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“Muerte del inquisidor”
El gran siciliano Leonardo Sciascia se ocupó en diversas oportunidades de los misterios y horrores de la Inquisición. Pero, como confiesa él mismo, Muerte del inquisidor fue el libro que lo acompañó obsesivamente, que siempre releyó y sobre el que siempre se devanó los sesos. La razón es que las investigaciones de los archivos desperdigados por toda Europa no lograron revelar a Sciascia el motivo real por el cual Fray Diego La Matina haya sido tan perseguido por la inquisición, sufriendo varios procesos, hasta aquel 17 de marzo de 1658 en que fue ejecutado en un auto de fe que lo condenó a la hoguera en una plaza de Palermo. El año antes, en uno de sus tantos encarcelamientos, y tras severos castigos por parte del tribunal de la Inquisición, el fraile, enloquecido, había asesinado al inquisidor del reino de Sicilia, Juan López de Cisneros, golpeándolo con los grilletes que lo aprisionaban.
Con la sagacidad, pasión y excelente estilo que lo caracterizó también en sus tantos ensayos sobre la mafia, Sciascia en Muerte del inquisidor estudia los sórdidos episodios que llevan a la muerte al inquisidor y al presunto hereje, que, abriéndonos pasos en los procesos falsarios y en las hojarascas de la leyenda, más se parece a un héroe luchador por la justicia que a un “calumniador herético, injurioso y despreciador de las Sagradas Imágenes y Sacramentos, supersticioso, hechicero, temerario, impío, sacrílego...”. Resulta más factible deducir que su sacrilegio no pertenecía tanto al orden teológico cuanto a las impiedades sociales, de las que la Inquisición era cómplice, cuando no directa artífice. Fray Diego escribió un libro (por cuya lectura, escribe Sciascia con irónica fuerza, “con gusto nos entregaríamos al diablo”) que fue quemado entre las llamas en 1783. “La destrucción del archivo, informa un aristocrático cronista, ‘fue alabada por todo el mundo, dado que si tales memorias, de las que Dios nos libre, hubiesen salido a la luz, hubiera sido lo mismo que manchar de negro muchas y muchas familias de Palermo y del entero reino, tanto nobles como modestas y civiles’”.
Ya cincuenta años después de haber sido quemado vivo, el agustino Romualdo de Caltanissetta afirmaba que “fray Diego Latina era un santo mártir y que tuvo el honor de ser martirizado por el Santo Oficio, igual que su penitente y seguidora sor Geltrude (cuyo nombre secular era Filippa Cordovana) en el Auto de Fe celebrado en Palermo el 6 de abril de 1724”.
Y Sciascia finaliza afirmando con contundencia: “Un santo mártir. Pero nosotros hemos escrito estas páginas para dar otra imagen de él, para decir que era un hombre y que mantuvo alta la dignidad del hombre”. Publicó Tusquets.