Preludio de tango
Preludio de tango
Enrique Dizeo, una acuarela porteña
Manuel Adet
Fue de los poetas que exhibió el orgullo de que Gardel interpretara un puñado de tangos de su autoría. Se inició escribiendo acuarelas del arrabal: las tardes de sol en el hipódromo, las noches de cabaret, las calles desparejas de una ciudad mitológica, pero en cierto tramo de su vida estuvo atento a los cambios promovidos por autores como Manzi, Castillo, Expósito, y entonces sus letras adquirieron un tono diferente.
No concluyen allí las novedades. Si a José María Contursi se le reconoce el mérito de haber escrito un poema como “Sombras nada más”, que fue prácticamente “capturado” por los cantantes de boleros, a Dizeo se le anota en su currículum la hazaña de haber escrito un difundido valsecito peruano: “Que nadie sepa mi sufrir”, con música de Ángel Cabral, valsecito que se divulgó por toda América Latina a través de los grandes cantantes de boleros, mientras que en Europa el poema fue aclamado por multitudes cuando Edith Piaf, el inolvidable “Gorrión de París”, lo grabó para placer de todos los oyentes.
Enrique Dizeo nació en el porteño barrio de San Cristóbal el 26 de julio de 1893. Su recorrido biográfico se identifica con la historia del tango y la historia de sus poetas. Era hijo de Francisco Dizeo y Francisca Bruno. Su escuela fue la calle. La calle y la noche. Los vagabundeos por la gran ciudad lo acercaron a la bohemia y lo relacionaron con “sabihondos y suicidas” que le descubrieron un mundo de colores más intenso. El primer registro público de ese devenir se ubica alrededor de 1920, cuando integra el conjunto destinado a animar los carnavales porteños, conocido con el nombre de “Los hermanos Faccha Brutto”.
Arañaba los veinte años cuando publicó su primer tango, musicalizado por Argento Gentile. Se trata de “Romántico bulincito” Allí se define su afición a describir la vida de una ciudad poblada por burreros, cafisios, hombres desengañados y tristes, mujeres tramposas y barras esquineras que practican el culto a la amistad entre hombres. En esas recorridas, en ese devenir callejero conoció en el mítico “Café de los Angelitos” de Rivadavia y Rincón, a Carlos Gardel, con quien cultivó una amistad perdurable.
Temas como “Copen la banca”, “Pan comido”, “Echaste buena”, “¡Que se vaya!”, “Andate con otra”, fueron interpretados por el Morocho con singular éxito. En el caso de “Copen la banca”, la música es, nada más y nada menos, que de Juan Maglio, el popular Pacho. Su primera estrofa es toda una declaración de principios acerca de su estilo. “ Cadenero de buen porte, garabito a la piu bela/ pinta brava de muchacho con su jetra sushetín/ académico en el arte de tallar a la alta escuela/ con razón bancás el juego más debute de quiniela/ y tirás monte con puerta en lo del viejo Angulín”.
En esos años inició una fuerte amistad con Celedonio Flores. Alguna vez esa amistad, regada con inspiraciones y copas, floreció en poemas que se dedicaron mutuamente. Le dice el Negro Cele a Dizeo: “Vos sos púa, tenés alma y en lo rante estás Chipola/ no aflojés aunque se bronque algún clásico fifí/ Cuando estemos bien palmados, cuando nadie nos dé bola/ yo te haré un soneto rante, en una tirada sola/ y vos otra para mí”.
Flores para estas cosas, como para otras, era un maestro. Dizeo siempre se reconoció como su alumno, una referencia insoslayable. Seguramente la poética de Flores es más trascendente, con pretensiones literarias más justificadas y con una elaboración del lenguaje mucho más complejo, pero un poema como “Pan comido” tiene lo suyo, al punto que uno de los críticos de entonces, Abel Darazo, dijo que “parece escrito desde la popular del hipódromo de Palermo”.
