PRELUDIO DE TANGO

Pedro Maffia, el pibe de Flores

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Manuel Adet

 

Los que lo conocieron aseguran que verlo tocar el fueye era un placer, un placer exquisito reservado para los más exigentes. Sobrio, recatado, ajeno a sensacionalismos y firuletes gratuitos, hacía lo suyo con la maestría y la discreción de los genuinos creadores. El bandoneón apoyado en la pierna, los movimientos precisos, la expresión severa, reconcentrada, el traje oscuro y a la hora de los aplausos el saludo leve y un movimiento en los labios que más que una sonrisa podía interpretarse como un gesto de satisfacción.

Nunca se sintió cómodo con las orquestas multitudinarias, lo suyo era el sexteto, el cuarteto, el dúo o la presencia solitaria. Allí encontraba el espacio para lucir sus notables aptitudes. Sus críticos aseguran que él fue el responsable de otorgarle al fueye personalidad propia. Las opiniones son siempre controvertidas, pero en lo que hay acuerdo es en reconocer que Pedro Maffia fue quien logró arrancarle al instrumento sonidos propios, sonidos desconocidos hasta ese momento, motivo por el cual no es exagerado decir que en la historia del bandoneón con Maffia hay un antes y un después y si De Caro y Fresedo representan una ruptura con la Guardia Vieja, la misma tarea cumple Maffia con el fueye.

Todo en él era novedoso. La manera de tener el fueye entre las manos, su digitación sorprendente, el estilo para ligar los sonidos, esa manera de abrir y cerrar el instrumento sin alargar o disminuir sus pliegues, sus matices afiligranados, la sutileza en los detalles. Digamos que Maffia enriquece el vocabulario del bandoneón con fraseos nuevos, con rubatos y acentos novedosos.

Está claro que esa riqueza de procedimientos no la adquirió de la mañana a la noche. Fueron años de andar con el fueye por piringundines de mala muerte, prostíbulos rasposos, bodegones y cafetines arrabaleros, donde un chico que tenía la edad de los pantalones cortos se iniciaba en la vida con el bandoneón bajo el brazo y modelando un vocabulario propio.

Fue en uno de esos vagabundeos, cuando en un caserío de provincia de Buenos Aires llamado Punta Alta, conoció a personajes que habrán de influir decisivamente en su carrera artística. Se trataba, nada más y nada menos, de Roberto Firpo, Carlos Gardel y José Razzano, con los que cultivará una amistad que le abrirá las puertas a los grandes escenarios del tango. Pedro Maffia, ya para entonces “el pibe de Flores”. No ha cumplido los veinte años y su destino como artista ya ha empezado a escribirse con los mejores auspicios. Atrás quedan las incursiones en el mundo de las orillas urbanas. Las veladas en el café Monterrey de calle Maipú, las tenidas en el Bar Iglesias de calle Corrientes o en “El Capuccino” de Carlos Calvo y Colombres, acompañado por sus maestros Fausto Frontera y Justo Rodríguez.

Ahora el pibe de Flores luce sus habilidades en la orquesta de Roberto Firpo. Para 1922 se incorpora al sexteto de Juan Carlos Cobián y al año siguiente es el bandoneonista estrella del sexteto de Julio de Caro. Ya para ese tiempo ha compuesto uno de sus grandes sucesos, “La mariposa”, estrenado por Francisco Canaro en el Royal Pigall. Poco tiempo después a “La mariposa” Celedonio Flores le pondrá letra y en algún momento el flamante poema será interpretado por Carlos Gardel.

O sea, que antes de cumplir los veintiún años, Maffia ya es un maestro y lentamente el Pibe de Flores empieza a ser don Pedro. Se ha forjado en la dura escuela de la calle, ha aprendido al lado de anónimos maestros que le enseñaron los secretos de su arte y se ha ganado la aprobación de los grandes ases de la música ciudadana como son por ejemplo, Roberto Firpo, Juan Carlos Cobián, Lomuto y Julio y Francisco de Caro.

En esos ajetreos musicales ha conocido a Pedro Laurenz con el que iniciará el estilo de los dúos que luego se continuarán con Ciriaco Ortiz, Luis Petrucelli, Alfredo De Franco y Gabriel Clausi, entre otros.

En 1926 forma su propio sexteto. Quienes lo integran constituyen una verdadera antología de la historia del tango. Allí está un joven pianista que se llama Osvaldo Pugliese y un violinista que dice llamarse Elvino Vardaro. A esos nombres hay que sumarle los de Alfredo de Franco, Cayetano Puglisi y Francisco di Lorenzo. El sexteto debuta ese mismo año en el Café Colón de avenida de Mayo.

En la década del treinta constituye esa curiosa formación que se llamo “Cinco ases Pebeco”, integrada por Pedro Laurenz, Ciriaco Ortiz, Carlos Marcucci y en el piano, su cuñado, Sebastián Piana. La Radio Stentor exhibe el privilegio de divulgar a los grandes maestros del bandoneón tanguero.

A “Los cinco ases Pebeco” le sucede “Los Virtuosos”. Después, Maffia prefiere dar un paso al costado. Las populares orquestas de los años treinta no lo convencen, porque allí sus habilidades con el bandoneón pasan desapercibidas o no son valoradas como él supone que lo merecen Por lo menos, eso es lo que cree. Recién retornará a lo suyo en 1942 y lo hará, como se dice en estos casos, a toda orquesta, La presentación se hace en el Tibidabo y lo acompañan Luis Scalise y Elvino Vardaro. Desde ese momento don Pedro será un protagonista insustituible en los grandes escenarios de la noche porteña. El Chantecler, la Richmond, Palais de Glace y el Teatro 18 de julio de Montevideo, son los grandes escenarios donde el hombre luce su talento. A su genio como intérprete le suma sus destrezas como compositor. Temas como “Pelele”, “Diablito”, “Taconeando”, “Ventarrón”, “No aflojés”, entre otros pertenecen a su inspiración. A ellos hay que sumarle creaciones como “Amurado” con Pedro Laurenz o “Triste” y “Tirú”, con los hermanos De Caro.

En 1932 su sexteto participó de la primera película del cine sonoro argentino. Se trata de “Tango” dirigida por Luis Moglia Barth con guión de, nada más y nada menos, que de Carlos de la Púa. “Fueye querido”, será otra de las películas que contará con su presencia. El film está dirigido por Mauricio Berni. Poco tiempo después los grandes maestros le rindieron su homenaje. Primero fue Anibal Troilo con su tema “A Pedro Maffia”; el segundo fue Astor Piazzolla, con “Pedro y Pedro”, un homenaje a él y a Pedro Laurenz.

Pedro Maffia nació en el barrio de Flores el 28 de agosto de 1899. Sus padres fueron Angel Maffia y Luisa Spinelli. Los relatos biográficos sobre su vida difieren en detalles porque están quienes consideran que el chico huye de su casa para eludir las palizas del padre e inicia su aprendizaje en la calle. Y están quienes hablan de un hogar normal con un padre preocupado por la carrera musical de su hijo. Sus peripecias familiares no alteran el resultado final del artista consumado, aunque de todos modos lo que parece estar fuera de discusión es que el “Pibe de Flores” por el camino de la rebeldía o por cualquier otro se formó musicalmente en la calle. De todos modos, se habla de un maestro: Pepín Piazza, que lo inicia en el piano y luego lo habilita para que aprenda a tocar el fueye.

Pedro Maffia, don Pedro para las nuevas generaciones, el Pibe de Flores para los veteranos, murió en Buenos Aires el 16 de octubre de 1967.