes. Hay algo que siempre les repito a mis pupilos, y es que los puede traicionar la mamá, el papá, la novia, pero el único que nunca lo va a traicionar es el gimnasio”.

Claro que esa vida dedicada a una pasión llamada boxeo le quitó tiempo para otras cosas de las que no ha tenido demasiadas manifestaciones, pero que aquellos que hemos tenido la dicha de compartir momentos en los cuales el pugilismo no fue el tema central de la charla, pudimos conocer profundos sentimientos. Hace casi ocho meses, después de padecer una enfermedad que la mantuvo inconsciente durante 15 años, falleció Blanca, su esposa.

Cuando regresó a la Argentina lo hizo sólo para recuperar precisamente el tiempo que no estuvo con su familia; por eso nunca dejó de visitar a diario a la madre de Susana, Ricardo y Ofelia, sus tres hijos, que dicho por el Maestro: “Se encuentra en una residencia geriátrica porque su enfermedad no la deja caminar ni hablar. Le hablo y no puede contestarme, no sé si me conoce y eso me mata”.

En una de las últimas pláticas llevadas a cabo en la academia de boxeo que UPCN, a través de su amigo, Alberto Maguid, le instaló para que siga enseñando, Brusa me confesó -después de saludarme con su acostumbrado: “Estoy mal pero lo disimulo”- lo siguiente: “No le tengo miedo a la muerte. Sé que los años a uno le quitan la vista, el oído y la salud.trato de disfrutar de mis seres queridos y enseñar boxeo en mi gimnasio. Eso lo haré hasta el último día” .

Así hablan de él...

Jacinto Fernández: “Era como un padre para mí. Eso lo puedo asegurar contando un par de cosas. Al otro día de cada pelea siempre venía a mi casa a ver cómo estaba, y si necesitaba algo, me lo ofrecía enseguida. Y otra de las cosas que no puedo dejar de contar es que, cuando yo viajaba a pelear al exterior, él no dejaba de pasar por mi casa para ayudar económicamente a mi familia, y no me da vergüenza decirlo, de eso no me puedo olvidar, por eso digo que Amílcar, para mí, fue como un padre”.

* Juan Carlos Fernández: “Fue un gran maestro pero más que nada una persona excepcional. Seguramente va a quedar un vacío muy grande, pero a la vez, en cada entrenamiento y en cada festival que organicemos cualquiera de los que fuimos pupilos de él, va a estar su figura. Lo que me deja tranquilo es saber que murió como lo había prometido desde hace muchos años, trabajando y haciendo lo que le gusta hasta que el físico le dijo basta”.

* Rufino Cabrera: “Lo que no puedo dejar de mencionar es lo que me enseñó durante tantos años. Lo conocí en 1968 y nunca me separé de él hasta hace poco tiempo, que me independicé para enseñar yo, mi sueño ahora es llegar a hacer algo de lo que Brusa hizo. Gracias a él conocí Buenos Aires, México, Venezuela, París, Roma, Montecarlo, Miami, ¡cómo no le voy a estar agradecido! Fue un gran maestro y una mejor persona, ojalá este día sea recordado cada año”.

* Ceferino Morales: “Fui el más chico de sus boxeadores en una época en la que entrenaba a muchos y muy buenos. A mí me trajo de Tostado, cuando tenía 17 años, me llevó a su casa y así empecé a entrenar en su gimnasio. La verdad es que fue mi segundo padre, me hablaba, me aconsejaba, siempre me decía que si le hacía caso iba a aprender mucho, y no se equivocó, como boxeador tuve una carrera bastante buena, y ahora, como entrenador, trato de hacer lo que él me enseñó, además, soy el ayudante en la academia de UPCN, así que aprendí hasta el último día que estuvo”.

* Daniel González: “La verdad es que es muy triste para mí saber que Don Amílcar ya no está entre nosotros. Personalmente, creo que no habrá nadie que pueda llegar a lo que logró, pero también pienso que como ser humano fue increíble, seguramente todos los que fuimos pupilos de él te dirán lo mismo, eso quiere decir que no nos equivocamos. También tuve la suerte de trabajar con él en el gimnasio, y ahí aprendí mucho, porque nunca se guardó nada, enseñó hasta que su físico no le aguantó más, como él quería”.

