Apuntes innecesarios sobre la cinta de correr

Apuntes innecesarios sobre la cinta de correr
 

Antes los vagos corríamos al aire libre, a pura costanera, a campo traviesa -otros querían ir con una traviesa al campo-, sin complejos y sin excusas. Ahora los señores no tienen tiempo ni ganas o tienen frío en el pechito. Así que tienen una cinta. Y corren ahí arriba, envasados y solos. Esta es una nota embarazosa, lo que se dice una nota encinta.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected].

Cuando el equipo de fulbo hacía la pretemporada, teníamos esa cosa linda de encontrarnos los vagos, intercambiar bromas, saludos y comentarios mientras esperábamos a los rezagados. Y después, sin mucho trámite, darle para adelante. Se podía sentir esa fuerza y ese impulso colectivo, ese optimismo y esa especie de mística que un grupo puede formar.

Estos recorridos tenían el aliciente de darle fuerzas al más flojo, de colocarle un castañazo a la pasada al Tunga -que vive haciéndole bromas a todos: está bien que reciba a cambio lo suyo- o de aplicarle una zancadilla a algún livianito que pretende cortarse solo.

Y si en cambio uno quiere emprenderla solo, igual el trote al aire libre tiene esa cosa liberadora de ir mirando el paisaje, los árboles, las plazas, los autos, el grupo de las chicas de hockey que trota también por ahí y otras bellezas naturales.

Pero nos confinaron y hoy somos esos gatos gordos que se manejan a impulsos, a sensaciones saciadas, tipos con controles en la mano, tipos y tipas que tenemos la teoría completa de la vida buena y correcta pero a la vez recibimos sin mayor oposición todo lo que la sociedad de consumo preparó para nosotros. Dejamos de salir, dejamos de trotar, dejamos un montón de cosas en manos de lo que ya está fabricado, prefabricado, precocido. Nos quedamos con esos reflejos lejanos de actividad.

Y aparecieron los aparatos que juran hacer por nosotros lo que nosotros y sólo nosotros debemos hacer: masajeadores instantáneos, máquinas que te vuelven atletas sin esfuerzo. Y entre todas, la cinta de correr. Cuesta criticarla abiertamente (la critico cerradamente, entonces) por cuanto si te subís, ejercicio hacés, quemás calorías, “recorrés” kilómetros. Es mejor, claro, que estar sentado frente al televisor sin hacer nada y sólo moviendo el dedo encargado del control remoto.

La cinta de correr puede estar emplazada en un gimnasio, con lo cual en realidad confirmás tus enormes ganas de pagar cosas por comodidad: tenés que ir hasta allá para subirte a la cinta y correr dos, cinco, diez kilómetros, que podés recorrer gratis en cualquier parte.

Y si la tenés en tu casa, ocupando el mismo lugar que una heladera o una cama, pues, quedás confinado allí sin sociabilizar, sin charlar, sin castañazos al Tunga y sin mirar a las chicas de hockey.

Después tenés la dificultad misma de todo aparato, por simple y estandarizado que sea su manejo. Es un clásico el inexperto que llega sobrador a la máquina porque alguna vez trotó diez kilómetros sin problemas, la enciende a velocidad y la cinta lo agasaja con su movilidad y lo despide inapelablemente. Jodido volver a la cinta, a ritmo más moderado, y lleno de magullones corporales y de los otros, los más dolorosos, los del amor propio.

Cuando sos primerizo, te agarrás a las barras laterales como si se tratara de un andador y estás más preocupado por no ser lanzado a ninguna parte que por hacer los movimientos correctos. Y ponés en uno o dos el nivel de velocidad, con lo que parece que andás en cámara lenta. Después, cuando te vas haciendo canchero, incrementás la velocidad, cinco, siete, nueve y hasta trotás. Y soltás las manos del andador. Allí aparece el otro problema: la cinta es constante y vos no tanto y ella te va tirando para atrás, para atrás, para atrááááásssss...

Y nos vamos yendo. Me llaman desesperados desde el diario, que falta el Toco y me voy. Y les respondo que voy corriendo para allá: estoy en el kilómetro ochocientos, ocho de velocidad (no me pidan maravillas), y setenta calorías gastadas. Cuando pienso que es el equivalente a una mísera lechuguita, me desanimo, me desespero y pido un buen plato de fideos. Fideos cinta, mis preferidos.