Crónica política
Crónica política
Del voto adolescente a los “mal llamados niños”

Rogelio Alaniz
Hay buenos argumentos para votar a los dieciséis años. Y también habría muy buenos argumentos para votar a los catorce. O a los veintiuno. Nada más flexible, relativo y opinable que los atributos de la edad. Se puede enunciar una cosa y después decir exactamente lo contrario, y todo puede estar rodeado de una respetable aura de racionalidad.
El otro día un amigo me dijo que si en este país dejaron votar a los muertos por qué no dejar votar a los pibes. Pensé que su frase alguna lógica tenía. También pensé que en otros países votan a los dieciséis y, en la Argentina, en algunas provincias, a esa edad eligen intendentes o presidentes de comuna. Por lo tanto, no es la edad lo que está en discusión, sino la oportunidad, la metodología empleada y los intereses en juego. Dicho de una manera más sencilla: lo que está en juego es la política; lo que se discute no es un problema cronológico, sino político.
Cuando digo “política”, digo dos cosas: sociedad y poder. Así conviene entenderlo para evitar caer en anécdotas al estilo: “Conozco un chico de dieciséis años que no sabe ni como se llama”. O, “conozco a un chico de la misma edad que es un genio”. Todos dicen la verdad, pero es una verdad aislada, fragmentada y por ese camino no se llega a ninguna parte, que es lo que suele pasar cuando se pierde de vista la perspectiva política.
Decía que en un tema como el que nos ocupa, están en juego la oportunidad de su tratamiento y los intereses comprometidos ¿Y las intenciones? En política juzgar intenciones se hace muy difícil, pero existen; a veces están encubiertas, a veces no. El gobierno de los Kirchner en ese sentido no suele ser delicado. Creo que a nadie se le escapa que promueve este cambio porque supone que los pibes lo van a votar. Esa intención es evidente, por más que no se enuncie.
Que estamos ante un gobierno manipulador y tramposo, no es ninguna novedad. También ante un gobierno decidido a quedarse hasta el fin de los tiempos. A esas virtudes, le suma disponer de una “izquierda” que cumple las funciones estéticas de maquillar al monstruo, presentar, por ejemplo, a un rufián como a un joven idealista; a Chirusa como Madame Pompadour; a un fraude escandaloso como una audaz medida revolucionaria. Todas estas intenciones son evidentes, no como dato subjetivo, sino como materialidad real del poder.
Es por eso que la propuesta a favor del voto de los chicos mayores de dieciséis años hay que entenderla como el despliegue de una maquinaria que se propone acumular más poder. Si el menemismo fue algo así como un modo de producción fundado en la corrupción, el kirchnerismo -sin perder su escandalosa condición corrupta- se distingue del caudillo riojano, porque es un modo de acumular poder sin límites institucionales o temporales. ¿Acaso Menem no pretendía lo mismo? Más o menos. Como buen peronista lo intentó, pero siempre dependió de otras determinaciones, ausentes hoy con el kirchnerismo.
Suponer que el debate sobre el voto a los dieciséis años es una cuestión cronológica, lleva a la oposición a cometer nuevos errores políticos. Los respeto a Macri y a Binner, por diferentes razones, pero los respeto. Sin embargo, creo que se equivocan al perder de vista que toda iniciativa propuesta por esta monstruosa maquinaria de poder, es funcional al objetivo estratégico del oficialismo de acumular y reproducir más poder.
Se dice, por ejemplo, que el voto adolescente apunta a ampliar los niveles de participación. Mentira. En primer lugar, porque pretende presentar al voto como una exclusiva manera de participación. olvidando que el concepto de participación es mucho más complejo que convocar a alguien a votar. Por otro lado, sinceramente no les creo a quienes hablan de participación, cuando su consigna preferida ha sido y es “de casa al trabajo y del trabajo a la casa”. Es decir, cero de participación, porque para decidir está el líder, un líder que, además, debe de ser amado y temido como Dios, como nos lo acaba de recordar nuestra simpática señora, a quien ya no le alcanza con compararse con los faraones, ahora conversa con Dios. .
Una vez más importa advertir que el populismo no alienta la participación, porque si así fuera debería empezar por repartir el poder, cosa que no hace ni piensa hacer. Una democracia participativa reclama de un poder abierto y descentralizado; un poder que achique la distancia existente entre gobernantes y gobernados. La participación para el populismo es otra cosa, es la claque en la plaza vivando al líder. El escenario del populismo está hoy muy bien representado en el atril de la señora y sus abusivos monólogos por la cadena nacional; la participación de populismo se manifiesta en esa platea de alcahuetes y serviles que la acompaña en todas las sesiones.
