Encuentro con el folclore literario de Italia
Encuentro con el folclore literario de Italia

El 2 de junio pasado se conmemoró el Día de la República Italiana y el 3 de junio, el Día del Inmigrante italiano, en conmemoración del 242º natalicio de Manuel Belgrano. Por este motivo, la autora recuerda algunas leyendas italianas.
TEXTOS. ZUNILDA CERESOLE DE ESPINACO. FOTOS. EL LITORAL.
La provincia de Santa Fe ha recibido, a través del tiempo, una nutrida inmigración italiana. Los inmigrantes no sólo trajeron algunas pertenencias y una gran esperanza, sino que también vino con ellos un caudal importante de leyendas en donde la fantasía y la maravilla paseaban en el templo de sus corazones nostálgicos.
Ellas anidaron como anidan las aves. En la nueva tierra aún siguen encantando a quienes las escuchan y forman parte del tesoro pluricultural del país que les dio asilo. A continuación, recordamos algunas de esas leyendas.
TARPEYA, LA DONCELLA CODICIOSA
En los albores de la civilización romana, en tiempos de Rómulo, vivía una doncella cuyo nombre era Tarpeya, a la que le gustaban con locura el oro y las joyas. Por su condición de hija del comandante de la fortaleza capitalina tenía privilegios que no apreciaba, ella sólo deseaba reunir montones de los brazaletes de oro macizo que lucían en el brazo izquierdo los sabinos, enemigos acérrimos de los romanos y que, por aquella época, asediaban al Capitolio, ciudadela romana situada en el monte Capitalino. Nada tenía valor para ella, sólo contaba su obsesión por aquel oro prohibido.
Los sabinos secretamente tentaron a Tarpeya para que les abriera la puerta de entrada a la fortaleza; ésta les dijo que aceptaría sólo si los soldados sabinos se comprometían a dejarle los codiciados brazaletes y los escudos con incrustaciones del precioso metal.
Consultado Tacio, rey de los sabinos, aceptó la condición impuesta por la traidora. La puerta fue abierta sigilosamente en la noche por Tarpeya y los sabinos entraron a la ciudadela, tomando por sorpresa a los romanos y venciéndolos.
La promesa de los atacantes fue cumplida, cada soldado que trasponía la puerta arrojaba su brazalete y su escudo a la mujer, quien quedó sepultada bajo los mismos, muriendo aplastada por el peso y asfixiada por la falta de aire.
El oro que codiciara con tanto fervor se convirtió en dorado sepulcro que coronó su vileza. De allí en más, los acusados de traición fueron arrojados desde la roca en que estaba el Capitolio, roca que recibió el nombre de Tarpeya para que jamás fuera olvidada la doncella que concitó el desprecio de su pueblo ni tampoco el castigo que recibiera por su traición.
LA OLLA MILAGROSA
Un campesino y su familia vivían tan pobremente que apenas les alcanzaba el alimento; no obstante, el hombre -dueño de una gran bondad- jamás dejaba de acoger en su casa a quien necesitaba ayuda y de agregar un comensal a su mesa. La esposa le recriminaba duramente su proceder pero él no hacía caso a sus reproches.
Una noche tempestuosa se disponían a compartir el reducido alimento cuando oyeron golpear la puerta, el campesino abrió la misma y se topó con un extranjero que le pidió asilo hasta que cesara el temporal.
Compadecido ante el aspecto del viajero, quien era anciano y estaba pobremente vestido, lo hizo pasar y lo invitó a compartir la cena.
La olla se encontraba casi vacía pero cada vez que alguien se servía comida el alimento de la olla se multiplicaba. Sin comprender lo que sucedía, el campesino y su familia comieron hasta hartarse como revancha de las hambrunas pasadas.
Vivieron momentos muy felices escuchando las interesantes historias que -entre bocado y bocado- relataba el anciano extranjero; éste con la llave mágica de sus palabras les hacía conocer lugares remotos, sucesos increíbles, relatos fabulosos, cosas que jamás hubieran podido imaginar dentro de su mundo sencillo y solitario.
Antes de marcharse, éste dijo al dueño de casa que por su generosidad sería recompensado y que de ahí en más, él y los suyos no pasarían necesidades, que cuando necesitaran algo tocara la olla y lo evocara. Luego se despidió y continuó su viaje perdiéndose entre las sombras nocturnas que a poco de salir desdibujaron su magra silueta.
Las palabras del anciano se hicieron realidad y esa familia no volvió a pasar hambre porque la olla milagrosa les proveía de alimentos. Siempre daban asilo a los pobres y peregrinos que se acercaban en demanda de refugio y ayuda.
El campesino un día cerró los ojos definitivamente y sus hijos -respetando el espíritu solidario del padre- continuaron dando de comer a los hambrientos y proveyendo refugio a quienes se lo solicitaban y, si tenían alguna dificultad, tocaban la olla, invocaban al anciano y ésta se resolvía de inmediato.
La olla milagrosa fue heredada generación tras generación y se continuó con la tradicional ayuda solidaria, pero sucedió que con el tiempo se fue olvidando el real significado de ésta y los descendientes del campesino generoso comenzaron a pedir favores egoístas mientras llevaban una vida frívola; su sensibilidad fue ahogada por las banalidades y los necesitados eran expulsados a la calle con desdén cuando acudían a pedir ayuda.
