Edición del Martes 21 de agosto de 2012

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Las peripecias de Julian Assange - Edición Impresa - Opinión Opinión

La vuelta al mundo

Las peripecias de Julian Assange

Rogelio Alaniz

¿Campeón de la libertad de prensa o delincuente?, ¿militantes de las causas nobles o vulgares chantajistas?, ¿progresistas o estafadores? Todos estos interrogantes, y muchos más, pueden hacerse cuando se habla de Julián Assange o algunos de sus colaboradores o secuaces inmediatos. Lo que está fuera de discusión es que el debate ganó la calle y que, más allá de sus ribetes policiales y políticos, es el punto de partida de una polémica abierta en el siglo XXI acerca de las nuevas tecnologías y de temas urticantes como los secretos de Estado y las relaciones entre el poder, la información y la opinión pública.

En lo personal no tengo una opinión formada acerca de Julian Assange, aunque debo admitir que me resulta simpático o, por lo menos, interesante en tanto personaje controvertido, dueño de una singular lucidez. Por lo pronto, la derecha más cavernaria lo tiene en la mira y en algunos casos no han vacilado en afirmar que sujetos despreciables como estos merecen la pena de muerte o directamente ser asesinados en la vía pública. Sin ir más lejos, la dirigente del célebre Tea party, Sarah Palin, ha dicho que Assange es más peligroso que Al Qaeda y como tal debe ser tratado.

Si nos atenemos a la suerte que han corrido los militantes de esa causa, empezando por Ben Laden, no es difícil imaginar lo que la señora Palin desea para el joven australiano. Pero no sólo una derechista reaccionaria está enojada con el hacker. El muy circunspecto y formal asesor del primer ministro de Canadá, Tom Flanaggan, no vaciló en decir que Assange merecería ser asesinado sin misericordia en donde se lo encuentre. Lo que se dice, todo un humanista occidental.

Un poco más moderado, pero sin disimular la ojeriza que le despierta el personaje, el primer ministro sueco, Frederick Reinfedt, ha dicho que se trata de un ser repugnante, de un vulgar violador de mujeres que merece pasarse el resto de sus días entre rejas o algo peor. Como se recordará, Assange tiene dos causas abiertas ante la Justicia sueca por intentos de violación y acoso sexual. Las denuncias las han presentado Anna Ardin, una cubana exiliada y Sogfi Wilen. La causas están caratuladas como delitos de violación, abusos sexuales y coacción.

¿Será para tanto? ¿estamos ante un violador serial, una suerte de degenerado sexual que anda por la calle con el ojo atento para abalanzarse sobre alguna niña desprevenida y someterla a sus bajos instintos, como dicen las crónicas policiales? No conozco los pormenores de la causa, pero lo que se puede deducir de las declaraciones de los protagonistas y las respectivas opiniones de los abogados defensores y la fiscal, lo sucedido está más cerca de la discusión de una pareja acerca de cómo practicar sexo, que de lo que se considera una violación. De todos modos, no deja de llamar la atención que un país como Suecia, cuya calidad democrática está entre las más altas del mundo, se preste a este tipo de operativo para desprestigiar a un hacker políticamente incorrecto.

Escuchemos ahora a los defensores de Assange. En primer lugar, está el juez Baltazar Garzón, un clásico exponente de la corrección política, mimado por los progresismos del mundo entero y muy amigo de la publicidad y las cámaras televisivas. Tan interesantes como las de Garzón, son las declaraciones de Ron Paul, congresista de Texas por el partido Republicano.

Paul ha dicho algo que apunta al centro del debate y, por lo tanto incomoda a los poderes oficiales y a los intereses creados. En efecto, como consecuencia de las imputaciones de “traidor a la patria y enemigo de la Nación, el legislador sostuvo que ninguna de esas acusaciones, más parecidas a un insulto que a una imputación legal, se detenía ante el hecho obvio y evidente de si las publicaciones de Assange eran verdaderas o falsas. Paul se tomó el trabajo de indagar sobre el tema y arribó a la conclusión que las publicaciones que Assange hizo a través del sitio web Wikileaks, eran verdaderas. Esa certeza lo llevó a decir que “si en una sociedad democrática, la verdad se convierte en traición a la patria, estamos en graves problemas”.

