Edición del Sábado 28 de abril de 2012

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Navegando por las orillas del mundo - Edición Impresa - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Carlos “Negro” Aguirre y su nuevo disco

Navegando por las orillas del mundo

El compositor entrerriano está presentando “Orillania”, su último disco, mientras sigue abriendo puertas creativas e interpretativas.

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“Me pareció relindo experimentar esa otra energía, de los tambores, más ‘pa’ afuera’, que es más alegre pero también más guerrera, más visceral”, explica el artista. Foto: Gentileza producción

 

Ignacio Andrés Amarillo

iamarillo@ellitoral.com

Carlos “Negro” Aguirre sigue expandiendo su universo musical personal, y su último puerto es “Orillania”, un disco que explota diferentes ritmos y sentires de una Latinoamérica global (en el buen sentido).

El Litoral conversó con el personal artista para conocer más sobre este proyecto y los venideros.

—“Orillania” tiene que ver con las orillas, pero también con los orixás...

—Con ambas cosas. Tiene que ver con los viajes que fui haciendo por Latinoamérica en todos estos años, los amigos que fui encontrando, las músicas que fui aprendiendo; y fruto de todo eso las composiciones que hice en torno a esos viajes, de todo ese sedimento.

El común denominador es que son músicas que están a la orilla del mar: me pareció lindo pensar en una suerte de continente inexistente que son todas orillas.

Por otra parte, en la gráfica del disco (realizada por Pamela Villarraza) hay abrazos, las orillas están hechas por los brazos. Abrazar esos lugares...

—Estar cerca...

—Sí, para mí el disco era una celebración de los vínculos que fui encontrando en esos lugares, amigos con los que felizmente cada tanto nos encontramos a tocar y compartir la vida.

Transiciones

—Venías del disco de piano solo, después reformulaste el Carlos Aguirre Grupo. ¿Cómo influyó ese proceso?

—En realidad, el disco pasó por toda la transición del grupo, de lo que era un noneto en el que estaban José Piccioni, en percusión; Natalia Damadián, Florencia Distéfano, Jorgelina Barbiero y Silvia Salomone, en voces. En las guitarras, estaban Luis Medina y Alfonso Bekes.

Después hubo una transformación del grupo, por esas cosas de la vida de los grupos (intereses, en el sentido del camino de cada uno), e ingresaron Gonzalo Díaz, en la percusión; Paula Rodríguez y Emilia Wingeyer -de Santa Fe-, cantando, y sigue Silvia Salomone. Alfonso ya no está en el grupo, Luis sigue, y se integra como un invitado permanente Nicolás Ibarburu, en otra guitarra. También se integró en este último tiempo como invitado permanente Sebastián Macchi en teclados, acordeón.

—¿En el bajo quién está?

—Sigue Fernando Silva, en todas las formaciones, desde la primera época.

Fue un disco que se bancó toda esa transformación. Pero el grupo acá no graba como tal. En tres temas está como grupo, y después están los integrantes aisladamente, o temas que se completaron con otros músicos. En gran parte de los temas grabó José Luis Viggiano la batería, entonces José Piccioni estaba más como percusionista, aunque en algunos grabó él la “bata”. Después grabó tambores José Olmos, de Santa Fe. No lo pensé de entrada como un disco del grupo.

—Es un disco propio, convocando diferentes músicos.

—Sí, y de formatos diversos. Había candombe, era reimportante que estuvieran los tambores, con los tres José: Olmos, Piccioni y Viggiano. Cada tema era un formato diferente.

Además, están los invitados que yo quería considerar para los solos o para que se hicieran cargo de la voz principal. Ahí están Hugo Fattoruso, Jorge Fandermole...

Compañeros de travesía

—¿Cómo sabías que querías a cada uno de ellos?

—Sentía que los temas tenían un poco la impronta de cada uno de ellos, y que termine de consumar eso que estaba incluido.

En el caso de “Fander”, la elección fue muy sencilla porque es un tema que hicimos los dos, texto de él y música mía; ahí cantó Juan Quinteros también. Después los otros fueron acomodándose, iba pensando “quién puede cantar esto...”.

—¿Cuánto queda de la idea original en lo que se va transformando con el contacto con el otro?

—Cada músico te saca un aspecto tuyo, una energía que no te imaginabas que podías tener. Éste es un disco reextrovertido, y no es la energía con la que yo vengo en los discos anteriores, iba más hacia la introspección. Y me pareció bueno experimentar esa otra energía, de los tambores, más “pa’ afuera”, que es más alegre pero también más guerrera, más visceral.

