La vuelta al mundo
La vuelta al mundo
México lindo y querido
Rogelio Alaniz
Enrique Peña Nieto, el candidato del PRI, se perfila como el nuevo presidente de México, una certeza confirmada por los principales medios de comunicación y, muy en particular, por la poderosa y omnipotente Televisa, que no escatimó recursos para promocionar a quien ya se conoce como un golden boy.
Poco importa que el candidato del Partido Revolucionario Democrático (PRD), considerado el partido de izquierda, cuestione los resultados. Andrés Manuel López Obrador, AMLO, para los medios, seguramente sabe en su fuero íntimo que no va a ser presidente, aunque esta vez, a diferencia de 2006, no va a convocar a las multitudes a denunciar el fraude del que presuntamente fuera víctima por parte de ese singular maridaje constituido en aquellos días por el PRI y el Partido de Acción Nacional (PAN) que instaló a Felipe Calderón en la poltrona presidencial.
Palabras más, palabras menos, todo parece indicar que el PRI retornará a la residencia oficial de Los Pinos luego de doce años de ausencia. Que López Obrador deberá conformarse con saber que en el populoso Distrito Federal su fuerza política se impuso por casi sesenta puntos de diferencia. Y que la candidata oficialista, Josefina Vázquez Mota, se podrá exhibir hacia el futuro como la primera mujer mexicana que compite en una elección nacional. Nada más y nada menos, en un país donde el machismo es una de las instituciones nacionales más poderosas y populares.
La victoria de Peña Nieto en el fondo no sorprenderá a nadie. Las encuestas desde hace meses lo daban como ganador, una victoria que cualquier observador más o menos atento hubiera notado que se respiraba en la calle. El retorno del PRI al gobierno se prefiguraba de manera casi evidente. En términos de teoría política podría decirse que se había constituido como el perfecto partido opositor, es decir, era reconocido por la sociedad como la alternativa al PAN. Desde la oposición, el PRI disponía de tanto poder como el oficialismo, y una de las manifestaciones más efectivas de ese poder era el control de los dos tercios de los Estados. Quien no conozca la realidad mexicana, pregúntese a modo de comparación imaginaria, qué pasaría en la Argentina si un partido opositor controlara quince provincias.
Quienes en el 2000 supusieron que el PRI desparecería de la escena nacional luego de siete décadas de poder absoluto, y quienes creyeron que en 2006 esa profecía se cumpliría de manera inexorable, ahora observaban, tal vez azorados, que los muertos que ellos habían anunciado gozan de excelente salud. El PRI no sólo reconstruyó el poder ganando Estados, también lo hizo controlando sindicatos y aliándose con poderosos grupos económicos, sin dejar por ello de mantener intacta su eficaz red de clientelismo y su retórica populachera. De ese tipo de retórica que nunca tuvo empacho en reivindicar en una sola tirada verbal la revolución de Pancho Villa y Zapata con los beneficios de la economía liberal de mercado y la pertenencia, siempre reconfortante, de lo que Octavio Paz llamara el “ogro filantrópico”, un Estado capaz de asegurar, por las buenas y las malas, el consenso y la disciplina.
Peña Nieto fue el candidato ideal para la coyuntura, el hombre indicado para el momento indicado. Joven, buen mozo, promocionado por los medios como una estrella de cine, es al mismo tiempo, un disciplinado militante del PRI, un cuadro político que se preparó durante años para llegar a “La silla”. Quienes lo impugnan por su publicidad más cercana a la de un astro de televisión que a la de un político, deberían tener presente que Peña Nieto no es un improvisado, como lo demuestra el hecho de haber sido gobernador del Estado de México hace cuatro años.
Está claro que detrás de su figura estilizada, acechan los temibles e inescrupulosos dinosaurios del PRI. A esa verdad elemental nadie la ignora, pero los críticos que se regodean en impugnar con un verbalismo tan ruidoso como obvio al partido que regresa al poder, no deberían perder de vista que son esos atributos que ellos condenan, esa relación entre corrupción y eficacia, inescrupulosidad y responsabilidad, la que le permitió ser reconocido por amplias franjas del electorado como la solución posible para los próximos años.
