El difícil arte de estacionar correctamente
El difícil arte de estacionar correctamente

Ah, sí, claro: para el señor, un tuerca de aquellos, estacionar no representa ningún problema. Pero tiene un auto nuevo con sensores, dirección nosecuantodráulica y otros elementos tecnológicos que hasta puede prescindirse limpiamente del conductor. Pero te quiero ver con un Kaiser Carabela o un Rambler.
TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected].
Una de las cuestiones que nos desvelaban a los jóvenes de entonces (después de la primera cosa que nos desvelaba a los jóvenes de entonces y de ahora también) era poder estacionar correctamente el coche en la prueba de manejo para la obtención del carné de conducir. Obtener ese salvoconducto era indispensable para empezar a negociar con dispar éxito la utilización del auto de tu viejo. Y era también una suerte de documento que testificaba tu verdadera mayoría de edad: terminabas la secundaria, podías votar y, si estacionabas bien, tenías el carné. El resultado final de esos procesos y procedimientos, más algún que otro agregado (por ejemplo la resolución de la primera cosa que nos desvelaba a los jóvenes de entonces y ahora) te convertía en mayor de edad. En un hombre, bah.
Se suponía que uno ya sabía manejar, pero igual intimidaban esas vallas tan impersonales y cercanas: había que estar entrenado o inspirado para meter el auto ahí, de una. Pesadillas previas al examen: que necesitabas entrar y salir cuatro o cinco veces (y lo siento, fuiste) o que tumbabas la valla trasera.
Porque en tren (en auto, en realidad) de demostrar solvencia, los cancheros venían marcha atrás con una mano y, sobradores, intentaban la maniobra. Era a todo o nada, cielo o infierno, mayor de edad o todavía miserable e infelizmente púber.
Yo pienso en esos autos de entonces: un Falcon, un Ambassador, un Chevy: portaaviones duros que te dejaban los brazos inflados de doblar y redoblar para que esa cosa se moviera con cierta delicadeza. Un topetazo de esos paragolpes hacían volar las vallas hasta el próximo examen, meses más tarde... Había que ser guapo para estacionar con esas especies de trilladoras.
En el campo, uno aprendía a “manejar” desde bien temprano, a brocha gorda, porque debía ocurrir una calamidad para que chocaras en el pueblo. Sólo tenías que acertar -tampoco era tan sencillo: había huellones, barro, los perros te venían a saludar...- a enhebrar la tranquera de entrada, justo cuando llegabas del baile, entonado pero a tiempo para ordeñar.
Hoy en cualquier calle de la ciudad, ves los distintos estilos y escuelas de manejo y sobre todo de estacionamiento: hay de todo, desde los ultracorrectos, que preanuncian la maniobra con las balizas, retroceden rectos y sin abrirse demasiado y “calzan” el vehículo con acompasada sabiduría, hasta los bestias que realmente tiran el auto en vez de estacionar. Y arreglate.
Y vamos desde el apurado y desaprensivo que no tiene problemas en dejarlo en doble fila y del lado rápido, porque se baja de una escapadita, hasta el que lo deja desalineado, inclinado, cordoneando o irremediablemente lejos del cordón, calle adentro. O cola o punta afuera y otras procacidades del tránsito cotidiano. Hay de todo en el reino del señor, incluyendo al apurado (colectiveros escudados en su indudable tamaño y prisa, en primer lugar) que en una calle transitada te apremia a que sigas cuando en realidad vos querés estacionar e indicás exactamente eso con tus balizas.
Un capítulo final -ya puse yo también las balizas, ya estaciono, ya me bajo, ya me voy...- para la cuestión de géneros. Es ridículo a esta altura que los hombres sigamos mandando a lavar platos a las mujeres, básicamente por dos motivos: porque las mujeres manejan y estacionan igual o mejor que los hombres (o dicho al revés: el género no condiciona la brutalidad o delicadeza en el manejo y en el difícil arte de estacionar) y porque en casa los platos los lavo yo.