Obsesivo, riguroso, trabajador...
Obsesivo, riguroso, trabajador...
Inclaudicable alma máter
Semblanza de un periodista que lo conoció a fondo, que compartió muchos momentos y que escribió un capítulo de su libro referido a Brusa. Esta es una parte del mismo.

Lucas Cejas y un reflejo contundente de la vida de amilcar. Su Gesto Inconfundible, Su Perfil Y Su Trabajo Junto Al Hombre Al Que Llevó A Lo Más Alto Y Con Quien Se Profesaron Una Mutua Devoción: Carlos Monzón.
Sergio Ferrer
Si de algo estamos seguros, es que Amílcar Oreste Brusa va a estar trabajando en un gimnasio hasta su último aliento, abocado en la preparación de un próximo campeón mundial. Así de simple y así de claro: Brusa, que nació en Colonia Silva el día 23 de octubre de 1922 (lo anotaron el 28 en Santa Fe), no entiende otra manera de vivir, por lo que necesita renegar todos los días para sentirse vivo y bien. “Bien para la mierda”, como dice él, pero vivo al fin, en su mundo, el del boxeo. Como escribió alguna vez Eduardo Oreste Lamazón, con quien se profesan una admiración y reconocimiento mutuos: “Desde una trinchera muy personal, Amílcar confirma aquello tan hermoso de que existen hombres que ennoblecen la función que desempeñan. Todos los días de su generosa vida nos ha venido enseñando que no conoce otros códigos más que los del trabajo inclaudicable, la entrega honrada y una enojosa belicosidad contra lo mediocre o las mediatintas que, será por la frágil y mezquina condición humana, a veces parecen contaminarlo todo”.
Sus detractores le reprochan y cuestionan muchas cosas; que no haya sido el legítimo formador de muchos de los campeones que se consagraron con él en el rincón, o que se haya quedado en el tiempo con su método de entrenamiento. Lo que no han podido negarle nunca, o no han podido poner en tela de juicio, es su inmensa capacidad de trabajo, su incuestionable voluntad de hacer y conseguir cosas, el valor incorruptible de sus convicciones y la esencia preclara de sus objetivos. En Brusa encontramos tanto al idealista, como al luchador incansable e insobornable que ha hecho de la honestidad y la lealtad sus principales puntos de apoyo. Cascarrabias incurable y “ácido”. Para algunos insoportable, retrógrado y hosco; para otros sapiente, amable y generoso. En él tenemos al maestro disciplinado, severo, duro y enérgico, pero también al tipo bonachón y amplio, que nunca dudaría en ayudar a quien lo necesite o en estar del lado de una causa justa.
Los quince eslabones
La mayoría de las veces, los dirigidos de Brusa fueron de punto y terminaron siendo banca. “Pensaron que era paloma, les salió gavilán”, habrá dicho en numerosas ocasiones el maestro. Cada uno de sus campeones mundiales, quince al momento de escribirse estas líneas, fue producto de un esfuerzo distintivo y una situación especial. Son los quince eslabones de su cadena de éxitos ecuménicos. El incomparable Carlos Monzón -su joya más preciada- fue el primero, cuando Amílcar tenía 48 años. Una verdadera epopeya. Con él patentó una frase, que sintetiza la falta de confianza que había de parte de un sector de la prensa y de los entendidos en boxeo al momento de acercarse Carlos a los primeros planos y a la pelea por el título mundial: “En Buenos Aires no lo supieron ver”. Obviamente, el mensaje valdría para muchos de los que componen su escuadrón de consagrados. El segundo de sus campeones, Miguel Angel Cuello, le significó alcanzar, en 1977, una corona por afuera de la influencia de Juan Carlos “Tito” Lectoure y de la empresa Luna Park (Osvaldo Nogueira y Umberto Branchini fueron los artífices).
