Edición del Martes 27 de marzo de 2012

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El Papa y los alcances y límites de una gira diplomática - Edición Impresa - Opinión Opinión

La vuelta al mundo

El Papa y los alcances y límites de una gira diplomática

El Papa y los alcances y límites de una gira diplomática

El Papa ofreció misa frente a una multitud en Cuba. Con respecto al marxismo, Ratzinger ha dicho lo que tenía que decir. El problema en Cuba no es Marx, si no los Castro. foto:efe

Por Rogelio Alaniz

 

Sería un error evaluar la gira de Benedicto XVI por México y Cuba en términos estrictamente políticos, pero también sería un error desconocer la gravitación política de la máxima autoridad de la Iglesia Católica. La distinción es relativamente sencilla de hacer en términos teóricos, pero en la práctica todo es más complejo porque la línea que separa lo religioso de lo político no es tan fácil de trazar en la vida real.

Los expertos en temas religiosos aseguran que el Papa realiza esta gira para fortalecer la fe en el continente donde la Iglesia Católica sigue contando con más adhesiones. A los altos dignatarios eclesiásticos no se les escapa que el siglo XXI se abre hacia un futuro incierto y cargado de acechanzas. Los riesgos no son diferentes a los que tuvieron que afrontar en otros tiempos, pero en todos los casos lo cierto es que la fe es un valor que debe defenderse con testimonios, con convicciones y con pasión.

Se dice que la iglesia está atravesando por una de las crisis más duras de su historia. Puede ser. Puede ser, siempre y cuando se admita que la Iglesia Católica nació en un mundo en crisis, al punto que muy bien podría escribirse su historia a partir de las sucesivas crisis que debió afrontar a lo largo de dos milenios. En este sentido, la que enfrenta hoy no es muy diferente de las anteriores. Puede que el espíritu de la fe sople donde quiere, pero ese soplo siempre se produce en escenarios inciertos donde el futuro es muchas veces un vacío, un riesgo o un gran signo de pregunta.

Los sociólogos admiten hoy que desde los inicios de la modernidad cada generación ha supuesto que le tocaba afrontar las situaciones más duras y difíciles. Nuestra generación no es la excepción, y lo que vale para la política, la historia y la vida cotidiana, también vale para la fe. Cada generación, por lo tanto, debe crear y recrear su propio horizonte de certezas. El mundo cambia, pero lo que importa saber es que los cambios se dan sobre una permanencia. Esa relación entre lo que permanece y lo que cambia es un desafío para todos y, muy en particular, para los sacerdotes quienes, dicho sea de paso, son los que más se han esforzado por hacerla inteligible porque ellos, más que nadie, están obligados a sostener en un mundo consumista el misterio inescrutable y palpitante de la fe.

Es verdad que los procesos de secularización se han profundizado, que la fe ya no es vivida como antes y que numerosos cultos -algunos respetables, otros despreciables- compiten con la Iglesia Católica. A ello hay que sumarle lo que se conoce como la crisis de las vocaciones y, en los últimos años, los escándalos promovidos por sacerdotes pedófilos, escándalos que puededn haber sido sobredimensionados, pero que no por ello dejaron de ser reales, poniendo en evidencia problemas internos en la formación religiosa de los sacerdotes ya que queda claro que los numerosos abusos sexuales son algo más que una anécdota.

A pesar de estas dificultades, la Iglesia Católica sigue siendo poderosa y ese poder sigue siendo fundamentalmente espiritual. Como lo dijera en su momento el propio Ratzinger en uno de sus raros arrebatos de buen humor: la Iglesia Católica ha probado que existe gracias a la intervención del Espíritu Santo porque ha sobrevivido dos mil años a pesar del empeño de sus propios miembros en desprestigiarla.

Así se explica que la visita del Papa siga siendo un gran acontecimiento religioso y cultural. Son multitudes las que se movilizan para recibirlo, saludarlo, participar en las misas por él celebradas. Esas multitudes no están manipuladas, en este sentido hay que reconocer allí una pasión auténtica, una devoción genuina que quienes no somos creyentes debemos esforzarnos por entender.

En la misa celebrada en la localidad mexicana de Siloa asistieron alrededor de 600.000 personas. Allí estuvo el poder de la multitud, pero también acompañaron al Papa las máximas autoridades políticas de la nación, una nación que desde hace décadas mantiene con la Iglesia Católica relaciones institucionales complejas. Benedicto XVI ofició la misa, pero también hablo de la violencia en un país donde bandas de narcotraficantes han asesinado a más de cincuenta mil personas. En declaraciones a diversos medios, el Papa condenó a la mafia de la droga y al marxismo. Lo hizo con diferentes tonos porque se trata de realidades diferentes, pero lo hizo. La crítica al marxismo llamó la atención, porque la realizó horas antes de visitar el país donde esa ideología constituye el credo oficial de un poder que se mantiene como tal desde hace más de medio siglo.

