Mandrake el Mago y las onerosas fantasías de la política

cristine.jpg

Por Rogelio Alaniz

 

“¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de mentir lo que se dice?¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”. Francisco Quevedo

El gobierno de los Kirchner me recuerda a aquellos prestidigitadores que cuando la atención del público decae peligrosamente y algún impaciente está a punto de denunciarlos por impostores, siempre se las ingenian para sacar un conejo de la galera o una carta de la manga.

Para el caso que nos ocupa, la carta o el conejo pueden ser una nueva Corte Suprema de Justicia, los derechos humanos, la ley de medios, la asignación universal por hijo, el matrimonio igualitario o el sueño de la casa propia para 400.000 personas. A los efectos de la ilusión, poco importa el valor de la carta o el tamaño de las orejas del conejo, en todos los casos lo que importa es distraer, seducir y por sobre todas las cosas impedir que el público descubra el naipe marcado o el doble fondo de la galera.

Los Kirchner no son los primeros en recurrir a estos artilugios de la política, pero en los últimos años son quienes los han utilizado con más insistencia. Los recursos y los resultados han sido diversos, pero la voluntad de poder ha sido la misma. Recuerdo cuando hace unos años Kirchner anunció que China se proponía realizar inversiones en nuestro país de tal magnitud que prácticamente se solucionarían todos nuestros problemas. Durante dos o tres semanas el “milagro chino” fue el tema excluyente de los argentinos; después cambiamos de conversación y arremetimos con el mismo entusiasmo con otro tema. China pasó al olvido y las promesas de Kirchner también.

Así pensado, el gobernante es un mago que ilusiona a la platea con sus diversas y, a veces, exquisitas habilidades. Gobernar, para estos caballeros, es un oficio que se parece al del ilusionista y la política suele ser un capítulo menor de la hipnosis. La otra habilidad requerida es la de cambiar de tema o de agenda con la agilidad de un bailarín de ballet. Si las promesas se cumplen o no, es un tema que carece de importancia, porque por definición las ilusiones valen por las fantasías que son capaces de despertar o las facultades que pueden llegar a adormecer. En estos días le preguntaron a Moyano su opinión acerca de los anuncios de la presidente sobre las viviendas. Veterano en su oficio y conocedor de las mañas y trucos de quienes hasta hace unos meses eran sus socios preferidos, dijo que si la memoria no le fallaba ésta era la tercera vez que lo convocaban para anuncios que luego no se cumplían. Moyano concluyó su frase con una de esas sonrisas que por ser tan breves y sugestivas nunca se sabe si son un rasgo de humor, una amenaza o un gesto de resignación ante lo inevitable.

Se sabe que para los prestidigitadores, la opción no es verdad o mentira sino seducción e ilusión, porque en todas las circunstancias importa más la habilidad que la certeza. Sus operaciones y maniobras suelen ser exitosas, pero dos riesgos los acechan: el repertorio de trucos no es infinito, y a veces el mago pone en movimiento fantasías e ilusiones que él ya no puede controlar. Algo de eso le pasó a Perón en 1955 y a los militares en 1982. La magia funciona y tiene tono de comedia mientras el mago toma distancia de sus propios trucos; la situación se complica cuando el ilusionista empieza a creer en sus propias engañifas; entonces, se precipita hacia la tragedia.

A Carlos Marx se le atribuye haberse referido a la historia como el proceso que va desde la tragedia a la comedia, según el célebre encabezamiento de “El 18 Brumarioà”. Con el populismo criollo la relación se invierte: nace como comedia, pero fatalmente concluye como tragedia. ¿Pruebas al canto? La experiencia peronista de 1973 a 1976. De la fiesta a la muerte, del circo al panteón.

Los Kirchner retoman de la añeja tradición populista el concepto de batalla o guerra. Se llega al poder para librar un combate contra enemigos a los que hay que derrotar sin misericordia. El componente farsesco que suele acompañar a las experiencias populistas se manifiesta, en este caso, a través del cinismo y la mascarada, ya que el clásico criterio de guerra -propio de las experiencias totalitarias- es en los Kirchner una coartada para disimular la obsesión por el ejercicio del poder concebido como exclusivo patrimonio personal.

