Al margen de la crónica

Los afganos y el número 39

El número 39, en Afganistán, se ha convertido en un gran objeto de controversia en la conservadora sociedad del país asiático, donde muchos no lo quieren ver ni en pintura. Cuenta la leyenda que el mito en torno a estos dos dígitos surgió en la ciudad occidental afgana de Herat, a raíz de que un conocido proxeneta local usara números de teléfono y taxi vinculados al 39.

Con el paso del tiempo, la superstición lo ha convertido en una cifra maldita que cuenta con un amplio ejército de detractores en los ámbitos del comercio, la educación e incluso al máximo nivel político. Algunos se lo toman muy en serio y han protagonizado campañas en contra del número, instando a la población a abstenerse de comprar vehículos con una matrícula que contenga esos dos dígitos y de colgar referencias al mismo en oficinas o escaparates.

La preocupación alcanza tal nivel que un coche con matrícula que empiece o acabe en 39 cuesta habitualmente en Afganistán la mitad del precio original. “Compré un coche por 7.000 dólares hace años y ahora me dispongo a venderlo por apenas 4.000 porque la matrícula acaba en 39”, relató el comerciante kabulí Mohamed Saber, que se lamentó por la devaluación pese a haber conservado el auto “en buen estado”.

Tanto en las aulas de educación primaria como en las de la universidad, son pocos los que desean sentarse en un pupitre que lleve los dos dígitos de la discordia o tener el mencionado número en la lista del curso. “Un alumno vino a verme después de clase y me pidió que le cambiase el número de registro”, dijo Shabnam Rasikh, una maestra de una escuela de la capital afgana.

Rasikh explicó que sus compañeros “se reían” de él y le llamaban 39 a modo de broma en lugar de por su nombre.

La superstición se convirtió en cuestión de Estado cuando el pasado noviembre la “Loya Jirga” afgana tuvo que saltarse, entre gran polémica, el 39 al numerar la cuarentena de comités encargados de estudiar y debatir un pacto estratégico con los Estados Unidos de Norteamérica.

La razón esgrimida fue que daba “mala suerte”.

“Si los delegados que representan al pueblo afgano ante el presidente nos hacen quedar de esta manera delante de la comunidad internacional, ¿qué se puede esperar de un taxista o comerciante iletrado?”, criticó el mulá Ataulá Fauzi, de Kabul.

“Es un simple número que carece de significado en la religión islámica. Solo la mentalidad incorrecta de algunos conduce a pensar otra cosa”, subrayó Fauzi. El mulá agregó, no obstante, que cuando el profeta Mahoma se convirtió en el mensajero de Alá tenía justamente 39 años, y que una mujer pasa 39 semanas de embarazo antes de dar a luz a su hijo.

“Necesitamos el número 39 para todo en la vida”, bromeó.