¿En qué momento el discurso del Papa se desplaza de lo religioso a lo político? No es fácil precisarlo, pero lo cierto es que ese desplazamiento existe. Condenar a la mafia y al marxismo implica tomar decisiones políticas, sobre todo si entendemos por política toda actividad que se relaciona con la convivencia pública. Los discursos de los Sumos Pontífices hace rato que han perdido el tono catastrófico o condenatorio de otros tiempos; por el contrario, suelen ser opiniones regidas por el código de la diplomacia, de la diplomacia Vaticana, se entiende.

Las autoridades de la Iglesia hablan con un lenguaje que para algunos es ambiguo y para otros tiene la transparencia de lo evidente. En cualquier caso es un lenguaje pulido, cuidadoso de los efectos de las palabras, detallista a la hora de emplear los adjetivos. Dos mil años de historia le han enseñado a la Iglesia Católica a manejarse con prudencia y sabiduría en el proceloso mar de la política y las olas que producen sus contingencias. Un Papa nunca dice más de lo que se propone decir. Y tampoco dice menos. Después, todo consiste en saber leerlo.

Benedicto XVI es el segundo Papa que visita la Cuba de los Castro. La primera visita la hizo Juan Pablo II en 1998. Su consigna entonces fue: “Que el mundo se abra a Cuba y que Cuba se abra al mundo”. Fue una consigna inteligente, sobre todo por su capacidad de sugerir. ¿La consigna incluía una crítica al embargo de EE.UU.? Puede ser. ¿Al embargo o al bloqueo? Allí la respuesta no es tan sencilla. Cuba según mi punto de vista no está bloqueada y si algún bloqueo sufren sus habitantes, ese bloqueo lo impone la dictadura de los Castro.

Hoy no sabemos cual será la consigna de Ratzinger, si es que hay alguna. Con respecto al marxismo ya ha dicho lo que tenía que decir, pero, insisto, el problema en Cuba no es Marx, si no los Castro. Ratzinger lo sabe, pero no sé si puede decirlo. Difícilmente en su visita a Santiago y La Habana, el Papa avance en las críticas. Él no viaja a Cuba para encabezar el derrocamiento del régimen, sino a tratar de ampliar las libertades para su religión ¿Recibirá a las Damas de Blanco? No lo sabemos, pero por lo pronto no hay ninguna reunión agendada.

Por supuesto que todos desearíamos que la máxima autoridad de la Iglesia Católica recibiera, aunque sea un minuto, a las mujeres que luchan contra la dictadura y que soportan persecuciones y castigos, pero lo que desean las Damas no es exactamente lo que desea o puede hacer el Papa. La Iglesia Católica, en ese sentido, es conservadora y su prédica contra un régimen con el que objetivamente está en desacuerdo trabaja a mediano y largo plazo, nunca en tiempo presente. Su situación no es diferente a la de la Iglesia Ortodoxa rusa en tiempos de Lenín y Stalin. Los ortodoxos se sometieron al comunismo, hicieron silencio y sólo se limitaron a rezar ¿Hubieran podido hacer otra cosa? Es probable, pero queda para la historia determinar si no quisieron o no pudieron.

En el caso de Cuba, la Iglesia hace rato que ha desestimado la alternativa de combatir al régimen. El obispo Jaime Ortega es un negociador nato y toda su inteligencia esta puesta en ganar espacios en la sociedad civil para reivindicar la libertad religiosa con la esperanza de que esa ampliación contribuya a democratizar la sociedad en su conjunto. No sé si las Damas de Blanco serán recibidas por el Papa, pero lo cierto es que los únicos espacios institucionales donde estas mujeres reciben solidaridad es en las iglesias, no en todas, pero si en las más importantes. ¿Alcanza con eso? Cuando se lucha contra una dictadura todo suma, pero nunca alcanza.

De todos modos, sería deseable que de forma directa o indirecta, sugerida o insinuada, sigilosa o visible, el Papa diga o haga un gesto en favor de estas mujeres. Entiendo las exigencias de la diplomacia, pero se me ocurre que la Iglesia es algo más que una embajada. Los principales teólogos nunca han renunciado a reconocerle a la Iglesia una misión sagrada que incluye, en primer lugar, la defensa de los derechos humanos y la solidaridad con los perseguidos. No soy un experto en teología, pero se me ocurre que Jesús no vino al mundo para cumplir con las reglas del protocolo diplomático.



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