Crónica política

El gobierno del “como si”

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Militantes e íconos del Jefe -o la Jefa-, típica postal del populismo.

Foto: Télam

Por Rogelio Alaniz

 

Cuando los políticos se valen de los delincuentes para hacer proselitismo, estamos en el fascismo o en la antesala del fascismo. Hitler fue un maestro en la materia, pero no fue el único. Los Kirchner por supuesto no están a su altura, pero deberían saber que la flamante iniciativa de recurrir a asesinos como embajadores culturales y militantes políticos tiene ilustres predecesores.

Sin ir más lejos, en nuestra tradición criolla más de una vez el poder abrió las puertas de las cárceles para reclutar mano de obra adicta. Desde Juan Manuel de Rosas a Jorge Rafael Videla hay una fecunda saga de emprendimientos de ese tipo. En el camino se anotan las dictaduras militares que padecimos, y entre las que cabe mencionar algunos destacados reclutas de la Revolución Libertadora. En la misma senda se anotó el peronismo, cuando a través de Perón y López Rega se organizó las Tres A, iniciativa que se perfeccionó cuando el propio Perón decidió ascender a comisario general a su íntimo colaborador, ascenso que de un plumazo recorrió el trayecto que va del modesto cabo al ejecutivo comisario. De canillita a campeón, como se dice en estos casos.

Para curarme en salud, anticipo que jamás aboné la hipótesis de que el gobierno de los Kirchner es fascista. Las palabras, no se pueden devaluar gratuitamente o cargarlas de intensidad con objetivos publicitarios. Quienes así lo hacen mienten, se mienten a ellos mismos o padecen de esa enfermedad tan difundida en estos tiempos que se llama ignorancia. Los Kirchner no son fascistas, como la dictadura militar no es genocida. Un gobierno puede ser injusto, explotador y antipopular sin necesidad de ser fascista, del mismo modo que un régimen militar puede practicar el terrorismo de Estado y la represión ilegal de los disidentes, sin por ello ser genocida.

El gobierno de los Kirchner no es fascista y jamás se me ocurriría calificarlos a Él y a Ella con ese término. No hay condiciones históricas ni sociales para la implantación de un régimen de esa naturaleza; y no bastan algunas metodologías autoritarias para avalar tal calificación. Los Kirchner no son fascistas, pero son autoritarios, megalómanos, creen en la infalibilidad de su destino, desprecian a las instituciones republicanas, no admiten controles de su gestión, se rodean de corruptos, y ellos mismos no han podido demostrar cómo hicieron para acumular una fortuna que suma millones de dólares, fortuna multiplicada desde que asumieron el poder. No, no son fascistas, pero son populistas y pertenecen a la tradición más fuerte del populismo criollo que es el peronismo. Digo la más fuerte, porque el populismo como esas enfermedades transmisibles, ha corroído culturalmente el cuerpo social y político de nuestro país.

Alguna vez dije en broma -pero ya se sabe que desde Freud en adelante a los chistes hay que darle más importancia- que el populismo criollo es un fascismo suavizado por la corrupción. Humoradas al margen, digamos que el fascismo es trágico mientras el populismo suele ser grotesco, cómico o aficionado al sainete. Otra interpretación posible a desarrollar, es pensar al populismo criollo como un fascismo después de la derrota del fascismo. Halperín Dongui, sin ir más lejos, escribió alguna vez que el peronismo fue en la Argentina el fascismo posible.

Hay otras interpretaciones por supuesto. La izquierda peronista ha desarrollado en los últimos años una versión ingeniosa del populismo como un formidable movimiento de masas con capacidad para desbordar los límites de un sistema cuyas instituciones no son más que un pretexto para disimular la explotación. El populismo, para esta versión, sería una formidable puesta en escena donde las masas oprimidas desarrollan una práctica social liberadora. No ignoran las resistencias que esta práctica suscita, pero entienden que en lo fundamental hay que acompañar estas experiencias porque la presencia popular es una garantía, una garantía de no se sabe bien qué, pero tampoco hay que detenerse demasiado en esas minucias. Como se podrá apreciar, la interpretación es más estética que política, abreva en las lecturas irracionales del romanticismo alemán y ya se sabe que la tendencia a estetizar la historia y la política es un atributo de los totalitarismos del siglo veinte.,

Lo que esas lecturas edulcoradas del populismo no logran explicar es por qué los desenlaces de esas experiencias suelen ser trágicos. Tampoco explican la distancia existente entre los ideales y los liderazgos. Se sabe -por ejemplo- que en todo movimiento de masas hay diferentes corrientes que por comodidad podríamos calificarlas como más a la derecha o más a la izquierda, pero esas diferencias atendibles históricamente no tienen nada que ver con el abismo existente entre un peronista de izquierda y un militante de las Tres A.