El tema, con música de Ismael Gómez, fue grabado por Gardel en febrero de 1927. “Sos un caído de la cama, un pobre diablo un maleta, / que en los handicaps corridos siempre quedaste parao/ Que has perdido el vento al póker porque no tenés carpeta/ y sin embargo en la vida nunca falta un buey corneta/ que haga correr la boliya que sos un tigre mentao”. Perfecto.
Para los años cincuenta y sesenta, Dizeo era todo un personaje de la vida ciudadana. Solterón empedernido, mujeriego, amigo de los amigos y aficionado a los burros, su vida era una postal de cierta manera de ser un tanguero de los buenos años. Su amistad con Gardel, sus relaciones con Celedonio Flores, sus contactos con el mundo de la noche, lo transforman en una suerte de prócer de la ciudad, un prócer pintoresco y respetado que compartía su soledad con los amigos y, de vez en cuando, se daba algunos lujos, como el de rechazar la propuesta de integrar la “Academia nacional del lunfardo”.
Uno de sus temas más célebres fue “Echaste buena”, también grabado por Gardel con música de Eduardo Bonesi. “Bate el justo en la parada/ tan lindaza y tan bacana/ que hace tiempo en la abundancia navegando te encontrás/ A más de uno allí en Belgrano/ con esa pinta de rana y las cuarenta del mazo/ si se cuadra lo apurás”. El trazo es con brocha gorda, la pinceladas son gruesas pero certeras. No hay metafísica y complejidades, pero hay observación de los detalles, destrezas en el manejo de las imágenes y en el uso del lenguaje de la vida callejera.
A partir de los años cuarenta su poética mejora notablemente o, para ser más precisos, se perfecciona. De ese período pertenece este tema que interpreta Angel Vargas y que arranca con unos hermosos versos: “Nos separamos un día por un enojo cualquiera/ y hoy se muere el alma mía porque en vez de la alegría el dolor me desespera”. El poema se llama “Más solo que nunca”, la orquesta de Pedro Laurenz lo grabó para el sello Odeón en 1944 y la música pertenece a Federico Leone.
También interpreta Angel Vargas “No es más que yo”, con música de Luis Manarino: “Yo soy y he sido siempre muchacho calavera, yo tuve un buen cotorro y una buena mujer, era una criolla tan linda y tan canchera / que me hizo un hombre serio, que me enseñó a querer”. La historia narra el drama de siempre: la mujer lo deja por un amigo que él llevo a su casa porque estaba en la mala. En su última estrofa concluye: “Pero todo se arregla en esta vida fiera/ el que hace una parada la tiene que pagar/ donde lo encuentre/ de la misma manera que procedió conmigo/ me van a ver tallar/ Le sacaré lo mío de prepo si se cuadra/ después de echarle en cara lo mal que se portó/ pa demostrarle que si ese perro ladra, yo muerdo si me apuran y que él no es más que yo”.
Para los años cuarenta Dizeo es uno de los autores reconocidos del género. Sus poemas son musicalizados por los mejores. Osvaldo Pugliese, por ejemplo, escribe los acordes de “El encopao”. Aníbal Troilo hace lo mismo con ese tangazo que después Roberto Goyeneche y Alfredo Belusi lo brindarán al público. Se trata de “Total pa que sirvo“. Su primera estrofa merece recordarse: “No sé, pero a veces quisiera encontrarlo/ así frente a frente pa ver si es capaz/ de mirarme fijo al interpelarlo/ ya que es de coraje como lo pintás/ ¿O creés que he nacido pa vivir temblando?/ Soy mucho más hombre de lo que sabés/ Desde hoy día y noche lo vi’ andar buscando/ y donde se cuadre ya me vas a ver/.
En su repertorio abundan los tangos picarescos, relatos sencillos, sin demasiadas pretensiones, que pintan situaciones típicas. “Cobrate y dame el vuelto”, musicalizado por Miguel Caló es uno de ellos. En la misma línea se encuentra “Tan grande y tan sonso” y “Primero campaneala”, ambos compuestos por Anselmo Aieta. Como se puede apreciar, Dizeo siempre estuvo muy bien acompañado. Sus últimos años los pasó en su casa de barrio Floresta donde murió el 6 de mayo de 1980.