Edición del Martes 27 de marzo de 2012

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Pinocho, un inmigrante más - Edición Impresa - Opinión Opinión

2 de abril. Día de la Literatura Infantil

Pinocho, un inmigrante más

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Por Graciela Pacheco de Balbastro

 

Ese día se honrará a los Veteranos y los Caídos en la Guerra de Malvinas, aunque más correcto histórica y geográficamente es llamarla Guerra del Atlántico Sur. Ellos se merecen una mejor pluma que la mía, así que desde este introito, va el homenaje a todos nuestros héroes y sus familias.

Y también se conmemora el Día de la Literatura Infantil, de la LIJ, como la llamamos sus amigos (Literatura Infantil y Juvenil). Fue elegida esta fecha para celebrar el nacimiento del escritor Hans Christian Andersen (Odense, Dinamarca, 2 de abril de 1805 / Copenhague, Dinamarca, 4 de agosto de 1875). Este Encantador de Generaciones es el autor de cuentos tan conocidos como La sirenita, El patito feo, La pequeña cerillera, El traje nuevo del emperador, etc. La idea de elegir un día para la puesta en valor de la LIJ, surgió como una estrategia más para despertar el gusto por la lectura y acercar los libros a los niños y adolescentes.

Haciendo honor a esos objetivos, Pinocho, que sólo trabajó de títere a consecuencia de haber andado en malos pasos, pero que no nació ni marioneta ni guiñol, sino que desde el principio fue un leño con vida propia, decidió que hoy, en honor de la Literatura Infantil, se hablase de él y para que a nadie le saque ni la lengua ni la peluca color polenta y se ponga a jugar con ella o que llore y proteste como hacía con el carpintero Cereza, mejor emulemos la resignada y amorosa actitud del buen Geppetto y ocupémonos de su interesante vida.

Entonces, si no nació como títere de las manos del hábil Geppetto, ¿qué fue? Pues un leño, un trozo de madera al que la imaginación de Carlo Collodi (Carlo Lorenzini, su verdadero nombre) lo dotó de vida, de libre albedrío, un muñeco de madera que quiso “vivir la vida” pero que por apurar sus aventuras hasta el último sorbo, pasó por cientos de peripecias trágicas, alejándose cada vez más de su mayor deseo: convertirse en un niño de verdad.

Y hablando de verdades hay que recordar que tampoco nació como cuento, sino en exitosas entregas en un periódico llamado Giornali per i Bambini, episodios tan exitosos, que en 1883 apareció la novela de treinta y seis capítulos publicada en Florencia, a la que su autor tituló Le avventure di Pinocchio. Cuando Carlo Lorenzini empezara a escribir en el siglo XIX los capítulos de su Storia di un burattino, no soñaba con la fama que alcanzaría su personaje, Pinocho.

Fueron sus voraces lectores de las entregas por capítulo, los que reescribieron el final feliz de la historia, pues el autor termina su “bambinata” matando a Pinocho, quien muere ahorcado. Tanta fue la indignación de los seguidores de las aventuras, que el director del Giornali per i Bambini lo conminó a que encontrara un efecto “Deus ex machina” para que el protagonista viviese y todo concluyera con un final feliz. Imaginen ustedes si J. K. Rowling llega a matar a Harry Potter, extenuada ya de escribir sus novelas.

No sabemos si la horca como destino-castigo de Pinocho se debió al final realmente deseado por Collodi (no olvidemos que uno de sus admirados escritores fue Charles Dickens, autor de “La tienda de antigüedades” (The Old Curiosity Shop) en el que la protagonista, amada por todos los lectores, muere, final trágico que enardeció a sus seguidores, o si por el contrario, como era medio remolón para escribir, quería sacudirse el trabajo de encima pues hay quien dice que lo escribió para saldar deudas de juego.

Pero Pinocho se salvó de la horca, creció en Italia, fue leído, releído y narrado y renarrado, hasta convertirse, casi, casi en un cuento de trasmisión oral. Las “nonnas” lo contaban y agregaban y restaban personajes y cruzaron el Atlántico y con ellas llegó Pinocho y posteriores traducciones y refritos. Hasta que Walt Disney decidió llevarlo al cine y entonces, en Hollywood, nació otro Pinocho, según los entendidos, de los mejores productos salidos de esa fábrica de ensueño que son los estudios Disney. Esta empresa había comprado los derechos a los herederos de Collodi, pero cuando éstos vieron en lo que se había convertido la obra literaria, alejada de la pluma de Lorenzini, entablaron juicio a los estudios, que por supuesto perdieron.

Pero hay otra historia apasionante de Pinocho y es la escrita desde otros códigos: la de los ilustradores. El primer ilustrador de Pinocho fue Ugo Fleres, colaborador fijo de la revista Giornale per i bambini y luego Enrico Mazzanti, para el libro. ¡Verdaderas obras de arte ilustraron varios de los libros! Hay cuadros que se prestan al ojo crítico del más estricto especialista. Los cuadros de Roberto Innocenti, por ejemplo, cuadros que hablan con luz y color y que hacen silencio con el uso de las sombras. Otro dato curioso: el ilustrador que dibujó a Pinocho en vida del autor no le puso hilos, lo vio como un muñeco de madera, animado con el soplo de vida de su creador, pero no con hilos que lo moviesen a voluntad y Collodi conocía y tenía buena relación con Mazzanti, así que por lo visto estuvo de acuerdo .

De ese otro Pinocho escrito desde la plástica hay material para hacer varios libros. Y parte de esta historia recuerda a “El ankus del rey” de Rudyard Kipling: el que lo tocaba, moría. Y varios fueron los ilustradores propuestos en distintos países, que al recibir el trabajo morían misteriosamente, o perdían las manos y era otro el que heredaba el trabajo.

Pero a Pinocho le falta tiempo. Debe volver a atender a Geppetto, pues como buen hijo ya tiene al anciano a su cargo. Antes de partir, nos deja de recuerdo, varios retratos que nos hablan de su vida aventurera, vida que llegó a buen puerto por la ruta del amor hacia su creador y por su decisión de crecer y de convertirse en un ‘ragazzo como tutti gli altri’.



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Martes 27 de marzo de 2012
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