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Espiritualidad, hoy - Edición Impresa - Opinión Opinión


Espiritualidad, hoy

Espiritualidad, hoy

El espíritu radica en lo más hondo de cada ser, y no es privativo de los religiosos o creyentes. Foto: Archivo El Litoral.

Pbro. Hilmar M. Zanello

La palabra “espiritualidad” resulta extraña al vocabulario de la cultura moderna, que se detiene sólo en un lenguaje de producción, ganancias, éxitos, consumismo, avances científicos, tecnología y sexología. Aparentemente, espiritualidad significaría la reducción de la vida al ámbito religioso, del cual estarían excluidos buena parte de la humanidad, como los increyentes, agnósticos, ateos o indiferentes.

La palabra espiritualidad puede ser una palabra desafortunada, porque para muchos, espiritualidad significa algo alejado de la vida concreta, algo inútil en la cultural actual, quizás como decía Carlos Marx, un “opio para el pueblo”, o algo abstracto e inútil para las preocupaciones del hombre moderno.

Sin embargo la palabra espiritualidad, deriva de “espíritu”. Para la mentalidad común, “espíritu” se opone a materia. Los espíritus son seres inmateriales, sin cuerpo. Se dice que una persona es espiritual o muy espiritual si vive sin preocuparse de lo material, ni siquiera de su propio cuerpo, tratando de vivir sólo de realidades concretas.

Estos conceptos de “espíritu y espiritualidad” como realidades opuestas a lo material y lo corporal, provienen de la cultura griega, de ella pasaron a los lenguajes de otros países. Toda la cultura occidental está como afectada de este concepto griego de lo “espiritual”. Pero para el lenguaje bíblico, “espíritu” no se opone a material, ni a cuerpo, sino a “maldad” (destrucción). Se opone a carne, muerte (a la fragilidad de lo que está destinado a la muerte). En este contexto, espíritu significa “vida, construcción, fuerza, acción, libertad”.

El espíritu no es algo que está fuera de la materia, fuera del cuerpo o fuera de la realidad real, sino algo que está dentro, que habita la materia, el cuerpo, la realidad y les da vida, los hace ser lo que son, los llena de fuerza, los mueve, los impulsa, los lanza al crecimiento y a la creatividad con un ímpetu de libertad.

En hebreo la palabra “espíritu” -Ruah- significa viento, aliento, hálito. El espíritu es como el viento, ligero, potente, arrollador, impredecible. Es como el aliento que hace que una persona respire, se oxigene, que pueda seguir viva. Es como el hálito de la respiración; quien respira está vivo, quien no respira está muerto.

El espíritu no es otra vida, sino lo mejor de la vida. Lo que hace ser lo que se es, dándole vigor, sosteniéndole, impulsándole. Por eso, abandonando el sentido griego del término, y manteniendo su sentido bíblico, podemos establecer conceptos provisorios de espiritualidad.

El espíritu de una persona es lo mas hondo de su propio ser, sus motivaciones últimas, su idea, el proyecto por el cual vive y lucha. Diremos que tal persona posee buen espíritu cuando es de buen corazón, tiene buenas intenciones, con objetos nobles y es veraz. Por el contrario “tal persona no posee espíritu” si se la ve sin ánimo, como planchada, sin ideales, cerrada a una vida mediocre.

Una persona tendrá verdaderamente espiritualidad cuando haya en ella presencia clara y viva realmente con espíritu. Según y cual sea su espíritu, así será su espiritualidad. Podríamos preguntarnos qué espiritualidad nos mueve según sea el espíritu que se tiene. Toda persona humana está animada por uno u otro espíritu ya que hay espíritus buenos y también espíritus no tan buenos.

Esto nos hace tener en la cuenta que el ser humano no es un ser exclusivamente material. También, que el ser humano es un ser mas que un ser puramente biológico, que hay algo mas en el hombre que le da calidad divina, superior a la vida de un simple animal.

El espíritu es la dimensión de mas profunda calidad que el ser humano tiene, sin la cual no sería persona humana. De allí que la espiritualidad no es patrimonio exclusivo de personas religiosas o santos, ni siquiera algo privativo de los creyentes. El recordado teólogo Urs Von Balthasar afirma que no se puede reducir el concepto de espiritualidad al ámbito de los creyentes. Y otro teólogo, (A.M. Besnard) afirma también que puede existir espiritualidad para el no creyente. Por tanto, la espiritualidad es patrimonio de todo ser humano. Por eso, todo hombre cuando rompe la capa superficial en la que solemos movernos, como hojas llevadas por la corriente, y se formula preguntas fundamentales como qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, qué es la muerte o qué podemos esperar, surge una respuesta de lo más profundo de uno mismo.

Ciertamente, plantearse estas cuestiones es ya de por sí formular una pregunta religiosa. De esta forma toda persona tendrá que enfrentarse con el misterio de su propia existencia. Orígenes, en la primitiva Iglesia, decía que Dios es todo aquello que uno coloca por encima de todo lo demás.

Creo que no se puede dejar de ser religioso en este sentido fundamentalmente, sin abdicar de lo mas profundo de la propia humanidad. De allí que san Agustín decía: “Dios es mas íntimo que nuestra propia intimidad” (Confesiones).

¿Qué es, entonces, espiritualidad cristiana, o, cómo entendía San Pablo al hombre espiritual o al hombre carnal? Será el tema de un próximo artículo.



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Sábado 19 de mayo de 2012
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