Después, ya exiliado deportivamente en Venezuela -país al que partió en 1981-, se dio el gusto enorme de consagrar campeón mundial a un púgil que tenía récord negativo y ni siquiera pintaba para sorpresa, el dominicano Francisco Quiroz. Luego vino el venezolano Antonio Esparragoza, boxeador astuto, competente y guapo, que se acercó al nivel de excelencia logrado con Monzón (tal es así, que aún hoy Brusa lo destaca como el mejor de los campeones que tuvo en el exterior). También están los colombianos, como Rafael “Derby” Pineda, al que recuerda como un tipo desagradecido; Miguel “Happy” Lora, un talentoso rebelde, problemático y vacío; José “Sugar Baby” Rojas, el obediente pugilista que fue verdugo de Santos Benigno Laciar (doblegar a “Falucho” resultó, sinceramente, una hazaña deportiva, y el maestro tuvo mucho que ver en eso); el malogrado Tomás Molinares, desperdiciado por las drogas; Luis “Chicanero” Mendoza, un gran profesional; y Francisco Tejedor, coronado al poquito tiempo de la muerte de Monzón.
En su primer retorno a nuestro país se dio el gusto de campeonar con el minimosca Juan Domingo “Panza” Córdoba (luz de un día) y con Jorge “La Hiena” Barrios, aunque este haya sido ganador de un título menor en superpluma -el de la Unión Mundial de Boxeo (UMB)-, el logro fue de visitante, es decir “a domicilio”, como le gusta decir a él. Otra vez en el exterior, trabajó incansablemente en Los Angeles (Estados Unidos) para que el superpluma estadounidense Carlos “El Famoso” Hernández consiguiera el primer título del mundo para El Salvador, país cuyos colores defendía, en honor a la nacionalidad de sus padres. Con posterioridad, como es de público conocimiento, Amílcar aportaría lo suyo a favor de Carlos Baldomir, en cuya hazañosa conquista participó largamente, como respaldo de la encomiable labor realizada por alguien que también supo ser pupilo y discípulo suyo, José Lino Lemos. Cuando el camino hacia el título se le había entorpecido demasiado al “Tata”, Brusa lo recibió en el gimnasio La Brea Boxing Academy, bajo el pujante pero inestable manejo del empresario mexicano Javier J. Zapata.
“Yo siempre tengo fe en mis pupilos”, le enfatizó a Julio Ernesto Vila y Osvaldo Príncipi en el Club El Ciclón de Rosario, durante la transmisión del ciclo Boxeo de Primera del 17 de diciembre de 2005, unos días antes de viajar para la pelea de Baldomir con Zab Judah en Nueva York. La parada era muy difícil y otra vez uno de los suyos iba de “pichón”, al banquete de uno de los gavilanes de turno. Pero el vaticinio previo de la cátedra falló y Carlos ganó, consagrándose campeón contra todos los pronósticos. Tras la coronación y otras dos peleas titulares, contra Arturo Gatti (victoria) y Floyd Mayweather (derrota), la relación entre ambos se resquebrajó y cada cual siguió su rumbo.
En los últimos dos años, el infatigable entrenador se aferró al ponderable desafío de instalar en el sitial de los campeones del mundo a la jujeña Alejandra Marina Oliveras (“Locomotora”), con quien, finalmente, consiguió llegar al campeón número 15 de su fructífera cosecha mundialista el viernes 12 de agosto de 2011. Fue en el gimnasio de la Asociación Atlética Estudiantes de Río Cuarto (Córdoba), frente a unas 1.200 personas aproximadamente. En dicho lugar, Alejandra le ganó por retiro en el quinto asalto a la colombiana Liliana Palmera, para quedarse con el título liviano (61,235 kgs) de la AMB que estaba vacante. La discípula de Brusa, que pesó 60,900 al igual que su rival y tiene una potencia superlativa, envió a la lona a su adversaria en el segundo round y le propinó una verdadera golpiza en el tercero y cuarto, a tal punto que al inicio de la quinta vuelta voló la toalla desde el rincón visitante en señal de abandono.

Amílcar junto a su esposa y leyendo El Litoral. La relación del grandote con el diario fue desde siempre. El recibía en Estados Unidos o en Colombia la edición impresa de El Litoral. Para nosotros, un gran orgullo. Foto: Archivo El Litoral