Transformar la política en guerra es siempre un operativo riesgoso y reñido con la democracia, que postula para la política exactamente lo contrario. Es verdad que más de una vez las palabras ‘batalla‘ o ‘guerra‘ fueron usadas como metáforas inocentes. La situación se complica cuando la metáfora pierde su condición y los gobernantes empiezan a confundir ficción con realidad. Dicho con otras palabras: si la política se desenvuelve con la lógica de la guerra tarde o temprano la democracia como método y como objetivo es sacrificada.

Los Kirchner le han declarado la guerra a diferentes sectores de la sociedad. El objetivo no es integrarlos o reformarlos, sino liquidarlos. Las razones para hacerlo son diversas, pero lo que más importa es el objetivo de liquidarlos. En ese contexto está claro que las instituciones de la democracia pueden llegar a disponer, en el mejor de los casos, de una función utilitaria, porque para quienes pretenden objetivos de máxima, las instituciones y la democracia son un lujo que no pueden consentir.

Lo que vale para el oficialismo vale también para la oposición. Un oficialismo que pretende liquidar a sus adversarios reproduce una oposición parecida. Hebe de Bonafini produce a Cecilia Pando; Guillermo Moreno a Hugo Biolcatti; ‘6,7 y 8‘ a Lanata. La política empieza a expresarse en los tonos del blanco y el negro; los matices, las modulaciones, pierden significado o desaparecen del escenario.

No se trata de desconocer la productividad del conflicto o abogar por un consenso orgánico donde todos son buenos y todos tienen razón. El mundo y la vida son mucho más complejos que esas contrautopías que añoran una armonía absoluta. Por el contrario, de lo que se trata es de pensar la práctica política como la actividad lúcida y humanista que se propone elaborar a corto, mediano y largo plazo grandes políticas nacionales que tengan como objetivo la solución de las asignaturas pendientes que las sociedades modernas le deben a la historia y, muy en particular, a los más débiles.

Del conflicto social debe decirse que es al mismo tiempo inevitable, deseable y peligroso. Lo que se propone la democracia es controlar o poner límites a su tendencia a la disgregación, pero la democracia no llegó al mundo moderno para poner punto final a los conflictos, sino para darles un cauce civilizado. Las diferencias existentes entre un demócrata y un autoritario a la hora de procesar el conflicto son evidentes. El demócrata entiende que la resolución del conflicto es el acuerdo, mientras que el autoritario supone que la mejor resolución es la supresión del adversario.

Lo que interesa entender es que la democracia es una conquista histórica, un esfuerzo de la humanidad para vivir de una manera más satisfactoria y justa. Exige mesura, contención, prudencia y, si se quiere, una mirada levemente escéptica acerca de los límites y alcances de la condición humana.

El decisionismo, la invención del enemigo, la concentración del poder, la demagogia social, suelen ser fórmulas exitosas en determinadas coyunturas porque alientan los instintos más negativos de la sociedad: la violencia, el resentimiento, la revancha social. Su éxito inicial no alcanza a impedir la catástrofe final, una catástrofe que pagamos todos. Al respecto, hace unos meses, Ricardo Lagos explicaba en un artículo que la conflictividad innecesaria, alentada con objetivos inconfesables, y estimulada artificialmente, sale, además, cara, cuesta mucha plata.

Si la señora presidente en vez de sostener sus unipersonales diarios y alentar la fantasía de que es una enviada de los dioses para reestablecer la justicia en la tierra, se preocupara por lo que importa, no hubiera atravesado los sobresaltos que padeció con motivo de la artrosis de su hijo. No viene al caso ahora discurrir acerca del uso y abuso que la señora hace del avión presidencial, sino del alarmante atraso que en materia de salud tiene la provincia donde los Kirchner vienen haciendo y deshaciendo desde hace veinte años. El balance, en este sentido, es elocuente: dos décadas de poder absoluto y ni siquiera el hijo de la presidente dispone de posibilidades de atender su salud en el sur. Muchos conejos de la galera, muchas cartas en la manga, mucho relato nacional y popular, pero en Santa Cruz, la ínsula de los Kirchner, no hay condiciones para realizar una intervención quirúrgica que en cualquier centro de salud del primer mundo sería una operación normal y corriente.