Edición del Sábado 28 de abril de 2012

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Ubaldo De Lío: una cinta negra en la guitarra - Edición Impresa - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

Ubaldo De Lío: una cinta negra en la guitarra

La nota
 

Manuel Adet

Se apagó una de las grandes guitarras del tango, para más de un crítico la mejor o la más perdurable. Su música pudimos disfrutarla casi hasta lo último. En el Club del Vino, sin ir más lejos, era posible escuchar su música siempre acompañada del piano de Horacio Salgán. El 25 de Mayo de 2010 los dos fueron presentados por César Salgán ante una multitud que se calculó en más de un millón de personas. Fue una despedida apoteótica, digna de la historia de ellos, una historia que se extendió sin altibajos durante casi cincuenta años. En esa noche inmensa del 25 de Mayo con el Obelisco como testigo, Salgán y De Lío se lucieron interpretando “Susheta”, de esa otra gran pareja tanguera que fue Cobián y Cadícamo y “La llamó silbando”, del propio Salgán.

La guitarra en el tango dispone de su propia historia. El primero en legitimarla y en recurrir a ella fue Gardel y de allí en adelante todo cantor que se preciara en algún momento recurrió al acompañamiento de guitarra. De Lío en ese sentido fue uno de los grandes exponentes, al punto que llegó a jactarse de haber acompañado a los mejores, lamentándose al pasar de que se le hayan escapado Gardel y Magaldi.

En efecto, Ignacio Corsini, Mercedes Simone, Nelly Omar, Azucena Maizani y Oscar Alonso, entre otros, contaron con sus acordes. Con Hugo del Carril estuvo entre 1947 y 1955 y los viejos tangueros aseguran que para disfrutarlo en serio a Edmundo Rivero hay que escucharlo con la guitarra de De Lío, con ese rasgueo que llegó a ser inconfundible parta todo tanguero de ley.

Ubaldo De Lío nació en Boedo, el barrio de Julián Centeya, el 11 de marzo de 1939. Los más exagerados aseguran que llegó al mundo con la guitarra bajo el brazo, pero leyendas al margen, lo cierto es que a los diez años una foto lo registra con una guitarra que parece más grande que él. Se dice que uno de sus maestros fue José Canet, el autor de ese hermoso valsecito que se llama “Me besó y se fue”, pero otros aseguran que su principal maestro fue su padre.

Educado en ese ambiente, apenas terminó la primaria pasó por un Conservatorio Musical donde obtuvo un título que nunca necesitó exhibir, porque lo que hacía no se aprendía en ningún conservatorio. De todos modos, a los quince años -la edad que en en aquel tiempo se dejaban los pantalones cortos- De Lío integraba por derecho propio el elenco estable de Radio Belgrano, acompañado de los guitarristas Vila, Ciacio y Cortese.

Alguna vez habrá que estudiar con más detenimiento las relaciones entre el jazz y el tango, sobre todo porque los músicos más importantes del género en algún momento incursionaron en el jazz o incluso se iniciaron con él. En el caso de De Lío, a principio de los años cincuenta fundó el Quinteto Jazz, integrado por algunos personajes que luego darán que hablar: Lalo Schifrin, Hernán Oliva y Guillermo Barbieri.

Con esa banda los jóvenes músicos aprendieron y se divirtieron mucho, sobre todo en los piringundines de la noche porteña, en un tiempo en que hasta en el boliche más modesto era posible disfrutar de una buena orquesta de tango, de jazz o música tropical. La biografía de De Lío registra el “New Inn” de 25 de Mayo y Viamonte, un modesto bodegón frecuentado por marineros, donde era posible escuchar música cubana. Poco tiempo después se podía disfrutar de su guitarra en el “Jamaica” de Paraguay y San Martín, un reducto nocturno donde el tango y el jazz se mezclaban y en el que era posible disfrutar del fueye de Ciriaco Ortiz. O que entre el público estuviera, por ejemplo, Astor Piazzolla quien a cierta hora de la noche era invitado a subir al improvisado y modesto escenario. La otra presencia notable en el “Jamaica” era la de Horacio Salgán con su piano y acompañado de Ortiz.

Salgán y De Lío se conocieron allí. Y se cuenta que en los trasnoches, cuando la puerta de calle se cerraba y sólo quedaban los amigos compartiendo copas y música, empezaron a hacer sus primeros palotes. Fue precisamente en esa suerte de templo de la bohemia porteña -posiblemente alguna madrugada de invierno- cuando Salgán y De Lío decidieron dejar de improvisar para los amigos. En esas “tenidas” tangueras nació el Quinteto Real, integrado por ellos dos, -uno en el piano y el otro con la guitarra- a los que se sumaron Enrique Francini en el violín, Pedro Laurenz en el bandoneón y Rafael Ferro en el contrabajo, que luego sería reemplazado por Quicho Díaz.

El Quinteto Real es un clásico de la historia del tango y la dupla Salgán-De Lío una marca registrada. El Quinteto debutó en Radio el Mundo el 1º de septiembre de 1959, y a partir de allí los lunes y jueves era posible disfrutar de su excelencia musical. Con el espaldarazo de la radio, llegaron los contratos en los grandes salones del tango porteño. Primero en la Richmond de calle Esmeralda, luego en Caño 14, Tibidabo, Viejo Almacén, hasta las recientes sesiones en el Club del Vino. Con el Quinteto Real, De Lío conoció el mundo. Giras por Europa, América Latina y Oriente, grabaciones en los grandes sellos de su tiempo.

Para esa época De Lío hacía rato que estaba casado con Amelia Daneri, una mujer que como se dice en estos casos, le tuvo la paciencia de una santa, porque a nadie se le escapa que la vida del músico es la noche, las giras interminables, los hoteles y los ensayos. Con algo de humor, De Lío decía que en su vida había pasado más tiempo con Salgán que con su mujer. No exageraba.

La relación profesional con Salgán nunca autorizó el tuteo. Casi medio siglo juntos, pero en el trato siempre se impuso el clásico “usted”, un código, una clave entre hombres que nos habla de un tiempo que hoy nos parece muy lejano y, tal vez, algo anacrónico. La relación profesional, de todos modos, no le impidió algunas incursiones como solista, acompañando a algún cantor o grabando, por ejemplo, con Aníbal Troilo. Ya en su momento, Pichuco lo había tentado para sumarse a su orquesta, pero él sugirió que su lugar muy bien podría ocuparlo Roberto Grela. Cuando tiempo después le preguntaron por qué había renunciado al estrellato con Troilo, dijo con algo de desgano: “Grela andaba con poco trabajo y a ese puesto él lo necesitaba más que yo”. No obstante ello, en 1968 se dio el gusto de grabar con Troilo para la RCA Víctor. Lo hizo acompañado de Rafael Del Bagno en el contrabajo, Osvaldo Berlinghieri en el piano y, por supuesto, Troilo en el bandoneón.

Con De Lío se marcha al país de las sombras un auténtico prócer del tango, un guitarrista sensitivo, personal que se supo ganar el reconocimiento artístico de Arthur Rubenstein, Ella Fitzgerald, Marlen Dietricht, Igor Stravinsky y Daniel Barenboim. Los reconocimientos, premios y elogios nunca lo alteraron ni le hicieron perder su clásico bajo perfil, un rol que se propuso ejercer sin falsas modestias, confiando en que lo que hacía era bueno, motivo por el cual, “nunca tuve pretensiones de que me descubrieran. Siempre me dije: algún día se darán cuenta de lo que hice y de lo que fui”. Impecable, maestro.



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