Otras latitudes

—Eso ya lo has trabajado antes, en otros discos...

—Es verdad, o en el concepto de Nube Negra. Uno va incorporando otras cosas, y como que dejé de pelearme con esos dos mundos, está bueno llevarlos paralelamente. Porque uno es varias cosas, y todo eso va mutando. Está bueno que uno lo asuma y se deje de pelear, y las incorpore a su mundo. Como los permisos que uno se da...

—Permisos para abordar diferentes ritmos...

—Uno por ahí los puede estudiar de un libro, o tocarlos técnicamente, pero otra cosa es tocarlos con la gente del lugar, y entenderlos en profundidad. Lo que se escucha en este disco no son los ritmos puros, hay ritmos que están mixturados. No quería hacer los ritmos puros, sino como un sentir latinoamericano.

—Tampoco tendría sentido, porque no sos ni un bahiano, ni un montevideano...

—Igual el candombe es un lenguaje más cercano, pero las cosas centroamericanas... no me siento un salsero con todas las letras (risas). Pero lo he intentado tocar con proyectos que he tenido, como Marabunta, cuyo líder era Ricardo Panizza, un uruguayo que vivió mucho tiempo en Paraná: esa banda tenía como objetivo armar un repertorio de música centroamericana, que la gente pudiera bailar. Era una oportunidad para aprender esa música.

Uno va a descubriendo que más allá de las diferencias hay muchas cosas en común, y que muchas músicas que uno las cree de este país tienen origen en otro: la chacarera para mí es como una hija del festejo peruano; la cueca con la zamacueca peruana. No es un descubrimiento, pero una cosa es leerlo en un libro de un musicólogo y otra es contactarlo.

Orillas ribereñas

—Hay a partir de Juan L. Ortiz una “Orillania” fluvial... es otro clima.

—Totalmente. Cuando me refiero a las orillas también pienso en el río.

—El río es una presencia, es una metáfora de algo...

—De un pasar, de un devenir, y de cómo va templando la forma de ser, de mirar el mundo. Al cabo de unos años terminé viviendo en Bajada Grande, un barrio de pescadores, al lado del río. Eso es intencional, es buscar una proximidad y un contacto más diario con ese paisaje que es más allá de una postal.

Viaje solitario

—¿Qué otras cosas y formatos tenés en la cabeza?

—Hay un proyecto que me tiene muy cautivado. Siempre el “Zurdo” Miguel Martínez hablaba de la extinción de la figura del solista, no como el que está al frente de una banda, sino del que toca solo: llámese Atahualpa, Falú, Omar Moreno Palacios.

Siempre me resonaba esa idea, porque el hecho del solista, como está tocando sin otros músicos, tiene algunos permisos expresivos, una herramienta que está bueno explotarla.

—Ciertas pausas...

—Eso, me acordaba también de Bola de Nieve, el tiempo era por momentos como de goma, se estiraba, se contraía... Se puede hacer con un grupo, pero en el solista eso tiene una fuerza.

Cuando el “Zurdo” falleció, eso tomó una fuerza en mí, y tuve ganas de hacer un disco tocando el piano y cantando, específicamente tomando autores del Litoral y versionarlos. Tal vez, habría alguna composición mía...

—Una dedicada al “Zurdo”...

—Yo le escribí una que se llama “El río del Zurdo”, un chamamé, así que muy probablemente esté.

—¿Cuándo arrancarías con eso?

—Este año, después de una gira por Japón en mayo, en dúo con Quique Sinesi. Al regreso tengo ganas de hacer los arreglos y meterme a grabar.

Mares orientales

—¿Cómo salió la gira? Es un mercado raro...

—Sí, pero a la vez muy afín a nuestra música. Yo tuve la suerte de ir en 2010, a raíz de que ellos editaron el disco “crema”, el primero del grupo. Antes hubo una relación entre nuestro sello, Shagrada Medra, y un importador de allá interesado en ese catálogo.

En un momento, dijo que había un sello interesado, que armó aquel viaje solo. Ahora es a dúo, y editaron simultáneamente “Orillania”.

—O sea que ahora alguien lo tiene ahora allá, escrito en kanji y katakana...

—Sí, la gráfica es la misma, pero en japonés.



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