Lo que dice Paul de Assange, vale también para uno de sus principales colaboradores, Bradley Manning, detenido desde hace dos años en una cárcel de Estados Unidos, por haber liberado información secreta y confidencial sobre los operativos militares de las tropas norteamericanas en Afganistán e Irak. Este joven, experto en sistemas informáticos, trabajó en 2009 como analista de inteligencia en la Armada de los Estados Unidos. En la actualidad está acusado de veintidós cargos y se asegura que entregó más de medio millón de documentos oficiales, videos y cables clasificados.

En su reciente discurso desde el balcón de la embajada de Ecuador en Londres, Assange se refirió a Manning y denunció los maltratos recibidos en la cárcel de Quantico. Varios legisladores yanquis no han tenido empacho en decir que Manning se merece la condena de muerte, pero más allá de exageraciones o arranques pasionales, lo cierto es que el joven hacker está sometido a la Justicia. La observación es pertinente, porque habría que preguntarse cuál debe ser la respuesta de una Nación cuando un soldado de sus filas entrega documentos clasificados y confidenciales al enemigo. Conocemos las respuesta de los Estados Unidos; habría que ver, en las mismas circunstancias, cuáles habrían sido las respuestas de Cuba, Arabia Saudita, Rusia, China o Corea del Norte, para poner algunos ejemplos.

Julian Assange nació en Australia el 3 de julio de 1971. Se dice que su pasión por la informática se despertó en su adolescencia y antes de los dieciocho años capitaneaba una banda de hackers dedicados a piratear información confidencial. En 1991 el muchacho fue detenido un par de semanas por la Policía Federal de Australia acusado de acceder ilegalmente a computadoras privadas. Para esa época ya era todo un personaje. Autodidacta, sus conocimientos de física y matemática son notables y, para más de un entendido, en lo suyo, el joven es un genio.

Su currícula, según Wikipedia, está a la altura de su leyenda: programador y promotor de software libre; experto en programación Haikell y Oxaml, dos de los lenguajes más herméticos e inaccesibles de ese universo; creador del programa de cifrado Rubberhose, que sirvió de base para el programa True Crypt. Continúan los logros: participó como desarrollador de FreeBSD y colaboró en el despliegue de PostgreSQL. En 1995 escribió Strobe, el primer escáner de puertos gratuitos libres. Strobe incentivó a otros colegas para desarrollar el escáner de puertos NMAP.

Wikileaks fue fundado en 2006 y tres años después Aminstia Internacional lo premió en reconocimiento a su investigación sobre asesinatos extrajudiciales en Kenia. No concluyen allí sus méritos. Según los entendidos -la investigadora de la Universidad de Melbourne, Suelette Dreyfus, por ejemplo- Wikileaks ha clasificado más documentos confidenciales que toda la prensa mundial.

Consultado por la prensa, Assange sostuvo que lo suyo no representa ningún mérito, porque en todo caso lo que estos ejemplos ponen en evidencia, es el alarmante silencio y complicidad del resto de los medios. Para luego concluir: “¿Cómo es posible que un equipo de cinco personas haga en poco tiempo lo que no fueron capaces de hacer grandes multimedios?”. Buen interrogante, a condición de que la noble tarea de ventilar información secreta valga para todos. Y a condición de admitir a libro cerrado que los secretos de Estado no deben existir, afirmación moralmente válida, pero de dudoso sustento real.

En la actualidad, Julian Assange está refugiado en la embajada de Ecuador en Londres. En su momento llamó la atención que haya elegido un país que en Gran Bretaña los pocos que lo conocen lo deben asimilar a una republiqueta bananera gobernada por un presidente que se ha distinguido por perseguir a la prensa opositora. La suspicacia tiene lugar, porque para sorpresa de todo el mundo, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, se ha distinguido, entre otras cosas, por querellar a periodistas y directores de diarios por faltas muy menores a las que cometió Assange.

¿Correa es un campeón de la libertad de información o en este conflicto se redujo a aplicar la máxima atribuida a Maquiavelo: el enemigo de mi enemigo es mi amigo? Todo es posible en este mundo desquiciado, pero convengamos que no es una idea del todo peregrina suponer que el presidente de Ecuador se esté dando el gusto de fastidiar a sus enemigos de Occidente brindándole asilo a un señor como Assange que si en Ecuador hubiera atrevido a hacer el uno por ciento de lo que hizo en Estados Unidos o Europa, estaría entre rejas sin apelación posible.

Las peripecias de Julian Assange

Julian Assange, el fundador de WikiLeaks,se dirige a los medios y a sus seguidores desde un balcón de la embajada de Ecuador en Londres. Foto: efe



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