Un atardecer, un anciano se acercó a la casa pidiendo ser atendido. Cuando entró y explicó el motivo que lo había llevado a solicitar que se le socorriera, las burlas y el desdén llovieron sobre él para ser, posteriormente, maltratado y arrojado sin compasión a la calle.
Mientras el anciano se alejaba, los descendientes del buen campesino vieron cómo la olla milagrosa se iba resquebrajando poco a poco hasta que finalmente se hizo pedazos. Recién entonces comprendieron quién era el anciano al que habían humillado. Avergonzados, corrieron a buscarlo para pedirle perdón. Ya era demasiado tarde, el viejito había desaparecido. Desde ese momento, la miseria y el infortunio castigaron sus vidas.
EL CAMINANTE
Un pobre caminante recorría la región del Piamonte pidiendo algo para comer, sus afanes eran inútiles, nadie se apiadaba de él y le ofrecía un plato de comida y un lugar cálido al lado del hogar; los corazones eran aún más fríos que la nieve que caía copiosamente y retrasaba su marcha.
Exhausto, se dirigió hacia una vivienda enclavada en una montaña, golpeó a la puerta y una humilde mujer lo atendió y lo hizo pasar al interior ofreciéndole un banco para que descansara cerca del fuego.
Al pedirle comida, ella le dirigió una mirada triste y le respondió que no tenía nada para darle; le contó que, al morir su esposo, ella y sus hijitos habían quedado en la miseria, que en la olla que estaba en el fuego sólo había piedras, ya que diciéndoles a los niños que se cocinaban papas, los pequeños se habían dormido esperando que las mismas se ablandaran. Había recurrido a esta estratagema para que el cansancio los venciera y soportaran el hambre con la esperanza de comer.
El hombre la miró y le aseguró que en la olla había papas y le pidió que la destapara. Así lo hizo y un grito de alegría salió disparado de su garganta: en la olla, las piedras se habían convertido en grandes papas. Despertó a los pequeños y sirvió la comida para todos.
El desconocido le pidió pan, ella le respondió que no tenía ni un mendrugo. El hombre le aseguró que estaba equivocada y le pidió que se fijara en la batea. La mujer obedeció y encontró en ella grandes panes recién horneados.
Llevó dos a la mesa pensando con regocijo que al menos esa noche y al día siguiente su familia no pasaría hambre. El extraño, entonces, le pidió vino; la pobre campesina le respondió que en el túnel no había ni una sola gota y se disculpó por no poder complacerlo, expresándole que nada hubiera deseado más ya que no sabía cómo agradecerle los milagros que él realizara.
El hombre le dijo que tomara una jarra y trajera vino del túnel. La mujer obedeció nuevamente y lo encontró lleno de vino rojizo y espumante. Esa noche el humilde hogar estuvo pleno de armonía, la felicidad había retornado y vuelto a anidar, expulsando a la angustia y a la miseria.
Cuando hubieran acabado de comer, el caminante se despidió y le expresó que no temiera, le aseguró que en ese hogar jamás volvería a faltar la comida porque su dueña conocía la caridad y sería por siempre protegida.
Besó a los niños y partió perdiéndose en las sombras. La buena mujer comprendió que el caminante no era otro que Jesús. Embargada por una profunda emoción, se arrodilló y rezó junta a sus hijos, elevando plegarias agradecidas desde lo más recóndito de su corazón benévolo.
La bondad que la caracterizaba había sido recompensada y esa noche las estrellas duplicaron su brillo, obligando a los hombres a mirar el cielo para que la sensibilidad retornara a sus almas egoístas.
El encaje
El encanto del encaje es tal que ninguna mujer deja de rendirse ante su belleza ni de utilizarlo en vestiduras o como adorno de las mismas.
Sobre su origen las encajeras venecianas refieren que una pescadora trabajó con ahinco y puso todo su primor para hacer una red de pesca a su prometido. Cada lazada que realizaba iba acompañada por un latido enamorado y una palabra de ternura.
La primera vez que él la echó a las aguas se enredó en ella un alga muy hermosa. Contento por la buena pesca y por el insólito hallazgo, el muchacho corrió a casa de su enamorada y le regaló el alga. Las negras cárceles de la guerra galoparon por la región, el joven pescador debió ir a la lucha y su prometida se quedó triste y sin consuelo.
En tanto esperaba su retorno, día a día contemplaba el presente que le ofreciera su prometido y de tanto mirarlo sus dedos hábiles comenzaron a reproducirlo con hilos. Su creación gustó a las damas que le encargaron, unas tras otras, la maravillosa tela y cuando regresó el amado, la otrora humilde pescadora poseía una pequeña fortuna.
Se casaron y les sonrió la felicidad y la fortuna. Así nació el encaje, por la nostalgia de la pescadora de corazón sensible que domaba el pesar de su pecho en arduas horas de intensa labor.
EL ÁMBAR
Un rayo certero fulminó a Fetonte, uno de los hijos de Helios (Dios del Sol), el dolor y la honda pena embargó a su familia de tal manera que su padre palideció por un largo tiempo, llenando de zozobra el corazón de los hombres y repercutiendo desfavorablemente en la naturaleza toda.
Sepultaron al joven a orillas del río Po y sus hermanos, con el corazón oprimido por la pena cruel, se transformaron en sauces que cercaron la tumba y sus lágrimas al caer al agua se solidificaron convirtiéndose en cuentas de ámbar.
Según los antiguos romanos, éste es el origen de esta resina fósil que ha sido usada en joyería desde la prehistoria y a la que se le atribuye el poder de aliviar los dolores reumáticos.