Es verdad que en un país con un cuarenta y dos por ciento de pobreza y con extendidas prácticas clientelares, puede llegar a ser hasta previsible seducir al electorado con promesas y dádivas. Las preguntas a hacerse en estos casos son las siguientes: ¿Por qué no lo hizo el PAN, que en su momento en estos menesteres demostró ser tan eficaz como el PRI? ¿por qué el PRI no lo hizo antes, cuando tenía más poder y era más temido?, ¿por qué si su red clientelista era tan eficaz, en 2006 salió tercero?.
Admitamos, por lo tanto, que el clientelismo es importante, pero no decide, o, por lo menos, no decide de manera absoluta. Aceptemos, en este sentido, que la victoria del PRI obedece a diversas causas, algunas de ellas contradictorias porque, hay que admitirlo de una buena vez, el voto popular también es contradictorio.
Por lo pronto, el PAN dejó de ser la esperanza de los mexicanos. Ni siquiera el supuesto golpe de efecto de presentar a una candidata femenina, dio resultados. El otro partido, el PRD, no logró desde la izquierda presentar una propuesta atractiva que le permitiera ser mayoría. EL PRD es fuerte, obtiene porcentajes electorales altos, pero le falta ese toque indispensable para llegar al poder, ese toque que une la propuesta con el azar de la coyuntura y le permite a todo partido con vocación ganadora hacerse del triunfo.
Por lo tanto, para la mayoría de los mexicanos -una mayoría relativa, por supuesto- el único partido capaz de asegurar la gobernabilidad es el PRI. ¿Es así? Habrá que verlo en los próximos meses. Lo que de todos modos parece haberse impuesto en la conciencia de muchos mexicanos, es que el PRI no será un partido perfecto, no será demasiado virtuoso, pero sabe cómo gobernar a México. Concretamente, se supone que es la única formación política capaz de dar una batalla eficaz contra el narcotráfico y darla, si es necesario, con las propias armas del narco.
Por supuesto que estas expectativas deberán confirmarse en la práctica, pero antes de atravesar por esa prueba es legítimo observar que se hace muy difícil romper el contubernio entre la corrupción estatal y la mafia, cuando el partido llamado a cumplir con esa tarea está infestado de esa corrupción y esa mafia que promete combatir. En realidad, para ser justos, habría que decir que a todos los partidos mexicanos, en mayor o menor medida, les caben las generales de la ley, incluido el PRD.
Ya dijimos que la pobreza en México asciende al cuarenta y dos por ciento de la población. A ello hay que sumarle la corrupción estatal, la concentración del poder económico y la mafia del narcotráfico, que en los últimos siete años ha provocado alrededor de sesenta mil muertos. Ninguno de los candidatos que compitieron en estas elecciones han dado una respuesta más o menos satisfactoria a este drama. Todos han preferido las generalidades o el silencio. Por su parte, los narcos, han demostrado una vez más que no pretenden disputar el poder ni poner candidatos propios,. Les alcanza y les sobra con comprar o atemorizar a los existentes. Según los entendidos, hasta tanto el narcotráfico no afecte la seguridad o los negocios de los grupos económicos tradicionales, estos no moverán un dedo para combatirlos en serio. A diferencia de Italia o Colombia, donde los intereses mafiosos entraron en competencia con los de los grupos dominantes, en México existe por el momento un tácita división de ámbitos y tareas.
Las elecciones que se acaban de celebrar se desarrollaron en ese contexto. Esto es lo que dio lugar a que una influyente periodista y politóloga como Denise Dresser, dijera que en estas elecciones había que votar con una actitud parecida a la de quien va a la feria a comprar frutas viejas y en mal estado: acercarse a una bolsa tapándose la nariz y elegir la fruta que esté menos podrida.
Exagerada o no, este parece ser el clima existente en el mundo intelectual y entre la resignada opinión pública. La única brisa refrescante en las últimas semanas la brindaron los jóvenes estudiantes que constituyeron el movimiento “Yo soy 132”. Se trata de una corriente de opinión juvenil nacida al calor del repudio y la silbatina a Peña Nieto, una corriente que ganó la calle y que a través de las consignas y los twiter movilizó a jóvenes que presienten o sospechan que en un México mafioso y corrupto no hay futuro para ellos.
Peña Nieto, nuevo golden boy