Asimismo, se equivocan quienes se oponen a esta iniciativa invocando la presunta ignorancia o irresponsabilidad de los jóvenes. Digamos, en principio, que el universo de los dieciséis años es diverso y complejo. Hay diferencias de clase, de opciones de vida, de oportunidades y de destino. Alguna vez se dijo que la adolescencia significa mantener una relación especial con la edad. Hoy esa hipótesis ha sido refutada en toda la línea, porque esa “relación especial con la edad” ha dejado de ser privativa de los jóvenes.
Todas las edades admiten realidades plurales. Lo que la ley hace a los efectos de establecer un piso mínimo de orden, es institucionalizar algunos criterios básicos fundados en los datos de la biología y los usos y costumbres de cada época. No son nociones exactas, sino aproximativas. Votar a los dieciocho o a los dieciséis no hace diferencia, del mismo modo que no haría diferencia tener veinticuatro o veinticinco años para ser diputado nacional. O treinta y cinco para ser presidente. Lo demás pertenece al campo de la especulación política.
Un país serio abriría un debate acerca del cambio de edad. Como nosotros hace rato que optamos por no ser un país serio, las cosas están como están y así se explica que un energúmeno como Aníbal Fernández se transforme en el adalid de la participación juvenil.
Lo que vale para los jóvenes, también se puede hacer extensivo a la niñez. Si hoy votan a los dieciséis, ¿por qué no hacerlos votar a los nueve o a los cinco? Siempre va haber argumentos a favor de la participación. Yo les brindo uno como para ir avanzando: hace algunos años, un pintoresco líder troskista, llamado J. J. Posadas, convocaba a sumar fuerzas a favor de la revolución y en la convocatoria, al lado de los obreros, campesinos y soldados estaban lo que él denominaba, “los mal llamados niños”. ¿Por qué? Porque nuestro camarada, fundador de una de las “cuartas internacionales”, consideraba que la división en edades y etapas biológicas era un invento de la burguesía para hacer más eficaz su dominación.
En esta patriada Posadas no está solo. En general, quienes poseen una visión edulcorada de la niñez aseguran que el mundo sería mucho más justo si votaran los niños. Un escritor genial como Salinger, firmaría a libro cerrado una ampliación de derechos a los niños, aunque más no sea para divertirse un rato. George Orwell, pensaría exactamente lo contrario, con lo que se demuestra que también en este campo, el de la infancia, no hay opiniones unánimes.
¿Y Mafalda? Ella no necesitaba votar para ser lúcida. O para percibir dónde estaba el afecto y dónde el impulso dominador. El dirigente sindical Víctor Di Genaro, organizaba marchas de niños reclamado reivindicaciones sociales y políticas. Una vez lo entrevisté y le pregunté si lo suyo no era una asquerosa manipulación. Se enojó con la pregunta y me aseguró que los niños son muchos mas inteligente y sanos que los mayores. Es una opinión. Con los pies más sobre la tierra, Hitler, Stalin y Mussolini le daban una singular importancia a la niñez. No era la ingenuidad lo que los motivaba, sino la perversidad y esa singular variante de la perversidad que significa la manipulación de los niños, manipulación cuyo resultado, Orwell precisamente lo da a conocer en “1984”.
El primer peronismo fue un maestro en ese oficio. Desde los campeonatos Evita a la Ciudad Infantil, desde la lectura obligatoria de textos enaltecedores del primer trabajador y el hada rubia, a la consigna “los únicos privilegiados son los niños”, hubo una estrategia destinada a modelar sus corazones y conciencias. En el camino se repartió felicidad, juguetes, bicicletas y pelotas de fútbol. No era el estado benefactor el que lo hacía, sino Evita y Juan Domingo.
¿Hay alguna diferencia? Debería haberla. El estado benefactor opera de manera universal y lo hace porque considera que está satisfaciendo genuinos derechos; cuando los beneficios se privatizan en el nombre de un líder o una jefa espiritual, el derecho desaparece y lo que ocupa su lugar es la dádiva, la limosna, en definitiva, la demagogia. Sobre estas cuestiones, la señora y la claque kirchnerista, saben mucho.