Editorial

El drama europeo y la posición argentina

El presidente Mariano Rajoy insiste en que los 120.000 millones de dólares otorgados por la llamada burocracia europea de Bruselas a su país, no es un “rescate bancario” sino una “línea de créditos”. Palabras más palabras menos, los economistas con mayor realismo en el gobierno y, por supuesto, los dirigentes opositores no vacilan en asegurar que, de aquí en adelante, España -como Grecia, Portugal, Irlanda y, tal vez, Italia- tendrán que subordinarse a las instrucciones de Berlín que es en definitiva el centro de poder político y financiero que se ha hecho cargo de la futura performance económica de estos países.

Por buenas y malas razones, los observadores señalan que los préstamos van a servir casi exclusivamente para asistir al sector financiero, particularmente el sector vinculado con las cajas de ahorro regionales, ya que si bien la falta del crédito está entre las causas principales que han precipitado hacia el desempleo a más del veinte por ciento de la población económicamente activa, son muy pocos los que estiman que el dinero aportado alcance para superar la crisis.

El desastre económico español, a diferencia del de Grecia, proviene de la perspectiva irresponsable de su clase dirigente que estimó que el boom económico de los ochenta y los noventa dependía exclusivamente de la industria de la construcción. Dicho con otras palabras, la clase dirigente española -socialistas y conservadores- supusieron que era más importante asegurar el consumo que la productividad, una fórmula que en algunas coyunturas suele ser exitosa, pero que más temprano que tarde hace agua.

Cuando a partir de 2008 se inició la crisis financiera global, los ahorristas y financistas del Viejo Mundo prefirieron retirar sus fondos de los bancos de la Europa del sur para trasladarlos hacia el norte, mucho más confiable. Lo sucedido es si se quiere previsible, y mientras el euro sigue generando incertidumbres, la alternativa de volcar créditos con tasas soportables hacia las economías del sur son cada vez más lejanas.

El gobierno argentino curiosamente manifestó a través de señales inequívocas su satisfacción por lo que está pasando, como si las desgracias ajenas nos hicieran olvidar las propias o, lo que es peor, como si se alentara para estos países una solución “a la Argentina”, es decir, una salida que desconozca los compromisos internacionales.

Estas reacciones locales pueden despertar comentarios risueños en las autoridades políticas europeas. Falsear las cifras oficiales y no cumplir con los compromisos, rara vez puede dar un buen resultado.

Entre tanto, Grecia, España y Portugal manifiestan su deseo de acatar las reglas del juego y cada una de las decisiones que toman se orienta a fortalecer la integración y no a romperla. El desafío, claro está, no es sencillo, pero a esta altura de los acontecimientos resulta difícil creer que los peces de colores que nadan en el discurso de gobernantes argentinos puedan convencer a estadistas con los pies en la tierra.