* Alejandra Olivera: “¡Qué te puedo decir!, imaginate que hace menos de dos años que lo conozco personalmente y me enseñó más de lo que aprendí en toda mi carrera. Gracias a él pude volver a ser campeona del mundo y que me vuelvan a reconocer en el boxeo. Pero, además, sin que él me conozca me cobijó en su casa y me ayudó y enseñó muchísimas cosas que no tienen que ver con el boxeo por que son más importantes, aprender a vivir”.

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La última foto de Amílcar,

en septiembre pasado, junto a Nicolás Rondón y Alejandra Oliveras.

Foto: El Litoral


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Ángel Malvicino y Amílcar

compartieron una gran pasión: Unión.

Foto: Mercedes Pardo

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De Maestro a discípulo.

Con Carlos Monzón y el hijo de éste, Abel, cuando era muy pequeño. Foto: Archivo El Litoral

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Conversando

animadamente con Monzón y Silvia, su hija.

Foto: El Litoral

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/// análisis

Se murió el boxeo

Darío Pignata

En la calurosa tarde del domingo 8 de enero de 1995 me tocó la mala suerte de tener que informar y confirmar, en los micrófonos de la querida LT 9, la muerte del campeonísimo Carlos Monzón en la Ruta 1. Primicia, le llamamos en ese momento. Estupidez, diría ahora.

Uno de los propietarios de Ondafe era Riobó Caputto y en esos momentos estaba visitando a su hermano en Estados Unidos. Aprovechando el viaje, llevó a sus hijos a conocer Nueva York. Se enteró por un canal de habla hispana en un hotel cercano a la Quinta Avenida: “La LT 9 de Santa Fe acaba de confirmar en Argentina que murió el ex campeón de box, Carlos Monzón”. El “Sapo”, como le decíamos cariñosamente, decidió llamar a la radio y contar la repercusión de esta noticia en Estados Unidos. Recuerdo como si fueran hoy sus palabras: “Pensar que hoy, más temprano, llevé a mis hijos a conocer el Madison Square Garden de Nueva York para contarles quién era Monzón y quién era Brusa, dos símbolos de Santa Fe”. Aún hoy, cada 8 de enero muchos recuerdan aquella maratónica que empezamos a las seis de la tarde del domingo y terminamos con la Audición Deportiva a las 20 del otro día. Las vueltas de la vida me pusieron a mí, 15 años después, en el mismo emblemático lugar de La Gran Manzana. No debe haber algo más complicado que hacer un recorrido ciudadano —city tour— con dos niños. El boleto de citypass para visitar los principales lugares se hace con guías en inglés y español. Elegimos el último. Times Square, Rockefeller Center, Empire State, la estatua de la Libertad y el Central Park son puntos obligados. La guía se esmera para ganarle la pelea a dos cuestiones: su básico español y su mal humor. Hasta que en un momento —nos fuimos al fondo para que no se escuchara el griterío de los niños— pregunta claramente: “¿Hay algún argentino aquí arriba?”. Antes, la guía había explicado cuántos millones de dólares pagó Madonna por un piso frente al Central Park, indicó el lugar elegido para montar la escena del mono gigante subiendo al Empire en King Kong y el edificio Dakota donde mataron a John Lennon, entre otras cosas. “Somos argentinos”, respondimos. La pregunta no era caprichosa. El micro rojo, sin techo, se había parado frente al Madison Square Garden. “Acá peleó el argentino Carlos Monzón, para muchos el mejor boxeador de la historia en su categoría. Su entrenador, Amílcar Brusa, también está aquí en el Hall de la Fama”. Piel de gallina y nudo en la garganta. El mismo nudo de ahora. Menos mal que está el teclado, es menos traicionero que un micrófono para estas cosas. Se fue el grandote. Se murió el boxeo.

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