El amor y sus desencantos

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Por Julio Anselmi

 

“Que el mundo me conozca”, de Alfred Hayes. Trad. de Martín Schifino. La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2012.

Un guionista bastante exitoso, con una esposa lejana y la perspectiva de varios meses de soledad en la meca del cine, salva una noche a una muchacha que se interna en el mar con el evidente propósito de suicidarse. La salva, la busca, inicia con ella una relación amorosa, aun cuando no deja de dudar de sus propios sentimientos. Ése es el gran tema de Que el mundo me conozca, que su autor, Alfred Hayes, ya había tratado en esa novela extraordinaria, Los enamorados, publicada también por La Bestia Equilátera. El tema del amor lábil, de los imprecisos límites del amor, y, en el caso de esta Que el mundo me conozca, de la posibilidad de que en esos límites se entreabra un despeñadero hacia el odio y la traición.

El narrador, el guionista en cuestión, se ha casado muy joven y ahora, promediando la mediana edad, lo invade respecto de su matrimonio un sentimiento de “oscura desesperanza”, aunque también sospeche que “lo que tiene” era bueno, lo mejor posible. En efecto, ante la relación con esta pobre chica que muestra grandes signos de desequilibrio, sólo siente tristeza y una “oscura vergüenza”. Es una muchacha que ha llegado a Hollywood con los habituales y patéticos sueños de ser famosa y reconocida, y que viene tropezando de fracaso en fracaso, y de degradación en degradación.

Su fantasía, una fantasía que construirá su locura, es que todo lo que está viviendo es una prueba a la que la someten los grandes estudios cinematográficos para probar su fuerza, su resistencia y sus capacidades. La seguían constantemente y miles de informes diarios daban cuenta de su comportamiento. “Por ejemplo, cuando su dentista parecía demasiado cruel y a ella le dolía mucho en el sillón del consultorio, era porque deseaban ver hasta dónde podían infligirle los rigores, el dolor y las privaciones que acompañaban un logro tan difícil como el de ser actriz”. Todos sus sufrimientos están planeados por los poderosos de los estudios, la ponían a prueba y la examinaban: “Era lo que las grandes estrellas habían tenido que soportar en su ascenso a la cima, allí donde los sufrimientos cesaban; todas habían pasado por experiencias tan rigurosas y terribles como las de ella”.

El anuncio de que llegará de visita la esposa del narrador desencadena la crisis. Gran parte de la novela se despliega magistralmente en el crescendo de esa crisis en la muchacha, que ve en esta historia la repetición de lo ya vivido antes con sus amantes casados. Se emborracha, grita que está contenta de ser libre otra vez, que él no tiene idea “de lo deliciosa que era esa sensación de ser libre, de no preocuparse en lo más mínimo por si se ama o no se ama. Amar era muy aburrido. Preocuparse, tener un miedo espantoso a decir algo errado o hacer algo errado”. Una crisis que va en aumento hasta las estremecedoras páginas finales.

Alfred Hayes (1911-1985) trabajó como guionista, con los directores del neorrealismo italiano y en Hollywood.