No conozco antecedentes de que en una misma fuerza política convivan con tanta comodidad asesinos y asesinados, torturados y torturadores, víctimas y victimarios. Rodolfo Walsh, con su habitual lucidez -incluso para pensar en contra de sí mismo- llegó a admitir, poco tiempo antes de morir, que los traidores al peronismo no eran Vandor, Rucci, Alsonso o López Rega, sino ellos, los que alguna vez supusieron que el peronismo era la antesala del socialismo y de pronto descubrieron que lo siniestro no eran la oligarquía ni los liberales en abstracto, sino esa manifestación concreta, práctica y descarnada de quienes los mataban invocando la causa por la que ellos luchaban. Nunca escuché nada más patético y estremecedor que las declaraciones de aquel dirigente de la izquierda peronista que reconoció, con algo de vergüenza, que a la hora del balance debía admitir que Lanusse los había tratado mejor.

Si el rey Midas disponía de la virtud de transformar el barro en oro, el populismo criollo dispone del infinito talento de transforman el oro en barro. Causas nobles como los derechos humanos, la asignación universal por hijo, la distribución de la riqueza, los derechos de los niños, las minorías segregadas y los jubilados, se degradan, se corrompen o se transforman en coartadas para el enriquecimiento de personajes detestables.

No hay nada más justo que las obras sociales en manos de los trabajadores, pero no hay nada más vil e infame que saber que en realidad están en manos de burócratas mafiosos y multimillonarios. Tradiciones honrosas, como el cooperativismo y el mutualismo, de la mano del populismo degradan en negociados obscenos. ¿Quién puede oponerse a la resocialización de los presos? Nadie, hasta que descubrimos que una de las consignas más nobles de la tradición liberal, deviene en una práctica que en lugar de reeducar a los presos, alienta lo peor que hay en ellos. “Vatayón Militante” y “Negros de mierda”, ya en su denominación ponen en evidencia la naturaleza de sus objetivos.

A Ernest Hemingway se le atribuye la teoría literaria del “iceberg”. Según el autor de “El viejo y el mar”, la trama literaria se manifiesta en dos niveles, una visible y otra oculta. El estilo literario se parece al “iceberg” porque lo más importante no está en la superficie sino en la profundidad. El régimen de los Kirchner se adaptaría a las mil maravillas a esa imagen,. Lo importante no es en lo que se dice, sino lo que se oculta: corrupción, inflación, capitalismo de amigos, etcétera, etcétera, etcétera.

El fraude ideológico de presentarse como una cosa y hacer otra siempre estuvo presente en la cultura populista. Ese gran pensador político que fue Milcíades Peña, dijo alguna vez que el peronismo actuaba bajo el condicionante del “como si”. Era conservador, pero se comportaba “como si” fuera revolucionario. Con los Kirchner, el “como si” adquiere niveles de gloria. Nunca creyeron en los derechos humanos, pero actúan “como si” los defendieran; se beneficiaron con las privatizaciones, pero actúan “como si” fueran estatistas; de hecho alientan una economía especulativa, pero operan como si estuvieran a favor de una economía basada en la producción; practican un centralismo que haría palidecer de envidia a Rivadavia y Alsina, pero se portan “como si” fueran abanderados del federalismo; expresan y representan a una oligarquía codiciosa y lumpen, pero verbalizan como si fueran antioligárquicos; la señora luce vestuarios de millonaria, compran propiedades en El Calafate y en Puerto Madero, pero se presenta ante la sociedad “como si” estuviera con los pobres.

No, los Kirchner no son fascistas porque saquen a los presos a brindar espectáculos “culturales”. Tampoco son fascistas porque alienten a las barras bravas o corrompan a las instituciones de derechos humanos. No lo son ni necesitan serlo. Lo que hacen con sus hábitos es devaluar instituciones, tradiciones populares. No son los grandes ideales proclamados por el populismo los que merecen criticarse, sino las inconsecuencias en que incurren para llevarlos a cabo.

Lo que hacen con sus hábitos es devaluar instituciones, tradiciones populares. No son los grandes ideales proclamados por el populismo los que merecen criticarse, sino las inconsecuencias en que incurren para llevarlos a cabo.