Al margen de la crónica
Al margen de la crónica
El nacimiento del sonido
Para los amantes de la música, el jazz no es cualquier cosa. Es un ritmo que se incorpora a la vida sólo cuando se alcanza cierta madurez, y la armonía mental suficiente. No obstante, una vez adoptado, nos acompaña por el resto de nuestros días.
Muchos de los que elegimos ese género, lo hicimos tras caer rendidos bajo el dulce hechizo de Stan Getz, quien hoy cumpliría 85 años.
“The sound”, apodo con el cual lo bautizarían por la conmovedora delicadeza del lenguaje que imprimía con su instrumento, marcó hitos fundamentales en las memorias del jazz.
Su dominio del saxo y su descomunal lucidez no sólo lo convirtieron en una estrella, sino que lo empujaron a franquear todos los límites y fusionar exitosamente su propio ritmo, con otros tan dispares como la bossa, el pop o el rock.
Con sólo quince años, debutó profesionalmente con la orquesta de “Stinky” Rogers y hasta 1946 participó sucesivamente en nueve big bands.
En 1948, con su histórico “Early Autumn”, captó la atención dentro del exigente mundo del jazz y comenzó a liderar bandas compuestas por talentos como Horace Silver, Al Haig o Tiny Kahn.
Hacia los ‘60, Getz y John Coltrane ya se disputaban gloria y ventas en EE.UU. La pulseada en ese momento fue ganada por Getz, a partir de un novedoso y arriesgado concepto: “Jazz Samba”, su primer álbum de bossa-nova. El disco cayó tan bien, que el siguiente paso fue su encuentro con los brasileros Antonio Carlos Jobim, JoÆo Gilberto y Astrud Gilberto. De esta cumbre de virtuosos surgió su recordada colaboración en “Garota de Ipanema”, tema que ha extasiado a todo aquel que lo haya escuchado alguna vez.
El álbum Getz/Gilberto, ganó dos premios Grammy en 1965, superando a Los Beatles con su “A Hard Day’s Night”. Esto constituyó una reivindicación para el jazz y situó a Getz en un grato y merecido lugar dentro de la historia de la música.
No conforme, prosiguió trabajando, explorando nuevas fusiones y tendencias. Parecían no existir límites para su creatividad, la cual generó durante los setenta y ochenta infinidad de discos. Todos distintos, todos de incomparable calidad.
Según sus propias palabras, el saxo era su oxígeno, su eje, incluso a expensas de todo lo demás en su vida. Y es que Getz no tenía otra opción, el jazz poseía cada fibra de su ser. De hecho, su entrega era tan profunda que continuó tocando hasta sus últimos días. Y ni siquiera la enfermedad pudo apartarlo de su intenso amor por la música. El cáncer de hígado apagó su ser en 1991. Pero ya nada podría silenciar a “El Sonido”.