Al calor de los juegos olímpicos

Al calor de los juegos olímpicos

El solo hecho de ver a los mejores deportistas del mundo, no en una sino en todas las disciplinas deportivas un salpicón, una súper picada, un atracón de deportes- puede despertar entusiasmos súbitos. Yo vi con mis propios ojos cómo el gordo Ricardo, veinte años ininterrumpidos de sedentarismo sin mácula, pasó al trotecito después de ver la final de los cien metros llanos. En esta nota, voy a transpirar, me parece.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected].

 

Tenemos el caso, en el laburo, de un periodista sin tachas no le gusta el rock- que se desgarró ¡jugando al ping-pong! Es el famoso caso de “¡no podés!”. No, señor: no podés lesionarte jugando al ping-pong, es muy prosaico; es el típico ejemplo de heroísmo cero. Cuando uno se lesiona jugando al fútbol, cuando te desgarrás en un maratón callejero, bueno, un halo de prestigio acompaña la lesión y la recuperación. Pero desgarrarte jugando al ping-pong, encima al ping-pong de entrecasa, no se puede sostener con algún dejo entonces lo dejo- de dignidad.

Voy a contar el caso sin dar nombres porque para muestra basta un botón, y botones sobran en todas partes-, supongamos que se llama Luis o Rodrigo, no importa. Pues bien, Luis o Rodrigo, imbuido por el espíritu olímpico, por un pasado muy pasado con gloria en este noble deporte, o por una sobremesa larga con varias botellas y televisión en directo desde Londres, escuchó o lanzó no importa tampoco- el desafío familiar de reeditar viejos duelos pingponeros.

Así es que sin más trámites, exhumaron estaba bajo tierra literalmente- la vieja mesa de ping-pong, encontraron las paletas y hasta un par de pelotas siempre son necesarias para encarar una justa deportiva- en condiciones y allí nomás se trenzaron, por decirlo metafóricamente, porque dos de los contendientes son pelados post sesenta. Luis o Rodrigo, jugando contra su padre, ¡se desgarró!

Hubo que suspender el partido, atender al lesionado, consolarlo alguien trajo otra copa de tinto, que Luis o Rodrigo aceptó resignado- y comenzar a reírse de él de manera sistemática, desenfadada, a cara descubierta, masivamente.

En el trabajo, alguien sugirió que lo único que falta es que te desgarres jugando al bowling o al ajedrez. La gente es cruel.

En el medio, vimos a Joaquín elongar como si fuera a participar de los 400 metros con vallas apenas podemos lograr que vaya 10 metros a buscar agua para el mate-, y a la Negra juntar los brazos como para ayudar a recibir un imaginario saque de potencia, recuerdo de su infancia dedicada al vóleibol... hace treinta años...

Alguno recordó también la súbita y meteórica carrera como jugador de paddle del bueno del Flaco: arrancó el partido con los cuatro jugadores reglamentarios, el Flaco incluido, hasta que vimos rebotar cuatro veces la pelota hacia el sitio donde... ya no estaba el Flaco, sentado afuera, agitado como si hubiera empujado una locomotora y haciendo señas inequívocas de que hasta allí llegó y sigan ustedes muchachos... Jodido seguir un turno de dos horas de paddle con sólo tres jugadores y cuando se llevan “disputados” tres minutos y medio.

Otro, socarronamente, y mientras veíamos a los maravillosos gimnastas esforzarse en anillas o en pruebas de piso, aludió a Fava, sindicándolo como experto en caballete: dos o tres veces por semana el vago saca el caballete de madera de la piecita del fondo y alberga a la perrada que departe un asadito, una picada o unos porrones bien helados. En eso, el tipo tiene verdadera gimnasia.

Y nos vamos yendo. Días largos y atípicos en los trabajos y en los hogares, con los televisores en continuado viendo las peripecias de una lanzadora de bala rusa o de un esgrimista italiano, días de especialistas en todo, opinólogos vocacionales, expertos de café, días desgarradores para Luis o Rodrigo, días en que uno escribe por escribir. Por deporte, nomás.